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Faro de Vigo

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Montserrat Martí Caballé Soprano

“Necesitaría varias vidas para llegar a la mínima parte de lo que hizo mi madre”

“La zarzuela es un género nuestro que tiene que mostrarse al mundo”, afirma la cantante, que actúa en Tomiño dentro de una gala de la Fundación Monserrat Caballé

La soprano Montserrat Martí Caballé. FdV

Quería ser bailarina, pero una lesión en un aductor hizo que Montserrat Martí Caballé recondujera su talento artístico hacia la lírica, siguiendo así los pasos de sus padres, la soprano Montserrat Caballé y el tenor Bernabé Martí. El próximo 16 de julio estará en la Quinta do Ramo, en Tomiño, para participar en la gala benéfica a favor de los jóvenes talentos de la lírica que organiza la Fundación Montserrat Caballé. La soprano catalana interpretará un repertorio de ópera y zarzuela, un género que reivindica por su calidad y su viveza, en una actuación que contará también con dos figuras gallegas: la pianista Isabel Pérez Dobarro y la cantante Andrea Pousa.

–¿Cuál es la situación actual para los jóvenes talentos de la lírica en España?

–Yo creo que ha mejorado mucho desde que yo empecé, porque antes se tenían que marchar fuera y ahora aquí hay más posibilidades gracias a los concursos y a las redes sociales, que les permite mostrarse al mundo. Nosotros, desde la Fundación y a través del concurso que creó mamá, queremos apoyar a los jóvenes talentos y darles una oportunidad y que no tengan que dejar el país para poder empezar. Siempre hay gente que quiere ayoyar la cultura y esto es algo que se agradece.

–¿Apreciamos la lírica en España?

–Creo que sí, desde siempre. Nosotros tenemos la zarzuela, llamada género chico, aunque de chico no tiene nada porque es un género muy difícil también. Mi madre, fuera donde fuera, siempre ponía repertorio de zarzuela. Es un género nuestro que tiene que mostrarse al mundo porque, además, gusta mucho fuera. En países como Alemania hemos empezado conciertos con arias difíciles de ópera y cuando llegaba la segunda parte con la obertura de “Las bodas de Luis Alonso”, el teatro se caía.

–Usted también incluye siempre algo de zarzuela.

–Sí porque es un género precioso. Cuanto actúas fuera, el público agradece tanto que lleves preparada una pieza de su país como una del tuyo. Además, la zarzuela es tan bonita, tal viva y tan alegre... Refleja perfectamente el carácter español, con mucha clase y elegancia, y hay piezas que son maravillosas.

–¿Tiene alguna predilecta o por la que sienta un especial cariño?

–¡Qué difícil! Todas, pero es cierto que cuando cantas fuera “De España vengo”, de la zarzuela “El niño judío”, sientes una emoción especial porque estás lejos de casa pero traes un pedacito de ella contigo. Pero hay otras muchas piezas maravillosas: “Me llaman la primorosa”; “Marinela”, de Serrano; “La tarántula”, que gusta mucho...

–¿La ópera sigue teniendo esa imagen elitista? ¿A la gente le sigue dando un poco de respeto?

–Cuando yo era pequeña, los abonos y los precios eran mucho más caros, y antes del incendio del Liceo de Barcelona los palcos eran de propiedad; tampoco había redes sociales, no podías hacer un directo para que la gente pudiese verlo desde su casa, pero luego empezaron a hacerse abonos para la temporada de conciertos para todo tipo de públicos y no solo en el Liceo, sino en todos los teatros de España, por lo que se dio acceso a más gente. Recuerdo estar en Viena después de un concierto firmando autógrafos y que un chico de unos 16 años se acercó a mi madre con un disco de Queen (Freddie Mercury ya había muerto) y le pidió un autógrafo. Le dijo que había ido a ver a la persona que había cantado con su ídolo y que era la primera vez que iba a la ópera. Cuando mi madre le preguntó qué le había parecido le dijo: “He descubierto un mundo nuevo y me ha gustado muchísimo”. Estas cosas te hacen mucha ilusión.

–Con una madre soprano como Montserrat Caballé y un padre tenor casi estaba predestinada a dedicarse a la lírica.

–La verdad es que la descubrí más tarde, porque mi madre hacía unas 200 representaciones al año y para nosotros la música era lo que se llevaba a mamá. Cuando venía a ensayar a casa el pianista Miguel Zanetti, que estuvo 25 años acompañando a mi madre, le mirábamos mal porque sabíamos que si venía era porque mamá se iba. Siempre quise ser bailarina clásica y estuve haciendo danza hasta los 17 años, cuando me rompí el aductor. Cantaba en casa y un día mi tío Carlos Caballé, que era el representante de mi madre, me propuso hacer una audición y me dijo que si me gustaba podía dar clases de canto porque temía aptitudes. Acepté pensando en que si actuaba en un musical podría venirme bien. Estuve ocho meses estudiando mientras me recuperaba de la lesión, sin decir nada en casa. Al cabo de ese tiempo mi madre actuaba en Madrid y mi tío dijo a mis padres que vinieran al Teatro de la Zarzuela porque había una chica que merecía la pena ver. No sabían que era yo. Canté “O mio babbino caro” y vi que lloraban. Al principio pensé que era porque se habían molestado por no haberles dicho nada, pero era por la emoción porque no sabían que tuviera voz para cantar. Así empezó todo.

–No fue su primera elección, pero sí la definitiva.

–Sí, y me permitió después compartir más tiempo con mi madre, con quien canté por primera vez con 23 años. Esto me reconcilió con mi infancia porque al final pasábamos mucho tiempo juntas, en aviones, hoteles y en el escenario. Fue muy bonito y creo que a ella también le hizo bien. Yo ahora hago lo que llamo “conciertos exprés”, porque tengo una niña de diez años y una vez, cuando era pequeña, llegué a casa después de estar casi diez días fuera, se acercó a mí, se dio media vuelta y se fue, y me di cuenta de que no quería perderme su infancia y, sobre todo, quería que ella tuviera una referencia. También es verdad que la carrera de mi madre era a un nivel estratosférico, lo que implica una exigencia de vida enorme, con mucho trabajo, con muchas ausencias y con mucha soledad, con muchas noches a solas en habitaciones de hotel. Mi madre tuvo la suerte de tener el apoyo de una persona, mi padre, que conocía lo que se sufre de nervios, de tensión, de horas de estudio. Por cierto, mis padres se conocieron y enamoraron en A Coruña cuando mi padre tuvo que sustituir a uno de los tenores de “Madama Butterfly”.

–¿Ha sentido presión alguna vez por apellidarse Caballé?

–Esta es una pregunta que me han hecho siempre. Sin embargo, es algo que yo nunca me he preguntado. Mi madre era la Messi de la ópera. Yo necesitaría varias vidas para llegar a la mínima parte de lo que hizo ella porque tenía una presencia y una voz impresionantes. De ella aprendí la disciplina, la voluntad, el estudio y el sacrificio.

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