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Faro de Vigo

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Carlos Mañas Escritor, conferenciante

“Peor aún que la propia enfermedad es que te señalen con el dedo”

“Hay que normalizar la patología mental para acabar con el estigma social”

Carlos Mañas, profesor y publicista RICARDO GROBAS

Nunca lo ha ocultado. Todo lo contrario. Desde que le diagnosticaron trastorno bipolar con síntomas psicóticos, Carlos Mañas, publicista y profesor de universidad, ha centrado sus esfuerzos en dar visibilidad a la enfermedad mental para acabar con el estigma y a apoyar a estos enfermos a través de la ONG Solidarios Anónimos. Ya acercó lo que significa esta patología en un primer libro, editado en 2010. Ahora, cuenta cómo es vivir con esta patología, sin dramatismo pero sin eufemismos, en “Mi cabeza me hace trampas. Vivir con trastorno bipolar” (Kailas Psicología). Se puede ser feliz, afirma, aunque se sea un “feliz incompleto” y pese a que la posibilidad de sufrir una crisis siempre está ahí. Él narra su último episodio psicótico, en el que llegó a pensar que su familia quería envenenarlo. TVE prepara un documental sobre este Vigués Distinguido, que no tiene miedo a dar la cara por las personas con enfermedad mental.

–¿Cómo es vivir con trastorno bipolar?

–Es jodido porque tienes miedo de hacer daño. Las tres tentativas suicidas que he tenido no fueron por cobardía, sino porque no quería sufrir más. En la fase de la euforia siempre he sido feliz; en la depresión no tanto. Vivir con trastorno bipolar es resignarse a que la medicación te borre la sonrisa. Sin embargo, se puede ser feliz. Yo lo soy, aunque sea un feliz incompleto. La medicación me ayuda a hacer las paces con la enfermedad. Esta y mi círculo afectivo. Sin este apoyo, la enfermedad se hace muy cuesta arriba.

–Habla de la importancia del apoyo de la familia, a la que la enfermedad también pasa factura.

–Yo lo llamo la fatiga de la ternura. Puedes hacer cosas que agotan emocionalmente al cuidador, que, por cierto, suele ser siempre una mujer. Una madre siempre te perdona, aunque te equivoques, pero la pareja no tiene ese compromiso genético, está porque te quiere. Yo tengo ahora un problema oncológico y me doy cuenta de que las patologías físicas te separan de las cosas. Ahora me resulta incómodo coger una cosa de un armario. Sin embargo, las psíquicas te separan de las personas.

–La enfermedad mental causa miedo e incluso rechazo. ¿Es peor esto que la propia enfermedad?

–No hace tanto, en la época de Franco, se nos aplicaba la ley de vagos y maleantes y esto hace que arrastremos la resaca de la vergüenza. Los que tenemos madres mayores hemos visto que les daba cierto pudor decir que su hijo tenía una enfermedad mental. “Está mal de los nervios”, decían. Yo estoy harto de decir que yo no he sido. Siempre que faltaba algo en el trabajo o había algún problema, al primero que miraban era a mí. Reconocer que tienes una etiqueta mental lleva consigo que a lo largo de tu vida te señalen con el dedo cuando ocurre algo. Y que una persona sea señalada con el dedo, que se dude de que puede mantener o no a sus hijos o que se sospeche que pueda ser un delincuente es una pena de vida, es comulgar con ruedas de molino a la hora de ser aceptado por la sociedad. Por eso es importante empoderar a los enfermos y normalizar los trastornos mentales.

–¿Cómo?

–Alrededor de la enfermedad mental sigue habiendo mucho morbo. Cuando salimos, lo hacemos en los sucesos. Por eso es de agradecer cuando una persona de éxito sale hablando de su enfermedad mental. El noventa por ciento de las personas diagnosticadas no están asociadas a colectivos de enfermos mentales y son sus familiares quienes hablan por ellos. En muchas ocasiones, al enfermo mental se le infantiliza. Hay que normalizar estas enfermedades porque cualquier persona puede caer en una depresión, y no me refiero a esa tristeza que puede venirte cuando estás de vacaciones y llueve. Esto no es depresión, lo que pasa es que ahora la tristeza no se llora, se medica. Solo quien padece una depresión puede contar cómo se siente.

–¿Qué papel juega la educación?

–Los valores se han de crear en las escuelas, donde se puede normalizar que un chaval que está en un pupitre moviéndose muy rápido sea porque tiene algún problema de hiperactividad o que un chiquillo llore demasiado porque tenga un problema en casa o pueda ser víctima de malos tratos. Los niños son la cantera de la empatía. En la educación que reciban habrá una manera más generosa para entender la enfermedad mental. Cuando un enfermo acude a un hospital por cualquier problema de salud, de forma automática se le deriva a psiquiatría. Nos marcan las etiquetas. Y además, vivimos en una sociedad donde el frágil molesta.

–¿Qué supone la entrada en vigor de la ley que no permite la incapacitación judicial de una persona con enfermedad mental?

–Mucho, porque había un vacío legal que podía suponer muchos agravios. Precisamente, el trabajo de Solidarios Anónimos se basa en resarcir estos agravios. La gente confunde la inteligencia con las emociones. Una persona con una enfermedad mental puede ser inteligente, solo le fallan las emociones. Esta reforma nos abre la puerta a las herencias de los padres, a tener un auxilio jurídico que hasta hace dos años no existía... Ahora es diferente el trato que se tiene hacia un enfermo mental.

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