Tiene una obra de teatro –La golondrina, con Carmen Maura– instalada en el Thêatre Hebertot de París, tres películas pendientes de estreno y la adaptación y producción ejecutiva de su obra Smiley, para Netflix. ¿Cuándo descansa este hombre? Guillem Clua (Barcelona, 1973), premio Nacional de Literatura Dramática 2020, es además un febril y tronchante tuitero y alguien que dice lo que piensa sin mordaza.

–Le posicionan en la pole de la dramaturgia contemporánea.

–Para mí el privilegio es estar en una posición que me permite explicar mis historias y tener la suerte de que llegan a mucha gente.

–Humilde, usted.

–Detesto la idea romántica del artista. Para mí es un oficio, es lo que soy. Detecto que hay compañeros dramaturgos que intentan ver cómo encajan en una generación o escriben para la posteridad. Yo escribo aquí y ahora para el público del presente.

–Bien. Pero, ¿qué les da?

–Las obras que más éxito han tenido, las que más se han traducido y han viajado, hablan de mí, de cómo veo el mundo. El ingrediente clave es la verdad.

–Si serramos la tapa de su cerebro, ¿qué verdad salta primero?

–Mi obra va del drama a la comedia, lo político y el musical, y cuando intenté encontrar un denominador común, me di cuenta de que siempre hablo del amor, de su poder curativo. Y siempre con la esperanza de que podemos hacer un mundo mejor.

–¿Qué tal va usted de amor?

–También me siento afortunado. Ahora mismo estoy soltero, en una travesía del desierto, pero hay infinitas maneras de entender el amor. El de los amigos, las relaciones pasadas y presentes, la familia.

–¿La familia siempre sostuvo su necesidad de escribir?

–Mis padres, y mis hermanos, siempre me animaron. En casa se respiraba literatura y música. No estaría donde estoy si no fuera por ellos. No solo porque me dejaron volar, sino también porque estuvieron a mi lado cuando salí del armario.

–¿Siempre tuvo autoconfianza?

–¡Aún no la tengo!

–Venga ya.

–Nunca doy nada por sentado. He trabajado mucho, y también ha jugado el factor suerte. Sí tengo seguridad en el oficio, como el que hace muebles toda la vida, pero eso no es garantía de que despiertes el interés.

–No es de medias tintas. Se mete en tramas de política, en historias LGTBI...

–Exploré el tema LGTBI porque era lo que conocía y ha acabado siendo un acto político. En el momento en que tienes un altavoz, sientes la responsabilidad de utilizarlo para plantear preguntas en una sociedad que está yendo hacia una dirección terrible.

–¿Qué cuestión es hoy capital?

–Tanto el neoliberalismo rampante como la ola reaccionaria y neofascista que se está despertando tienen como objetivo potenciar el individualismo y aniquilar el sentido de comunidad. No nos podemos achantar.

–No se achante, ¿le ronda algún argumento?

–Estoy absorbido por Netflix, pero intento encontrar tiempo para escribir una obra sobre los medios de comunicación y la posverdad. Lo que está ocurriendo ahora tiene un único origen: el cuestionamiento de los hechos.

–¡Ay, que usted empezó como periodista!

–Dejé el periodismo porque me di cuenta de que cada vez se parecía más a la ficción. ¡Coño, pues me dediqué a la ficción al 100%, que me lo pasaba mejor!

–¿Y quizá acerca más a la verdad?

–Rotundamente, sí. La ficción tiene algo muy poderoso: la capacidad de emocionar. El problema es cuando se utiliza en los medios de comunicación y convierten una realidad trágica en espectáculo.

–¿Qué conmueve al que conmueve?

–Que la vida sea tan corta. Mis padres se hacen mayores, en la primera ola de la pandemia perdí a gente joven muy cercana... Hay que aprovechar los cuatro días que vivimos.

–De momento, los ha aprovechado bastante. Elija tres momentos.

–Están relacionados con cambios de ciudad. El Erasmus en Londres, mudarme –harto de todo– a Nueva York, donde conseguí un agente y tradujeron mis obras, y los años que he pasado en Madrid. Mi vida ha funcionado por carpetazos. Cuando no soy feliz, voy a otra ciudad y comienzo de cero.

–¿Cómo va de felicidad ahora?

–Me aproximo a los 50 y no es plan de hacer borrón y cuenta nueva alegremente. He comprado un piso en Barcelona. Estoy haciendo el nidito.