¿Y si el Sol “apagase” la civilización?

La serie “Apagón” pone sobre la mesa la falta de protocolos ante una gran tormenta solar geomagnética | Los científicos dan por seguro que volverá a ocurrir, la cuestión es cuándo

Una prominencia solar durante la tormenta solar del 16 de abril de 2012.

Una prominencia solar durante la tormenta solar del 16 de abril de 2012. / NASA

Rafa López

Rafa López

Con Vladimir Putin amenazando un conflicto nuclear, la inflación atenazándonos y la pandemia de COVID aún coleando, lo último que desearíamos es otra catástrofe. No estamos para más disgustos, aunque quizá todos estos desastres nos han abierto los ojos sobre la vulnerabilidad de la sociedad global y la necesidad de estar preparados ante el próximo “cisne negro”. La serie “Apagón” (Movistar) ha vuelto a plantear, desde la ficción, pero con un buen asesoramiento científico, lo que podría ocurrir si se produjese una tormenta solar geomagnética como la que en 1859 fundió parte de la incipiente red telegráfica mundial. El abastecimiento eléctrico y de agua, los transportes de salud y los transportes, además de internet y los movimientos de dinero, podrían interrumpirse durante horas, días o semanas. Los científicos dan por seguro que volverá a ocurrir, aunque no se sabe cuándo. Podría ser mañana o dentro de 200 años. Y en España carecemos de protocolos para ello.

El primer capítulo de “Apagón”, dirigido por Rodrigo Sorogoyen, narra magistralmente cómo podrían ser las horas previas a la llegada a España de una gran tormenta solar geomagnética (en adelante, TSG). Los técnicos conocen las posibles consecuencias, pero no hay ningún protocolo de actuación oficial. La ministra es reacia a decretar medidas preventivas –como repartir pilas a la población– sin saber con seguridad que impactará. Trata de evitar que la población entre en pánico. Las escenas recuerdan a lo que se pudo cocer en la Moncloa en marzo de 2020, con la irrupción del coronavirus.

“Es todo real. Las tormentas solares son un fenómeno que se ha repetido a lo largo de la historia en numerosas ocasiones y es inevitable que vuelva a suceder –ha contado en una entrevista a FARO el guionista y productor de “Apagón”, el vigués Fran Araújo–. “Si ahora volviese a suceder la que tuvo lugar en 1859 nos veríamos en un problema muy gordo, que es lo que cuenta la serie. Si subes un poco la intensidad tienes un marrón internacional enorme”.

Esta ficción y el podcast en el que se basa llaman a la reflexión ante un evento potencialmente catastrófico con un riesgo de ocurrencia relativamente bajo. Estimaciones científicas hablan de un 12 por ciento de probabilidad para la próxima década. Según los expertos, eventos como el Carrington ocurren, de media, cada 200 años, aproximadamente.

En 2016, el entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama, ordenó a varias secretarías y agencias gubernamentales que establecieran, en un plazo de 120 días, un plan para actuar antes, durante y después de un evento climático espacial, como una tormenta solar.

La probabilidad de que una TSG muy intensa afecte de lleno a España es menor que la de los países más al norte, como Canadá. Sin embargo, el evento Carrington, la tormenta solar de 1859, sí se hizo notar en España. El “Diario de Menorca” publicó entonces que se habían visto auroras boreales, fenómeno que también en países en latitudes más meridionales, como Cuba y Colombia.

Aurora boreal causada por una tormentasolar en la localidad de Whitehorse, Yukón, Canadá, en 2012.  | // NASA

Aurora boreal causada por una tormenta solar en la localidad de Whitehorse, Yukón, Canadá, en 2012. / NASA

El campo magnético de la Tierra (magnetosfera) protege al planeta del viento solar, que es continuo, y de las eyecciones de masa coronal, llamaradas solares que expulsan grandes cantidades de materia, plasma y radiación electromagnética. Solo una pequeña fracción de las eyecciones de masa coronal llegan a la Tierra. La magnetosfera tiende a desviar esta materia hacia los polos, por eso las auroras son más visibles cerca de ellos (boreales en el norte y australes en el sur). Además del evento Carrington, hubo una TSG importante en marzo de 1989 que causó un colapso de 9 horas en la red eléctrica de Quebec (Canadá). Y hace diez años, el 23 de julio de 2012, una TSG tan intensa como el evento Carrington no afectó a la Tierra por una semana. Se calcula que los costes de la recuperación hubieran multiplicado por 20 los invertidos tras el huracán Katrina, de la máxima categoría, en 2005.

Documento de investigación

“La cuestión no es si va a pasar, sino cuándo, cómo afectará a nuestra civilización y qué se puede hacer al respecto”. La frase es del físico gallego Jorge Eiras Barca y está recogida en un documento de investigación encargado por el Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE) y publicado en 2018. El estudio, titulado “Tormentas geomagnéticas: la amenaza silenciosa de una sociedad hipertecnológica”, advierte que, de ocurrir un evento solar intenso, “con las medidas de protección actuales, las comunicaciones, el suministro eléctrico, el suministro de agua y la seguridad podrían verse seriamente comprometidos”. El informe propone “la creación de contramedidas de actuación que permitan mitigar los efectos” de un evento de esa magnitud.

España sigue sin disponer de esos protocolos, algo que ha reclamado reiteradamente la científica Consuelo Cid Tortuero, catedrática de la Universidad de Alcalá de Henares, y que hace ocho años ayudó a poner en marcha el Servicio Nacional de Meteorología Espacial (www.senmes.es). “España tiene que estar preparada para cualquier problema relacionado con la actividad solar –declaró entonces a la agencia Sinc–. Nuestra tecnología es cada vez es más sensible a las emisiones solares”, advirtió.

Cid Tortuero ha recordado que ya ha habido episodios de fallo total del sistema global de navegación por satélite. Hasta ahora han sido de minutos, pero si se prolongasen durante horas afectarían al despegue y aterrizaje de aviones.

Páginas web como la española senmes.es y la estadounidense del Space Weather Prediction Center (swpc.noaa.gov) ofrecen información rigurosa y actualizada sobre la actividad solar y ayudan a combatir el alarmismo de las pseudonoticias de cebo que pululan en internet. Titulares como “una temible tormenta solar caníbal se dirige a la Tierra” exageran el alcance de tormentas solares relativamente frecuentes, como la que se anunció para el pasado 1 de octubre y que pasó inadvertida.

Antonio Ferriz    FdV

Antonio Ferriz. / FDV

Otro de los máximos expertos en la actividad solar es el físico Antonio Ferriz Mas, investigador de la Universidad de Vigo en el campus de Ourense. Hace diez años, en un trabajo en el que participó Ferriz, se publicó la hipótesis de que los planetas podrían influir en la actividad magnética del Sol. Un artículo publicado el pasado año ofrece la explicación teórica de este nuevo modelo que, de confirmarse, permitirá anticipar con más precisión los fenómenos solares. Según esta teoría, los planetas influirían en un ciclo solar de unos 200 años, superpuesto al ya conocido de 11 años.

En 2024, la misión espacial SMILE, de la Agencia Espacial Europea y la Academia de Ciencias de China, con participación española (a través de Airbus), investigará el viento solar y su interacción con la magnetosfera.

¿Será un apagón masivo el próximo “cisne negro” que afronte la humanidad? Según la teoría del cisne negro, del investigador libanés Nassim Taleb, un cisne negro es un suceso sorpresivo para el observador y de gran impacto socioeconómico, como lo fueron la Primera Guerra Mundial, la gripe de 1918 y los atentados del 11 de septiembre de 2001. Para muchos científicos, la pandemia del COVID no ha sido en absoluto un cisne negro, porque era previsible. Si ocurriese un apagón catastrófico de consecuencias globales por una gran tormenta solar nadie podría decir que no se podía saber.

Consecuencias muy probables

  • Red de satélites dañada y comunicaciones y GPS comprometidas, con implicaciones para buques y aeronaves en navegación.

  • Apagón de radio que afectaría a las comunicaciones VHF y HF, lo que también afectaría a los buques y aeronaves en navegación.

  • Las zonas directamente afectadas sufrirían incendios en los transformadores, que podrían caer en cadena por “efecto dominó”. Se produciría un apagón eléctrico cuyas consecuencias podrían ser de largo plazo.

  • Las centrales nucleares verían comprometida su refrigeración. Posibilidad de parada fría.

  • De perseverar el apagón, el suministro de agua (o su probabilidad) se vería interrumpido al cabo de unos días.

  • Red de internet comprometida.

  • Reducción de ozono en la mesosfera y estratosfera, con el consiguiente aumento de la radiación ultravioleta en la superficie terrestre.

“Las estimaciones son de una probabilidad del 12% para la próxima década”

Jorge Eiras Barca - Doctor en Física e investigador de la Universidad de Vigo

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Jorge Eiras Barca es doctor en Física de la Tierra por la Universidad de Santiago de Compostela. Actualmente es investigador del grupo “EphysLab” de la Universidad de Vigo y profesor del Centro Universitario de la Defensa (CUD), en la Escuela Naval Militar de Marín.

Natural de Santiago, en cuya universidad se doctoró en Física de la Atmósfera, Jorge Eiras elaboró en 2018 un informe sobre tormentas solares geomagnéticas (TSG) para el Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE). Después desarrolló un proyecto Fulbright de dos años en la Universidad de Illinois (EE UU). Defiende la necesidad de desarrollar protocolos. “Un apagón manual preventivo de los transformadores sería una medida eficaz. Eso forma, sin duda, parte de los protocolos”, subraya.

–¿Cuál es la probabilidad de que un evento solar intenso (tormenta solar geomagnética) afecte a la Tierra?   

–La probabilidad de que ocurra un evento de tormenta solar geomagnética intenso depende de varios factores relacionados con el ciclo de actividad del Sol. Parece que las últimas estimaciones arrojadas por la literatura científica hablan de una probabilidad cercana al 12% para la próxima década. En estadística se trabaja con un parámetro denominado “período de retorno”, que es el tiempo que transcurre de media entre dos eventos. Se estima que para una tormenta solar como la del evento Carrington ese período es de 200 años; pero no es correcto pensar que el evento ocurre cada 200 años. Pueden pasar 1.000 años sin que se produzca y también pueden producirse dos en dos años consecutivos. Sencillamente, de media, ocurren cada 200 años aproximadamente.

–¿La Tierra se libró por poco de un evento similar al Carrington en julio de 2012?

–En 2012 se produjo una llamarada solar de intensidad similar a la del evento Carrington. La Tierra no se vio afectada por ella por una semana. Es decir, si la Tierra hubiera estado en la posición de la órbita en la que estaba una semana antes, nos habría afectado completamente. Llamaradas de ese estilo se producen con cierta frecuencia, lo que no es habitual es que pasen tan cerca de la posición en la que se encuentra la Tierra, por pura estadística.

“Si la población conociese que esto es una posibilidad con la que la ciencia y los gobiernos cuentan, y supiese cómo actuar, el impacto sería muy inferior”

–¿Cuánto tiempo habría para reaccionar en el caso de que se detectase una tormenta solar de la intensidad del evento Carrington? ¿Cuánto tiempo tardaría en afectar a la Tierra desde la eyección de masa coronal?   

–Se asume que el tiempo de respuesta sería de entre 12 y 17 horas, dependiendo de la intensidad del evento. La observación se realizaría en unos pocos minutos (los que tarda la velocidad de la luz y las señales enviadas por los satélites de observación solar en llegar a la Tierra); a partir de ahí, la materia eyectada por el Sol (que viaja mucho más lenta que la velocidad de la luz) tardaría varias horas en llegar a nosotros.

–Los ciclos solares duran once años. ¿El momento del ciclo solar da pistas sobre una mayor o menor probabilidad de una tormenta solar intensa?

–El Sol tiene distintos ciclos de actividad. El ciclo de alta frecuencia, efectivamente, es de unos 11 años de media. Cuando el Sol se encuentra en sus períodos de mayor actividad es esperable que la aparición de manchas solares sea frecuente, y también que aumente la probabilidad de una eyección de masa coronal que pueda derivar en una TSG. Esto no implica, por supuesto, que no se pueda dar también en períodos de actividad solar baja.

–¿La latitud aumenta la probabilidad de que afecte un efecto de este tipo? ¿Cuánto más al norte, más probabilidades; y las zonas cercanas al ecuador y a los trópicos, menos?

–Así es. El campo magnético de la Tierra tiende a desviar la materia que frecuentemente nos llega del Sol hacia los polos (por eso las auroras son visibles cerca de ellos). Esto implica que en las latitudes polares convergerá gran parte de esta materia, por lo que es esperable que los efectos directos sean mayores en ellas. Este es el motivo por el que grandes ciudades como Quebec sean muy sensibles a eventos incluso de intensidad moderada, que ocurren con cierta frecuencia.

–En caso de una TSG como la de 1859, ¿bastaría con cambiar la orientación de los satélites o desactivarlos para evitar un daño en ellos?

–Me decanto más por la opción de desactivarlos, aunque ni mucho menos esto sería una garantía absoluta de protección de los mismos. En todo caso, gran parte de las premisas a este respecto son suposiciones o hipótesis que tendrían todavía que probarse.

–En el informe que elaboró en 2018 se menciona que una de las consecuencias sería la reducción de la capa de ozono, con el consiguiente aumento de la radiación ultravioleta. ¿Supondría un peligro para la salud?

–Hay bibliografía científica que, efectivamente, hace referencia a esta posibilidad. Una degradación de la capa de ozono parece ser una posibilidad real, y esto haría aumentar la radiación ultravioleta en la superficie, lo que es pernicioso para la salud. Sin embargo, no considero que esto pudiera ser un efecto de importancia mayor, comparado con otros. De hecho, es raro que se aluda a los efectos de estos eventos sobre la salud humana o animal. No está completamente estudiado, pero se asume que los efectos directos sobre la salud humana serían efectos menores.

–Se dice que los aviones están protegidos del efecto de los rayos por el efecto de jaula de Faraday. ¿Estaría también protegido un avión en vuelo en caso de una TSG de alta intensidad?

–Es difícil decirlo a ciencia cierta, porque una TSG en su conjunto no es un evento que podamos reproducir en un entorno controlado. En todo caso se asume que sí; la instrumentación protegida por jaula de Faraday –que es un recubrimiento metálico– minimizaría el efecto de la TSG. En todo caso, con mucha probabilidad se produciría una disrupción en las comunicaciones y en los dispositivos de posicionamiento, por lo que podrían producirse problemas relacionados con ello. El mejor escenario posible sería que cuando se produzca la TSG, todas las aeronaves se encuentren en tierra.

–¿Los automóviles actuales, controlados por centralitas electrónicas, se detendrían en caso de una TSG de alta intensidad?

–Es difícil de decir con seguridad. Yo lo asumiría como posible.

“Los protocolos claros y públicos de actuación son la principal medida que ya deberíamos haber tomado”

–¿Sigue careciendo España de protocolos para mitigar un evento de este tipo? ¿Qué países sí lo tienen y qué contemplan?

–Con independencia de que las administraciones cuenten con protocolos internos de actuación, no somos pocos los que consideramos que estos no podrán ser nunca realmente efectivos si no son perfectamente conocidos por la población. Y en eso en España fallamos. El escaso conocimiento de este fenómeno le viene a la población a través de series como “Apagón” o de podcast como “El gran apagón” que –aun siendo obras de ficción– son rigurosos en ciertos aspectos, y por tanto útiles; pero no deberían ser la única fuente de conocimiento a la que tenga acceso la sociedad.

La realidad ante un evento de este tipo es que muy posiblemente se acaben controlando los daños y reparando la red eléctrica a corto o medio plazo. Si la población supiese que esto es una posibilidad con la que la ciencia y los gobiernos cuentan, y sabe mantener la calma y cómo actuar; el impacto sería muy inferior al caso de que ocurra bajo el desconocimiento más absoluto. Algunos países –entre los que destaca Canadá– son conscientes de ello y disponen de campañas de divulgación e información sobre el fenómeno, los posibles impactos y la manera de minimizarlos. En España disponemos de un Servicio Nacional de Meteorología Espacial (www.senmes.es) promovido por la Universidad de Alcalá, que con gran esfuerzo y de manera muy meritoria mantiene una vigilancia constante del fenómeno. Tenemos otras instituciones prestigiosas, como el Real Observatorio de la Armada, que también cuentan con gente muy capaz en la materia. La difusión que se da de este equipo de grandes expertos y el apoyo que reciben es, en mi opinión, insuficiente.

–Además de preparar protocolos de actuación, ¿qué otras medidas habría que tomar? ¿Existen tecnologías resistentes a este tipo de eventos extremos?

–Los protocolos claros y públicos de actuación son la principal medida que ya deberíamos haber tomado. Son baratos, inmediatos en su aplicación y efectivos. Junto a ellos, la redundancia en los sistemas y la implementación de algunas de las últimas patentes que se están publicando para la protección de los dispositivos también ayudarían a minimizar mucho los impactos.

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