El día a día en un arrastrero

“Cuando estás en el barco, el jefe es el mar; nunca sabes qué puede pasar”, afirma Yago Presa, autor de “52 días a bordo del Botafogo”

Yago Presa, ayer en Vigo.  | // RICARDO GROBAS

Yago Presa, ayer en Vigo. | // RICARDO GROBAS

Un arrastrero es un mundo en sí mismo, un mundo pequeño y cerrado en el que las horas parecen transcurrir a su propio ritmo y en el que el mar impone su propias normas. “Cincuenta y dos días a bordo del Botafogo. Diario de un mecánico mayor naval en NAFO” (Belagua Ediciones) relata el día a día y las reflexiones de uno de sus tripulantes, el vigués Yago Presa Tomé, que en 2011 embarcó en uno de estos barcos para hacer las prácticas como mecánico mayor naval. Durante muchos años, ese diario permaneció guardado –o, como Presa comenta, “cogiendo polvo–, hasta que el pasado año, la joven editorial viguesa se interesó por él y lo editó. “De vez en cuando, regalaba una copia a un amigo. Uno de estos amigos me animó a presentarlo a un editor que conocía. Aunque no lo publicó porque sólo edita en gallego y dice que traducir es siempre perder, y estoy de acuerdo, se ofreció a enseñárselo a otra editora, que fue quien lo publicó”, relata Presa, que hoy (20.00 horas) lo presentará en el Liceo Marítimo de Bouzas, en Vigo.

Asegura Presa que cincuenta y dos días en alta mar dan para mucho. Para leer, para escuchar música, para conversar, para reflexionar y también para escribir. Él decidió plasmar su día a día sobre papel, iniciando así un diario que recoge tanto la experiencia a bordo del barco, tanto laboral como humana, como reflexiones de toda índole. “Escribía todos los días porque era un alivio y porque me gustaba. A veces estaba deseando terminar de trabajar para escribir. También pensaba mucho en la vida en tierra y, sobre todo, en la familia y los amigos. La gente a la que quieres siempre está presente porque estás encerrado ahí, en una cáscara de nuez, en medio del mar, que es el jefe, y nunca sabes qué puede pasar”, comenta.

Presa guarda gratos recuerdos de esta marea –no tanto de la segunda y última que realizó, en las Malvinas– y de la tripulación con la que compartió esos 52 días en el área de NAFO, aunque no ha mantenido el contacto con ninguno de ellos. En el libro habla de todos ellos, aunque con nombres ficticios, al igual que lo son los de las armadoras y los buques. Es una cuestión de respeto. “Yo no soy quién para mostrar la vida de nadie. Los cinco nombres reales que aparecen en el libro son el mío y los de mis familiares que aceptaron salir así”, comenta.

Reconoce que no es sencillo adaptarse a la vida en alta mar. “Al principio vas con un poco de miedo. Pero lo importante es llevarte bien con la gente porque lo contrario es muy jodido. La gente del mar es muy noble, pero muy ruda. Yo lo pasé fatal en mi segunda marea precisamente porque no me llevaba bien con casi nadie”, recuerda.

El humor fue un compañero inseparable durante estos viajes, algo casi sanador, y también está muy presente en el relato de esta travesía. “El humor es importante en la vida, y más si cabe a bordo”, comenta.