Ferró, el pintor rebelde de las vespas

El Museo Piaggo de Italia adquiere una moto de esta icónica marca decorada por el artista vigués | La obra es un homenaje a las mujeres víctimas de violencia de género

Es una Vespa ET4, se llama “Victoria, 13” y en diez días viajará a Italia para formar parte de la colección Vespa del Museo Piaggio de Pontedera, en el corazón de la Toscana, donde permanecerá como mínimo dos años. Su autor es Fernando Rial, Ferró, un artista autodidacta que trasciende el lienzo para crear. Prácticamente cualquier superficie es válida para este vigués a la hora de expresarse: una moto, un maniquí, un hierro retorcido, un muro o el lienzo. “Mi pintura es un acto de rebeldía. A través de ella me rebelo ante otras formas de crear, ante el mundo y ante el crecimiento, ante el hecho de dejar de ser un niño”, manifiesta

La suya será la segunda motocicleta pintada por un español, después de la Vespa 150 S decorada y firmada por Dalí en 1962, que se exhiba en el Museo Piaggio, creado en 2000 para conservar y poner en valor la historia de esta compañía, y convertido hoy en el museo de motocicletas más grandes de Italia y uno de los mayores de Europa. Compartirá espacio también con otros emblemáticos modelos, como la Vespa 125 de 1951 utilizada por Audrey Hepburn y Gregory Peck en la película “Vacaciones en Roma” y la Vespa Montlhéry, que en 1950 conquistó 17 récords mundiales en ese circuito.

Aunque esta no es la primera Vespa de Ferró, la considera como tal. “Las anteriores son pruebas que me han permitido llegar hasta esta. Para mí es la primera porque es distinta a las anteriores y porque es la que más tiempo y esfuerzo me ha supuesto”, explica el artista.

Exactamente, todo el proceso supuso seis meses, con crisis artística incluida. “Necesitaba acabarla, ver y sentir el resultado. Eché jornadas de hasta 16 horas, trabajando sin cesar, hasta que un día tuve lo que pensé que no tendría nunca: un bloqueo mental. Tuve que taparla, y marcharme a la playa dos días a pasear y tranquilizarme”, dice.

La Vespa requirió una restauración previa completa, al tratarse de un vehículo de segunda que estuvo circulando hasta que su propietaria la puso en venta. Precisamente la obra se titula Victoria por su antigua dueña. El 13 es parte de la matrícula –1313–, como otro acto de rebeldía, en esta ocasión contra la superstición. “Quise mantener ese número que muchos consideran maldito como una forma de eliminar las barreras mentales”, comenta.

Es, también, un homenaje a las personas que sufren malos tratos, y a las mujeres víctimas de violencia de género en particular, ya que la exdueña de la vespa sufrió violencia machista. “Es un problema con el que estoy muy concienciado porque también lo he vivido de cerca”, explica el artista.

Al Museo Piaggio viajarán también el casco y el lienzo –redondo– que forman parte de esta pieza, por la que ha expresado su interés en adquirirla una vez transcurrido los dos años establecidos en el contrato. Ahora, Ferró está inmerso en su nuevo proyecto: una moto que se exhibirá en el Salón del Automóvil y la Motocicleta de Vigo, que se celebrará del 27 de abril al 1 de mayo en el Ifevi. En ambos casos, el material empleado es el rotulador acrílico. Finalizada la obra, la motocicleta es recubierta con un barniz para protegerla.

La obra de Ferró es una eclosión de colores y formas. Así, los círculos se contraponen a los vértices y las rayas entre una paleta inmensa de colores que responde, según el propio artista, a su forma de ser. “Las formas en mis obras se contraponen, los círculos chocan con los vértices y las rayas, se mezclan los colores y esto es una rebeldía. que se debe a mi naturaleza introvertida y rebelde”, afirma.

Ferró dibuja desde que tiene memoria, aunque no estudió Bellas Artes, sino Fisioterapia, a lo que se ha dedicado hasta ahora, cuando ha decidido cerrar las puertas de su consulta para dedicarse de pleno al arte. “Dejar la profesión con la que mantenía mi casa y pagaba mis facturas es una decisión arriesgada, pero siento que ha llegado el momento de dar el paso”, afirma.

Hasta no hace demasiado tiempo pintaba solo para él, sin mostrárselo a nadie, una decisión que tiene como base un trauma infantil. “Cuando tenía 9 años, un día la profesora nos pidió que hiciésemos un dibujo de temática libre. Cuando le entregué el mío, que era un dibujo abstracto, lleno de colores, lo rompió en mil pedazos. Estuve años sin poder coger un lápiz de colores y cuando al final lo hice, no era capaz de enseñarle a nadie lo que había pintado”, reconoce.

No es difícil ver la influencia de Miró en la obra de este artista vigués. Su propia firma, Ferró, es un guiño al artista catalán. Surgió, recuerda, a raíz de una conversación mantenida con una paciente, que le preguntó si el cuadro que tenía colgado en la sala era un Miró. Él le contestó que no y entonces la mujer respondió: “Pues si no es un Miró, es un Ferró”. Y desde aquel momento, el artista, que firmaba como Rial Domínguez, adoptó ese seudónimo.

Kandinsky y Hilma af Klint, pionera del arte abstracto, son otras de las influencias de Ferró, como lo es también el pintor y escultor castellonense Ripollés, por quien siente, confiesa, verdadera adoración. “Además de ser un referente artístico para mí, nos une una relación casi de padre e hijo. Contacté con él a través de internet y desde entonces me ha ayudado mucho artística y personalmente. Es un ser maravilloso”, afirma.

Ferró ha hecho también su incursión en la literatura. En 2010 publicó “Tiempos anaranjados” (Éride Ediciones), libro en el que trata una de sus obsesiones: el paso del tiempo, y en estos momentos trabaja en la que será su segunda novela, en la que se dan la mano la fisioterapia y el arte.

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