“Un individuo sin esperanza es más vulnerable y está amenazado por la indiferencia, la ansiedad y la falta de sentido por la vida”. Así lo aseguró ayer el sacerdote jesuita Alberto Domínguez Muñáiz (Pontevedra, 1980), que presentó en el Club FARO “Esperanza o el amanecer de la libertad” (PPC), libro prologado por el papa Francisco en el que analiza, desde una perspectiva multidisciplinar (sociología, psicología, neurociencia, filosofía y teología), a partir del pensamiento de Johann B. Metz y William F. Lynch, cómo la esperanza resulta imprescindible en la formación de una identidad sana y responsable, así como en el despertar de la verdadera libertad.

Pero, ¿qué es la identidad? Según el ponente, la suma de todos los momentos vividos, los de sufrimiento y los de placer. “Es un álbum de fotos de los momentos, felices y tristes, que vamos viviendo. Sin embargo, con frecuencia, sobre todo con las identidades que se presentan en las redes sociales, en ese álbum solo registramos los momentos felices”, comentó.

El invitado del Club FARO, que además es diplomado en Psicología Pastoral por la Unidad de Intervención Psicosocial de Madrid, aseguró ayer que la esperanza no es un recurso del que echar mano ante la adversidad. “La esperanza no es solo para los malos momentos, sino que es un lugar en el que crecer de forma sana”, manifestó.

La conferencia, que fue presentada por José Durán, profesor de Sociología de la Universidad de Vigo (UVigo), estuvo basada en la investigación que realizó durante su estancia de dos años y medio en el Boston College University, cuyos resultaron se plasmaron en la obra “Freedom Freed by Hope” (2018), editada ahora en castellano por PPC, y que incluye el impacto que el COVID está teniendo en la salud mental. “La pandemia ha aumentado un 25-30% las crisis de ansiedad, depresiones, adicciones y suicidios. Pero esto no ha sido fruto exclusivamente de la pandemia. Lo que ha hecho esta es amplificar los síntomas hasta revelárselos a las personas y finalmente a la sociedad sacándolos a la luz”, afirmó.

Explicó que la salud espiritual y la salud mental están correlacionadas, y que la esperanza es indispensable para el bienestar del individuo y de la sociedad. “Lo que conviene es ampliar la noción de esperanza y de la gracia de Dios”, propuso.

En su opinión, al igual que el ser humano no puede vivir sin alimento, tampoco puede hacerlo sin esperanza. Sin embargo, alertó de que hay síntomas –políticos, económicos, sociales, culturales, religiosos y antropológicos– que evidencian la carencia de esperanza en Occidente. “¿Qué tiene roto una persona que tiene depresión? La esperanza”, esgrimió ante el hecho de que el 8,7% de la población de Estados Unidos ha pasado algún episodio de depresión en su vida.

También habló del suicidio, del que Europa tiene las tasas más altas, y cuya verdadera magnitud se desconoce ya que suele ser un tema del que apenas se habla. “Es un problema que lleva muchísimo sufrimiento y cuyo discurso interno es la muerte como liberación”, afirmó.

En su opinión, la salida a dolencias como la depresión no son los fármacos, aunque pueden ayudar, sino la confianza de quien la sufre de que será ayudado. “Una persona no se deprime solo porque enferme; se enferma en una sociedad y ahí está la responsabilidad de todos nosotros. La esperanza no es una dimensión espiritual, sino comunitaria y cada uno de nosotros podemos actuar como esperanza de los demás”, afirmó

También calificó de falacia la idea de que el ser humano es independiente. “Somos dependientes. Tenemos dependencia de amor, de que nos acepten, de que nos quieran... A lo que estamos destinados es a tener autonomía. Una persona es capaz de general vínculos cuando es capaz de vivir las relaciones con el mínimo de posesividad y el máximo de generosidad”, afirmó el sacerdote jesuita, que realizó estancias en Nirobi (Kenia) y Perú, donde ejerció como misionero.

El papa Francisco destaca las implicaciones pastorales y prácticas de la obra

Afirma el papa Francisco en el prólogo del libro, que ya va por su segunda edición, que las instituciones, desde la familia hasta las administraciones, “necesitan comprender la esperanza no solo para momentos de crisis, sino para crear un ámbito sano y una cultura en la que habitar y configurar nuestra sensibilidad y disposiciones para la fraternidad”. Añade que Dios y la esperanza atraen la libertad, “una libertad que a veces está ofuscada por ideologías, entretenida en distracciones, dormida o anestesiada”. Destaca, además, el énfasis que Alberto Domínguez pone en el potencial rehabilitador y sanador de la esperanza. “La esperanza no solo espera, sino que construye, también dando profundidad a nuestra conciencia”, agrega Francisco, que destaca las “implicaciones prácticas y pastorales” de la obra del jesuita gallego, que además de sacerdote, se licenció en Ingeniería Superior Industrial por la UVigo, estudió Filología en la Pontificia de Salamanca y se licenció en Teología en la Universidad Pontificia de Comillas. El papa hace una referencia especial al epílogo, en el que Domínguez emplea 17 imágenes de la esperanza. Con ello, pretende mostrar la intimidad entre esta y la identidad. Entre estas imágenes están las de Rafael Nadal y Roger Federer, como deportistas que han alcanzado el éxito a través del sacrificio, del amor por el tenis y del aprecio por el rival.