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Faro de Vigo

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Yolanda Zuriarrain Doctora especialista en paliativos del Centro de Cuidados La Laguna

“Los gallegos saben acompañar en la muerte, no la ocultan y eso es muy sanador”

“Decidí convertirme en médico especialista en paliativos cuando mi padre falleció”

La doctora Yolanda Zuriarrain, en un acompañamiento. | LA OPINIÓN

El sentido de la vida se descubre cuando se marcha un ser querido. Ante la muerte, surge con más fuerza aún el amor. Así lo comprueba cada día Yolanda Zuriarrain, médico de cuidados paliativos y referente en España a través del Hospital Centro de Cuidados La Laguna (Madrid). Por medio de la Asociación Galega de Bioética, estos días imparte conferencias en A Coruña.

Galicia tiene una relación muy natural con la muerte.

Lo que hace la sociedad gallega me parece algo muy propio de los cuidados paliativos. Galicia es la excepción en un mundo que suele ocultar la muerte, que no habla de ella. Los gallegos saben acompañar en la muerte, no la ocultan y eso es muy sanador. Siempre acompañamos en los nacimientos, incluso con los baby showers. También hay que hacerlo al final de una vida, es algo muy natural. Ese ser querido muere físicamente, y su entorno lo acompaña para despedirlo y llevarlo en su corazón. Porque esas personas a las que hemos amado seguirán en nuestros corazones. Es muy bueno tenerlos físicamente al lado, es sanador acompañarlos. El final de la vida debe ser bonito, debe ser un final feliz para la película. El mundo de los paliativos no se conoce suficientemente. Cuando acojo a los familiares les digo que estamos todos en el mismo barco, en la despedida y en el duelo.

  • Ficha personal

    Médico de cuidados paliativos del Hospital Fundación Vianorte-Laguna. Profesora y coordinadora del Máster de Medicina Paliativa de la Universidad Autónoma de Madrid.

Más allá de fármacos, ¿paliativos es sinónimo de acompañamiento?

De acompañamiento y de aliviar todo el sufrimiento posible, de evitar la huida del médico cuando la enfermedad no tiene cura.

Se trata de una área sanitaria relativamente reciente.

La corriente llegó a España entre las décadas de los 70 y los 80. Empezó antes en otros países como EEUU, Inglaterra, después se extendió a Francia, Italia, Alemania. En España, los médicos han tenido que aprender esa vocación humanista del acompañamiento más allá de la tecnificación. Todo eso no te lo enseñaban en la carrera, solo a curar... pero solo se pueden curar enfermedades con un tratamiento muy específico, como una infección o extirpar un tumor. Incluso con la pandemia vimos que hay infecciones que no se llegan a curar. Pero hay enfermedades crónicas e incurables, como algunos cánceres. Aquí faltaba el acompañamiento y el alivio de los síntomas. Los interesados se han tenido que formar fuera: Canadá, EEUU, Francia....

El auge de los cuidados paliativos va en paralelo con que ya no hay el soporte de tantas redes familiares como antiguamente.

Ahora la sociedad lo ha puesto muy difícil. Las casas son más pequeñas, las mujeres trabajamos fuera del hogar y necesitamos un mayor reparto de los cuidados. Por eso nacen unidades de paliativos externas, y los médicos se preparan para la atención domiciliaria. La mayoría de los cuidados paliativos son sencillos y se pueden aplicar a muchas enfermedades crónicas. Además, la mayoría de los pacientes tienen capacidad para decidir, para conocer toda la verdad... para que tengan una muerte en paz y acompañada. Los paliativos tienen la mala etiqueta de que son para los que van a morir pronto, pero nosotros ensanchamos sus días y les damos calidad de vida.

“Los paliativos tienen la mala etiqueta de que son para los que van a morir pronto, pero nosotros al final ensanchamos sus días y les damos calidad de vida”

Y usted, ¿por qué se hizo médico de paliativos?

Entré en un mundo desconocido que se convirtió en un regalo. Cuando yo terminaba la carrera de Medicina, mi padre enfermó de cáncer de pulmón. Me dio mucha pena cómo le comunicaron todo, sin decirle antes que acudiese acompañado a la consulta. Ya tenía metástasis en la cadera, duró solamente tres o cuatro meses. Dudaba si dedicarme a la medicina infantil, pero disfruté tanto acompañando a mi padre en sus últimos tiempos que decidí volcarme en los paliativos. Al principio sufrí muchísimo, pero los pacientes me lo enseñaron todo. El paciente no te pide que lo cuides, sino que no lo abandones. Y al final ayudarle es un privilegio.

“Con la pandemia, hemos sido más creativos”

La pandemia del coronavirus habrá sido un shock para el área de paliativos.

Y justo por eso hemos sido más creativos. En mi centro, buscamos soluciones para una mayor conexión: para que los pacientes recibiesen videollamadas y para que los familiares tuviesen información a diario. Los profesionales también hemos sufrido, pero contamos con voluntarios que tras pasar el COVID decidieron seguir acompañando a los enfermos. E incluso hemos ayudado a otros profesionales de atención primaria. Por ejemplo, en el hospital Zendal de Madrid colaboré en cómo elaborar el protocolo de disnea o el de sedación en paliativos.

¿Cuándo optamos por llevar paliativos al domicilio o mantenerlos en el hospital?

No solo depende de la voluntad de los enfermos y de sus familias, sino también de la severidad de los síntomas. En el hospital hay medios más tecnificados, hay que comprobar si en la casa la familia puede dar el soporte necesario. En muchas ocasiones, el paciente no se lleva a casa porque puede generar un trauma posterior en el entorno, porque la familia no puede asumir la carga de un profesional.

¿Tenemos un buen sistema público en paliativos, a raíz de las últimas legislaciones?

Es contradictorio, no íbamos mal: en España teníamos bastantes equipos pero faltan recursos. Los paliativos no llegan a casi el 50% de la población. Y hay comunidades más dotadas que otras, no te puedo hablar de la situación de Galicia. Parece que en España se ha optado por la opción más barata y la menos creativa, por la cultura del descarte. Parece que estos pacientes no se merecen vivir, pero cada persona tiene su valor. Acudir a paliativos debe ser siempre la primera opción, antes de la eutanasia: es un método más creativo y de acompañamiento.

“Los últimos momentos se aprovechan para decir te quiero, gracias y perdón”


¿En la muerte se ve la auténtica esencia de la vida, en esa despedida y en las emociones? Se ven muchas cosas bonitas y te sientes privilegiada. Cuando le das ese abordaje de amor, primero ganas la confianza del paciente y la familia: ellos te dicen que no quieren sufrir y yo respondo que ya somos dos, que los médicos tampoco quieren que sufran sus pacientes. Es lo más noble que puedes ver, porque al final ellos te ayudan a ti. Hay mucha generosidad: el enfermo se muestra preocupado por cómo quedará su familia y los familiares solo piensan en el que se va. El sufrimiento y el amor son dos caras de la misma moneda. Y es un privilegio hablar con ellos: cuando el paciente te dice que ya no puede hacer nada más, tú le respondes que la enfermedad roba muchas cosas pero no le robará su esencia. Él seguirá siendo padre o madre, amigo, hermano, hijo, compañero. Si antes era un profesional que no paraba en su casa, ahora podrá conocer a su familia, establecer relaciones de calidad. Los últimos momentos se aprovechan para decir te quiero, para dar las gracias, para pedir perdón.. para marcharse con todo cerrado. Los familiares dan después las gracias a los profesionales, algunos dicen que fue el mejor momento de sus vidas. La morfina alivia el dolor físico, pero ¿Qué alivia la soledad? Si el paciente no tiene acompañantes (familiares, amigos) es duro. Pero también contamos con una red de voluntarios, de gente muy solidaria. Necesitamos una sociedad más compasiva, el sufrimiento de un ser humano solo puede ser aliviado con otro ser humano... no con una máquina o un entorno precioso. Algún paciente nos dice que ha estado en hospitales muy buenos, pero que lo importante es tener cariño. Algunos voluntarios han ayudado tanto que incluso han invitado a algún paciente a cenar en sus casas. Si lo hacemos bien recibimos tantas muestras de agradecimiento, que algunos familiares después se han hecho voluntarios.


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