Entrevista | Juanma de Alarcón Psicólogo, formador y conferenciante
“No debemos cuestionarnos tanto a la hora de educar; el miedo es mal consejero”
“Me pregunto si no estaremos educando a la generación de adultos más frágil de la historia de la humanidad”, reflexiona

El psicólogo Juanma de Alarcón. / Cedida
El psicólogo, formador y conferenciante Juanma de Alarcón –experto en coaching educativo– impartió ayer en Pontevedra e imparte esta tarde en el Colegio Plurilingüe Padre Míguez Calasancias de Vigo una charla que lleva por título “Claves para educar en la vida cotidiana”. Ha sido profesor y director de colegio y cuenta con más de 30 años de experiencia formando a padres, profesores y educadores. Educar para la autonomía y la responsabilidad es uno de los puntos centrales de su discurso.
–¿Cómo define el modelo educativo actual?
–Desde finales de los años 90 hemos ido creando un modelo educativo fundamentalmente basado en la protección. La finalidad de la familia y de todas las instancias educativas debe ser siempre preparar para la vida y, a ser posible, cuanto antes. Sin embargo, hoy en día se protege de la vida más que se prepara para ella. Desde la pandemia, esta fenomenología ha tomado muchísimo más acento, hasta el punto de que se ha llegado a definir a esta generación como la de “los padres de algodón y los niños de cristal”. A mí se me ha antojado llamarla la ‘generación del Titanic’: gozan de todas las comodidades, viven en un crucero alejados de la realidad y tienen muchísimas posibilidades de hundirse ante el primer iceberg con el que se encuentren. La pregunta es si no estaremos educando a la generación de adultos más frágil de la historia de la humanidad.
Padres guardaespaldas
–¿Cómo diría que repercute en los niños y niñas de hoy en día?
–El impacto que este modelo educativo tiene en la escuela es directo y contundente. La escuela tiene la responsabilidad de educar personas autónomas, con iniciativa, que fortalezcan sus competencias para la vida, y chocan a diario con lo que yo llamo los padres y madres guardaespaldas, que están siempre defendiendo a los hijos e intentando achicar sus niveles de autonomía y responsabilidad. No quiero que parezca un discurso acusador o culpabilizador –me consta que quieren lo mejor para sus hijos–, pero invito a una revisión del modelo educativo porque la mejor forma de amar a los hijos, además de darles afecto, es hacerles crecer en autonomía y responsabilidad.
–¿Cuáles son los mayores retos para un profesor en este modelo educativo?
–Superar las dificultades que el sistema les va poniendo. A veces uno tiene la impresión de que las políticas educativas, más que cuidar y fortalecer a la comunidad docente, lo que hacen es poner zancadillas y dificultar la tarea: burocracia excesiva, cambios legislativos, cierta desconfianza hacia su labor... Otros retos son saber orientar, acompañar y trabajar con las familias o acoger las dificultades cotidianas que traen consigo los alumnos y que impactan en el proceso de enseñanza y aprendizaje, en la convivencia y en los conflictos que dificultan la gestión del aula.
La mejor forma de amar a los hijos, además de darles afecto, es hacerles crecer en autonomía y responsabilidad
–¿Como es ese “transitar hacia un nuevo estilo educativo”?
–Mirar a nuestros hijos con la mirada de la confianza, de las posibilidades, y dejar atrás tanto etiquetaje diagnóstico. Transitar hacia la calma y el sosiego en casa. Tenemos toda una vida por delante para educar a nuestros hijos, no nos jugamos nada en el día a día; sin embargo el estrés cotidiano es demoledor en las relaciones y en las decisiones que se toman a la hora de educar. Hay que dejar también a la escuela su espacio y su lugar. Ir poco a poco extinguiendo los grupos de wasap de padres y madres que no aportan más que una hiperinformación e hiperevaluación constante de lo que pasa en el colegio, generando ansiedad y contaminando lo que realmente sucede en el día a día. También hay que dejar de tener miedo y sentir que realmente nuestros hijos nos quieren a nosotros como padres. No nos cuestionemos tanto. El miedo es mal consejero para educar. Recuperemos la certeza de que somos competentes en nuestra función si aplicamos el sentido común y recuperamos aquellas cosas buenas y valores con los que nos educaron a nosotros.
Paciencia
–¿Es posible hoy en día educar en la paciencia, en la calma?
–Es posible, es urgente y es necesario. Hay que preparar a nuestros hijos para que sean capaces de vivir el ritmo que la vida va marcando. Y nada es para ya. Saber esperar, ser perseverante, tener paciencia, demorar las respuestas y gratificaciones son verdaderos retos porque es lo que les espera en la vida adulta. Es mejor que se vayan entrenando ya en este sentido del tiempo.
–¿Este modelo educativo está preparado para atender a la diversidad en el aula?
–La escuela lleva décadas haciendo un trabajo muy interesante para ser inclusiva. Queda mucho por hacer, quizás faltan recursos, y muchos, pero se está en el camino. La pregunta es si los padres quieren que sus hijos vivan en una escuela inclusiva, donde todos son diferentes. Un convencimiento que tengo es que cualquier niño o niña saldrá ganando en su propio desarrollo personal cuanto más diverso sea el grupo de compañeros con el que conviva a diario.
Proceso
–¿Le damos demasiada importancia a las notas?
–Una cosa son las notas y otra, la evaluación. Si estamos en un modelo de educación por competencias, ¿para qué las notas? Lo realmente importante son esas indicaciones que los profesores aportan en la evaluación del proceso educativo de los alumnos. Suelen decir mucho más con eso que con las notas. La educación es proceso y por eso habrá momentos de evolución, de cierto retroceso, de quedarse estancando… La evaluación nos orienta sobre cómo va ese proceso para aplicar medidas de corrección y motivación. Las notas dicen muy poco, la evaluación dice y aporta mucho.
–¿Están hoy los padres más preocupados por la educación de sus hijos?
–A mayor nivel de preocupación de los padres, mayor ansiedad y estrés y menor nivel de autonomía de los hijos. Preocuparse es poco útil, es mejor ocuparse. Ocuparse de que adquieran habilidades y destrezas por ellos mismos, de que se enfrenten a la vida y a los posibles éxitos y fracasos, y que los vivan como experiencias de aprendizaje; de que se hagan responsables, de hablar con ellos, de que haya tranquilidad en casa, de ir soltando cuerda… El equilibrio justo está en saber cuál es su nivel real de autonomía y competencia y ayudarles a crecer, a que se hagan mayores, que eso es algo precioso.
–Llegamos a las pantallas, ¿es necesaria la prohibición?
–Es un tema controvertido y complejo. Las tecnologías han entrado con tal fuerza que no hemos tenido tiempo para hacer una reflexión profunda al respecto. Las cosas avanzan a gran velocidad, el impacto de la inteligencia artificial va a ser contundente y no tenemos un paradigma educativo que sepa responder ahora mismo a ese tsunami que se nos viene. Si las pantallas se prohíben es una manera de expresar que el estado y las políticas educativas tienen que dar una respuesta a lo que se ha escapado de la competencia de los padres. Y eso, sinceramente, a priori no me agrada, al igual que no me agrada que se opte por prohibir lo que tiene que ser educado. Hay que diferenciar entre uso, mal uso y abuso de las tecnologías. Un uso adecuado siempre es beneficioso y prepara para la vida que les espera a nuestros hijos. Prohibir descarta el uso para proteger del abuso y mal uso. Deberíamos tener guías adecuadas que nos permitieran educar a nuestros hijos desde pequeños en el uso adecuado de las tecnologías adaptado a su edad. No es tarde, hay que reflexionar sobre el tema y hacer propuestas consensuadas que puedan ayudar a los padres y en las escuelas a que haya una adecuada relación educativa con las tecnologías. La prohibición no resolverá eso.
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