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Faro de Vigo

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Arquitectura sostenible

Así serán los edificios de oficinas del futuro

La eficiencia energética monopolizó la sostenibilidad hasta la irrupción de la pandemia, ahora el foco del debate está en la salubridad y el confort de los bloques de oficinas

El edificio de oficinas Slow de Sant Cugat (Barcelona) roza el consumo cero energético y mantiene una alta calidad del aire. Manu Mitru

Hace tiempo que la llamada arquitectura estrella apagó su luz. La crisis se la llevó por delante, y llámese crisis a lo que sea: económica, climática, de valores… Los edificios ya no son espectaculares por imposibles sino por sostenibles, por saludables, por sociales, por estar integrados con el entorno, por respetar las preexistencias, por el uso de los materiales y por responder con nota a sus propios usos. Las tendencias hace tiempo que están mutando y el cambio de paradigma ya está aquí, basta con ver a quién galardonó el último Pritzker, el considerado nobel de la arquitectura. El premio se lo llevó Diébédo Francis Kéré, de quien se destacó su trabajo sostenible, colaborativo y compartido, y una obra realizada con pocos medios y en comunidad. Lo dicho, a años luz de las estrellas de antaño. 

Calidad del aire

El aprecio por la sostenibilidad no es nuevo, lleva tiempo presente auspiciado por la emergencia energética. Ahí va un dato: los edificios son los responsables del 40% de emisiones de carbono en Europa. De manera que muchos inmuebles ya se construyen teniendo en cuenta el consumo energético o la huella de carbono. De hecho, la eficiencia energética ha monopolizado la sostenibilidad hasta la irrupción de la pandemia. Con el covid-19, la variable salud, centrada sobre todo en la calidad del aire, ha entrado con fuerza en la arquitectura. Ahora, un edificio espectacular aúna cuidado por el medio ambiente y por la salud de quienes lo habitan. La belleza, siempre subjetiva, se da por supuesta. 

Sin material tóxico

“Es la arquitectura del clima. Hemos pasado de la arquitectura ‘hardware’ a la arquitectura ‘software’”. Palabra de Manuel Bailo, la mitad de BailoRull Arquitectura, el estudio responsable del edificio de oficinas Slow de Sant Cugat del Vallès, que se ha construido teniendo en cuenta todos los aspectos necesarios para crear un espacio que roza el consumo energético cero (64,61 kvh por metro cuadrado al año) y unas emisiones reducidas (11,40 kgCo2 por metro cuadrado año). Y un espacio, además, que no contiene materiales tóxicos y en el que la sostenibilidad es tan importante como la salud: el edificio está lleno de sensores que controlan la calidad del aire y que regulan la presencia de elementos como el dióxido de carbono o los compuestos orgánicos volátiles, de los que el formaldehido es el rey.   

Luz, agua y ventilación

Es el rey y el responsable del olor a nuevo que desprenden muchos inmuebles sin estrenar. No es el caso del Slow. “Aquí nunca se ha podido oler porque ni las resinas, ni las colas, ni los disolventes, ni las pinturas llevan carga de toxicidad, es uno de los muchos esfuerzos que se han hecho en relación a la calidad de aire”, apunta Ricard Santamaria, director de H.A.U.S. Healthy Buildings, la consultora especializada en espacios saludables que ha asesorado a los arquitectos. Obra suya son, también, la iluminación dinámica: la temperatura de la luz respeta el ciclo solar; la ventilación forzada con intercambiador térmico, que es lo mismo que decir que el aire frio, en invierno, o caliente, en verano, penetra en el interior atemperado; la minimización de los campos magnéticos y eléctricos de las instalaciones y el tratamiento del agua: con el reciclaje de las aguas grises, la construcción de un depósito de 40.000 litros para recoger el agua pluvial y un tratamiento para el agua de boca. 

Cubierta verde

La apuesta por la salud y la sostenibilidad del equipo que forman arquitectos y consultor viene de lejos. Tanto como los 10 años que han pasado desde que empezaron el proyecto junto a la promotora Marcove, también centrada en levantar edificios sostenibles. El primer trabajo fue convencer al Ayuntamiento de Sant Cugat para modificar el planeamiento y poder construir en vertical en lugar de horizontal. Cambiar la volumetría del edificio, que no la edificabilidad, ha permitido ganar fachada y por lo tanto mejorar la iluminación y la ventilación cruzada con menos coste energético, además de permitir a todos los empleados disfrutar de buenas vistas. El nuevo diseño también supuso poder crear una cubierta verde con pavimento que absorbe el dióxido de carbono y plantas autóctonas de baja necesidad hídrica, algunas de las cuales combaten el mosquito tigre. Este jardín y la galería exterior que cada planta tiene en la fachada sur, la mejor orientada, suponen un metro cuadrado de aire libre por cada siete metros de oficina. Las fachadas, por supuesto, son todas diferentes según su orientación y la radiación solar que reciben. 

Por delante de la norma

La lista de características sostenibles y saludables del edificio es inabarcable, de ahí que cuente con todos los certificados habido y por haber, entre ellos el sello Golden de DGNB, que mide la sostenibilidad de los edificios. No en vano todo lo hecho “es supernormativo, vamos por delante de la norma”, sostiene Santamaria. Tan por delante que las placas fotovoltaicas, pese a poder tener una capacidad de 60 kw solo tienen 15 kw. Es así porque cuando se proyectaron la ley consideraba que a partir de los 15 Kw se era proveedor y penalizaba.

Coste adicional

Es el futuro, pero la pregunta es obligada: ¿qué coste adicional supone todo esto? “El coste es no hacerlo, porque frente el escenario climático que tenemos no hacerlo saldrá mucho más caro”, sostienen los responsables. Y aclaran: de toda la inversión del proyecto, la obra supone un 30 o 35%, y esta puede encarecerse entre un 10 o 15% si se tienen en cuenta la sostenibilidad y la salud. “El concepto lujo está cambiando, ahora el lujo es una buena calidad del aire, un buen aislamiento acústico y unas buenas condiciones térmicas”. 

Edificios de oficinas referentes en Europa:

The Edge, en Ámsterdam

The Edge, en Ámsterdam. Shutterstock

Si un edificio sale siempre en las listas de edificios de oficinas más sostenibles de Europa es The Edge, sede central de Deloitte en Ámsterdam. Se le considera el edificio más comprometido ambientalmente y más inteligente del mudo. Se levantó en 2015 y cuenta con una clasificación de récord, 98,36%, del sello BREEAM, el primer certificado de construcción sostenible creado en el mundo. Entre sus muchas características destacan el acuífero de almacenamiento de energía térmica situado a 130 metros bajo tierra que genera toda la fuerza requerida para su climatización (calefacción y refrigeración); y los 28.000 sensores instalados que permiten saber todo lo que ocurre entre sus paredes, desde la energía que se consume hasta la humedad pasando por el nivel de iluminación. El edificio, además, produce más energía de la que consume gracias a los 6.000 metros cuadrados de paneles fotovoltaicos instalados tanto en la cubierta como en la fachada sur. 

PowerHouse Kjørbo, en Oslo

Este, a diferencia de otros edificios sostenibles, no es un edificio de oficinas nuevo sino la adaptación de una construcción de 1980 para convertirla en verde. En este caso en un edificio de energía positiva, que es lo mismo que decir que el edificio genera más energía mientras está en activo que la consumida en la producción de los materiales para su construcción, su edificación y su eliminación. Por tanto, el edificio pasa de ser parte del problema a convertirse en parte de la solución. Evidentemente cuenta con todos los elementos propios de los edificios sostenibles: un buen aislamiento, placas fotovoltaicas, optimización de la luz...

Torre Astro (Bruselas) y Torre Commerzbank (Fráncfort)

La Torre Astro de Bruselas. Shutterstock

Los rascacielos también pueden ser cuidadosos con el medioambiente. Con los estándares de cumplimiento de eficiencia energética y sostenibilidad hay varios, pero a destacar la Torre Commerzbank, en Fráncfort, por ser de los más altos del mundo y de los primeros que se hizo buscando criterios verdes y la Torre Astro, en Bruselas, construido en 1974 pero cuya remodelación en 2014 lo adaptó a las exigencias del siglo XXI y lo hizo prácticamente autosuficiente al reducir el consumo de energía en un 90%

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