Darío Villanueva | Académico de la RAE, de la que fue director

“La mentira se ha empoderado, se convirtió en algo que vende y logra enormes réditos”

“No se puede entender lo que está pasando sin la nueva sociedad digital y la proliferación de nuevos medios de comunicación”

El escritor y académico de la RAE Darío Villanueva.  // Jesús Prieto

El escritor y académico de la RAE Darío Villanueva. // Jesús Prieto

Charo Barba

“El atropello a la razón” (Espasa) es el último libro de Darío Villaneuva (Vilalba-1950), profesor emérito de la Universidad de Santiago de Compostela, de la que fue su rector entre 1994 y 2002, y académico de la RAE. En él critica y analiza, con ejemplos reales, la sinrazón del mundo en que vivimos.

–¿Cuál es el diagnóstico de la razón?, ¿no se puede hacer nada por ella o puede recuperarse?

–Se puede recuperar. Para eso mi libro termina con una frase del gran filósofo alemán Edmund Husserl que habla del heroísmo de la razón. Hay que reivindicarla, en algunas circunstancias con cierta dosis de heroísmo, porque está habiendo, desde probablemente Nietzsche, un ataque sistemático contra la razón. Pero ahora esto se ha intensificado extraordinariamente en la llamada posmodernidad en la que estamos, con filósofos sobre todo franceses como Foucault o Derrida.

–Ese atropello llega hasta hoy...

–Lo que mi libro trata, con un componente filosófico, aunque no soy filósofo, es de ver cómo esas cargas de profundidad desde la filosofía de Nietzsche y sus seguidores hasta hoy están continuamente deteriorando la razón; esas cargas de profundidad han trascendido a la sociedad en este mundo posmoderno y personas como, por ejemplo, el candidato a la presidencia de Estados Unidos Donald Trump, que yo no creo que haya leído nunca a Derrida ni a Foucault, ni probablemente a Nietzsche, en su nihilismo contra todos los principios de la racionalidad, es en cierto modo un seguidor de ellos.

–Habla de Trump. ¿Quiénes son los culpables de esta situación? ¿La sociedad?, ¿los políticos?, ¿los intelectuales?

–Probablemente hay una culpa repartida en esos grupos a los que usted se refiere. Sin embargo, hay también un componente novedoso que nunca antes se había dado como ahora, sin el que no se puede entender lo que está pasando, que es la nueva sociedad digital y la proliferación de nuevos medios de comunicación, de interacción y de creación de estados de opinión. Acabamos de verlo, por ejemplo, en las elecciones europeas, en nuestro país. Una candidatura completamente novedosa [se refiere a Se Acabó la Fiesta] ha conseguido tres escaños a base de un movimiento iniciado por alguien que estuvo en el mundo de la política de partidos, pero ahora no lo está, y que se presenta como influencer y que, sin embargo, ha arrastrado votos suficientes como para eso.

–¿Es esa la diferencia?

–Es el elemento, quizás, diferencial, que tiene mucha responsabilidad, creo yo, en lo que está pasando. Por ejemplo, en el deterioro de la verdad por la difusión de bulos continuos, en el descrédito a la ciencia, en el descrédito al saber y a la experiencia de quienes conocen los temas y que, sin embargo, son sustituidos por voces absolutamente irresponsables que proliferan y que consiguen muchos likes en las redes sociales.

También hay que ver la influencia evidente de filósofos. Y yo, en el libro, le presto mucha atención a lo que ha ocurrido en la universidad de EE UU a partir de los 60 del siglo pasado, en donde, por ejemplo, algún filósofo alemán, como Herbert Marcuse, propugnó una teoría que da título a un libro suyo, “La tolerancia represiva”, de donde viene lo que se ha denominado la corrección política. Es decir, desde grupos minoritarios defendiendo causas que en principio son nobles, sin embargo, se ha empezado a extender una práctica de auténtica censura. Yo la califico censura posmoderna y a ella dediqué mi libro “Morderse la lengua”.

–¿De dónde viene esa censura?

–Siendo en principio una censura que procede de la sociedad civil –no procede como la censura de siempre de los poderes políticos o religiosos–, sin embargo, el poder ejecutivo y el poder legislativo de algunos países, entre ellos España, están asumiendo esos principios de censura, de manera que estamos evolucionando hacia lo que es la posdemocracia, que es el mantenimiento de la carcasa de un sistema democrático, pero desvirtuando totalmente esto.

–¿Y los intelectuales?

–Sin duda alguna. Los intelectuales debemos defender la razón. La razón es el principio que caracteriza un pensamiento basado en los hechos, basados en la lógica, que es lo que permite construir un sistema político y lo que permite también el desarrollo de la ciencia, que está siendo ahora profundamente atacada. Hay los negacionistas de todo, de las vacunas, del cambio climático, los terraplanistas... Los intelectuales se han dejado seducir muchas veces por estas teorías de la deconstrucción, que no es más que la destrucción de los pilares del siglo más importante para la creación de la modernidad: el siglo XVIII.

–No sé si podría servir de ejemplo el caso de Trump, que acaba de ser condenado y eso hizo que su éxito aumentase...

–En el libro lo explico. Es un proceso que tiene que ver con lo que viene de uno de los grandes ataques a la razón, que es la destrucción del concepto de verdad. Lo falso se sitúa en el mismo plano que lo verdadero, incluso yo diría, en un plano superior. Ahora la mentira se ha empoderado, es decir, que se ha convertido en algo exhibicionista y algo que vende y que consigue enormes réditos. Simplemente, ya no existen límites en la actuación, por ejemplo, de los políticos y de sus votantes para valorar las cosas en función de la verdad y, en consecuencia, a partir de ahí, ancha es Castilla.

–En el libro critica las nuevas pedagogías, que no tienen en cuenta el aprendizaje, la memoria ni el esfuerzo...

–La educación ha abandonado, según determinadas teorías pedagógicas, el sentido común de las cosas y lo razonable también del proceso educativo y como consecuencia hablo de una poseducación, que empezó a ser aplicada en Suecia en los 60 con unos resultados nefastos y, sin embargo, en otros países, entre ellos España, se siguen aplicando los mismos principios que allí ya fracasaron totalmente y que tienen la grave responsabilidad de construir nuevas generaciones en donde se produce el atropello a la razón y se abandona el principio de la verdad.

“Fui muy militante para incluir ‘posverdad’ en el Diccionario”

–¿Usted utiliza redes sociales?

–No. Yo escribo WhatsApp, correos electrónicos, todo eso por supuesto, y entro en Google, en la Wikipedia, en YouTube y demás, pero yo no formo parte de ninguna red social porque, habiendo estado durante muy poco tiempo en ellas, me di cuenta de por dónde iban los tiros y no me interesan, además no me aportan absolutamente nada positivo.

–Ya no es director de la RAE, pero sí, desde luego, académico. ¿Tienen ustedes muchas discusiones antes de decidir aceptar una nueva palabra en el diccionario?

–La Academia Española trabaja mucho y todos los jueves tenemos dos sesiones, una primera en comisiones, que son cinco, en donde nos distribuimos los académicos, y luego ya el pleno. Yo estoy precisamente en la comisión de neologismos, que es a donde llegan las propuestas. La decisión final se toma en el pleno y por medio hay un trabajo muy competente de un equipo de unas 85 personas. Esas discusiones no son, digamos con todo el respeto, discusiones de café, porque para todo hay una enorme documentación. De hecho mi compañero de la Universidad de Santiago Guillermo Rojo, que es uno de los grandes lingüistas informáticos del mundo hispánico, dirige una sección que cada año introduce 25 millones de formas del español en nuestras memorias informáticas, un 30% tomadas de España y un 70% del resto de los países donde se habla español.

–¿Costó mucho incluir la palabra posverdad?

–No. Yo fui ahí muy militante en que se incluyera. La traducción del inglés es muy fácil y la diferencia es que para nosotros es un sustantivo y en cambio inglés es un adjetivo. Ahí yo creo que fuimos muy rápidos. Yo estaba trabajando precisamente sobre ese tema y pude aducir mucha documentación de la importancia que la posverdad estaba cobrando en las discusiones y en los textos. Y en la propia sociedad. Eso sí, recuerdo que la definición nos llevó bastante tiempo, porque quisimos matizar mucho el concepto de posverdad.