La película “El comensal” que llega este fin de semana a la cartelera de los cines les puede llenar el alma. Esta semana, el día del preestreno, su directora y exministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, admitía entre el ajetreo de la loza estar “un poco nerviosa. Una nunca sabe cómo va a salir”. El filme está interpretado por Susana Abaitua, Ginés García Millán y Adriana Ozores, una familia que nos recuerda lo que fue entre los años 70 y principios del siglo XXI estar amenazado por ETA y ser víctima de su gatillo. En el largometraje, una joven se enfrenta a ese pasado. Quiere recordarlo con su padre, encerrado en un muro de la negación del recuerdo y el dolor. Precisamente, señala Sinde que, en su caso, “no es el dolor sino la calma y la tranquilidad” lo que precisa esta cineasta para “indagar” y escribir.

– “El comensal” retoma la novela homónima biográfica de Gabriela Ybarra.

–Cuando la novela salió en 2015, a mí me pareció una historia que me gustaba y además hablaba de asuntos que yo compartía: cómo superar la pérdida en la familia, lo difícil que es comunicarse a veces con los que tienes al lado. A veces, te callas por no hacer daño o porque tú misma no sabes lo que te pasa. Me gustaba la lucha de la narradora por poner orden al vacío que se crea cuando pierde a su madre.

–Me parece una película muy necesaria. En las últimas décadas encontramos filmes que se fijan en la psique de los etarras o su comunidad pero no tanto del lado de las víctimas asesinadas o amenazadas.

–Las personas de mi generación hemos crecido viendo en el telediario y escuchando noticias de los atentados, asesinatos, secuestros... Era algo familiar para mí, el terrorismo no solo ha afectado a las personas que vivían en el País Vasco. La novela cuenta muy bien cómo la violencia parece que queda lejos pero tiene un impacto muy fuerte en la intimidad y dinámica de una familia. Era una historia difícil. Igual no fui consciente de lo complicado que iba a ser llevarla a la pantalla pero valía la pena el riesgo de que saliera mal.

–¿A qué se refiere cuando dice que es complicada?

–Es una historia que transcurre en varios tiempos: en 1977, en los 90, en 2011. En la mayor parte del tiempo, lo que hacen los personajes es callarse.

–El padre presenta un muro que al espectador le hace preguntarse por qué. A veces, es difícil conectar con él; sufre mucho.

–Cada generación ha tenido una manera de tirar para adelante. Para la generación del personaje del padre, la manera de sobrevivir era callar porque en ese momento no podías hacer expresiones públicas de lo que te había pasado ya que te jugabas la vida. Encima cargaban con el sambenito de “algo habrán hecho cuando le mataron al padre”. Ese estigma de ser víctima, de estar en el bando equivocado, hacía que las personas optaran por el silencio para proteger a su familia, a sus hijos. Eso es lo que intenta romper el personaje de la hija. Es algo común, que la segunda generación quiera ordenar esa mochila que le toca cargar.

–¿Esas mochilas se heredan sin saber que se tienen?

–Sí. Yo creo que muchas veces no somos conscientes de lo que estamos cargando. Cuando pasa un hecho traumático en tu vida, ese duelo congelado aflora tras estar enterrado en el fondo del mar. Con la muerte de la madre, por ejemplo, sale todo a la superficie. Para la hija es imposible salir adelante si no despeja todas las incógnitas.

–En un momento, se oye: “No entiendo ese afán de hacer como que no ha sucedido nada”. Les ha ocurrido también a muchas familias de represaliados en el franquismo.

–Eso pasa en España donde se da la particularidad de que el silencio del terrorismo cae sobre el silencio de la posguerra y la represión. En el fondo, tenemos todos un entrenamiento y manera de aprender a callar y a sobrellevarlo socialmente; lo difícil es hablar. Todavía hoy escuchas a abuelos decirle a sus nietos: “No te signifiques”. Fíjate, eso en 2022 llama la atención. Eso nos lleva a tener tanto miedo de la opinión de los demás que nos hacemos muy intolerantes. No sabemos llevar bien la diferencia, aceptar que una persona puede pensar distinto que yo y eso no significa que me vaya a quitar nada. Tenemos menos práctica en ponernos en el lugar del otro; pero el cine sirve para eso, para ponernos en el lugar del otro. Es para lo que sirve fundamentalmente la cultura.

–El 21 de octubre, se cumplen 11 años del cese de la lucha armada de ETA. Es posible que este filme no se pudiera haber realizado sin ese hito.

–Por supuesto. Estas historias se pueden contar ahora porque han pasado unos diez años. Hay más libertad y hay mayor tolerancia por ambas partes a la hora de contar y respetar testimonios. Antes no era así. Es el momento de empezar a repasar nuestro pasado pero también trayéndolo al presente. Es lo que me parece importante de la historia: hechos que parecen lejanos siguen teniendo un eco hoy. Para los niños, los silencios de nuestros padres son tan importantes como lo que dicen.

–La madre le comenta a su hija en el inicio de la película: “La vida es muy dura a veces pero también hay belleza. Saldrás adelante porque sabes buscarla”. ¿Cree que la belleza puede salvarnos de este mundo?

–Yo creo que sí pero hay que tener esa voluntad de buscarla y de crearla, de construir y reconstruir. Lo peor es cuando perdemos por completo las ganas y la posibilidad de construir esa belleza. Lo que quiero decir es que yo no soy de esas que piensa que con un libro de autoayuda y un poco de voluntad puedes superar situaciones difíciles en la vida. Hace falta que te tiendan una mano, que se den las condiciones. A veces, no podemos pedir a las personas que hagan más que lo que buenamente pueden con su dolor para sobrevivir.

–Han pasado 14 años desde la anterior película, ¿cómo ha sido su navegación vital en este tiempo?

–Yo en mi vida he tenido momentos claves de pérdidas importantes. Cuando tenía 17 años mi padre murió de pronto. Él tenía 51 años. Por eso, me he identificado con la narradora de “El comensal”. Yo lo perdí de manera inesperada, de un día para otro. Yo hice lo que hace el padre de la narradora. Era joven y para mí era inasumible. Empecé a estudiar cine, me fui para Los Ángeles y tiré para adelante. Después, tuve una hija. Pero cuando en 2011 murió mi hermano en un accidente de tráfico ahí sí que se me vino el mundo abajo porque me cayeron las dos pérdidas encima. Leer libros, ver películas, ir al teatro o escuchar canciones que en apariencia pueden parecer dramáticas o tristes te ayudan a vivir mejor porque te ayudan a encontrar la alegría. Primero te ayuda a ver que lo que te ha pasado a ti le ha pasado a otras personas, que no estás sola. Y, segundo, te ayuda a poner nombre a lo que te está pasando. A veces, uno no sabe diagnosticar lo que le pasa.

–¿Cómo es usted en la dirección de actores?

–Las películas que yo dirijo suelen estar muy basadas en los personajes, son historias muy psicológicas, de relaciones familiares. Los comportamientos son fundamentales, entonces elijo actores con los que veo que me puedo entender. Con Adriana Ozores es la tercera vez que trabajo. Para mí, es una garantía de verdad y rigor. Necesitaba una actriz con la que entendamos que su personaje es insustituible, que en esa familia es como un colchón que amortigua las soledades y silencios.

–¿Qué proyectos tiene?

–Estoy con una serie con Guillermo Fesser, la serie sobre Miguel Bosé y otros proyectos de largometraje, como el llevar al cine la novela que escribí “Después de Kim”. Ahora mismo no estoy escribiendo nada en novela. Mi cabeza está puesta en la dinámica visual. Escribir es un proceso más íntimo.

–¿Pasa factura emocionalmente estar en política en un alto cargo?

–Estar en política es muy duro porque para cualquier persona es duro estar constantemente expuesta a la opinión pública y sobre todo con el nivel de agresividad que hay. Eso desgasta. Lo mejor fue recuperar mi profesión de toda la vida.

–¿Puede ser que haya más agresividad en la política contra las mujeres que contra los hombres?

–Eso dicen, que en las mujeres nuestro físico entra en juego, que a veces como que a nosotras nos cuesta más que nos tomen como voz de autoridad, de sabiduría. No se asocia directamente la imagen femenina con el liderazgo pero ese cliché se está cambiando.