Utopia Avenue, el cuarteto formado por la cantante y teclista Elf Holloway, el bajista Dean Moss, el guitarrista Jasper de Zoet y el batería Peter Griff Griffin, bien pudo haber sido el mejor grupo de la escena psicodélica londinense de los años 1967 y 1968. Lo único que le faltó para ello fue tener una existencia real. Utopia Avenue es la banda de ficción que protagoniza y da nombre a la última novela de David Mitchell (Southport, Reino Unido, 1969), una brillante crónica del periodo en el que la inspiradora revolución cultural de los 60 empezó a dejar cadáveres por el camino; un relato en el que el celebrado autor de El atlas de las nubes y Relojes de hueso mezcla personajes reales y ficticios y amalgama géneros a fin de abordar cuestiones como el propósito del arte, el precio del éxito, la brecha generacional, la salud mental… y los viajes en el tiempo. Para hablar de todo ello atiende a través de Zoom desde su casa en Irlanda.

–Cuando usted nació, en enero de 1969, Utopia Avenue, el grupo, ya había dejado de existir. ¿De dónde surge la fascinación por ese periodo de tiempo que no llegó a vivir ni siquiera como niño?

–Es fácil explicarlo. En 1967 la música era buenísima, todo parecía por estrenar, la revolución estaba en el aire, cada pocas semanas nacían nuevas formas de arte… Todo eso constituye un imán de atención para las generaciones posteriores. Así que era una elección obvia. Muchos otros escritores y cineastas se han sentido antes fascinados por esa particular ventana en el tiempo por las mismas razones. Además, en el paso de 1967 a 1968 se produjo un cambio dramático y se pasó del verano del amor y las flores en el pelo a los motines en las calles y la guerra de Vietnam. Ese contraste es muy interesante para la narrativa y explica perfectamente el marco de la novela.

–¿Cuándo y dónde descubrió la música de ese periodo?

–En 1984, cuando tenía 15 años, unos vecinos me contrataron para que cuidara a su hijo mientras ellos iban a jugar a squash. Eran antiguos hippies y tenían una buena colección de discos de los 60. Y allí en su casa fue donde descubrí el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Sé que esto que diré es un cliché, pero me explotó la cabeza. Era asombroso. Nunca había escuchado, o tocado, algo como eso. Cada canción individual es una obra maestra. Hasta las más aparentemente flojas, como Lovely Rita, son maravillosas. Es un álbum con una atmósfera y una dinámica increíbles. ¡Y el modo en que están secuenciadas las canciones!

–Iba a preguntarle por su elepé favorito de esos años pero ya no sé si es necesario…

–Creo que Sgt. Pepper’s es la obra más valiosa de ese tiempo, sí. Pero siento una gran debilidad personal por Liege and liefe, de Fairport Convention, y por canciones sueltas como See Emily play, de Pink Floyd, y Albatross, de Fleetwood Mac. Los Kinks también me parecen un grupo imponente, aunque a menudo se los minusvalora, tal vez porque básicamente dependían de un único compositor. Y no quiero dejar de mencionar a Traffic y su disco The low spark of high heeled boys, que es fabuloso.

–¿No es una misión imposible traducir a la prosa la experiencia de crear y escuchar música?

–Ese era el gran reto de esta novela. Existe una famosa cita de Frank Zappa (aunque no estoy muy seguro de que en realidad sea suya) que dice que escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura. Es algo que no puedes hacer. Y a mí me atrae esa imposibilidad. Sé que una novela sobre música es casi un oxímoron. Las novelas no tienen altavoces, pero pueden ser muy buenas a la hora de describir emociones, sentimientos, el impacto de la música en los cuerpos y en las mentes. Las novelas se construyen a partir de cinco pilares: argumento, personajes, ideas, lenguaje y estructura. Yo he intentado que todos ellos resulten en cierta manera musicales.

–Esta no es una historia típica de ascenso y caída. ¿Le obsesionaba evitar todos esos clichés que se suelen asociar a las historias de grupos de rock?

–Absolutamente. De manera muy deliberada intenté que todo lo que le ocurre a la banda ocurre porque no es lo que ocurre en la versión cliché, por así decirlo. Eso hace que el camino sea un poco inusual. El mánager no es un ladrón sino un tipo bastante honesto, los miembros del grupo no se conocen en la escuela de arte, hay algunas drogas pero nadie acaba sufriendo demasiado por ello, nadie se suicida, la banda no se desintegra en medio de rencillas personales y discrepancias artísticas…

La época en la que transcurre Utopia Avenue fue un periodo en el que mucha gente creía verdaderamente que la nueva música podía cambiar el mundo. ¿Ha pensado usted alguna vez que la literatura puede servir para cambiar las cosas?

–Si hablamos de cambiar el mundo, la respuesta es no… y sí. No de manera directa e inmediata. Es la política la que cambia el mundo. Ahora bien, son las personas las que hacen la política. Y la literatura, como el arte o la música, afecta a las personas, al modo en que piensan y el modo en que sienten. Es cierto que la literatura no tiene el poder movilizador que tiene la música. No se reúnen 60.000 personas en el estadio de Wembley para corear párrafos de Tolstoi o Shakespeare. Pero millones de personas sí que han leído 1984 de George Orwell y, gracias a ello, han tenido una mejor comprensión de qué es y cómo funciona el totalitarismo. La lectura es, en sí misma, un acto político. Leer supone apartarte del discurso social dominante y dedicar un tiempo a conocer las ideas de otra persona. Y cuando sales de ahí, ya no eres exactamente el mismo que antes.