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Un fenómeno obsceno

Guerrero del desperdicio: 48 horas comiendo sobras

La comida desperdiciada supone casi el 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero en todo el planeta

Excedentes de frutas, verdura y panadería. David Castro

El estreno fue un fracaso. La cena consistió en bollería casi industrial, dulce hasta el extremo. Pero no había alternativa. La premisa estaba clara: alimentarse solo de sobras durante dos días, a través de la aplicación Too good to go [demasiado bueno para tirarlo], que conecta a sus usuarios con restaurantes y tiendas que venden sus excedentes muy por debajo del precio original, combatiendo así el desperdicio de alimentos, una tendencia obscena del mundo actual, en el que un tercio de la comida acaba en la basura mientras 800 millones de personas pasan hambre. Pero los establecimientos no aclaran qué productos van a dar. Son “packs sorpresa”. 

El lugar elegido fue una panadería con ofertas dulces y saladas situada en Recoletos, una de las zonas más caras del centro de Madrid. Parecía una buena idea.

“Ah, sí, Too good to go. Ya tengo su paquete preparado”, dijo el dependiente. 

“¿Aquí lo emplea mucha gente?”

“No, no mucha. No toda la que debería. Quizá por el tipo de barrio”, contestó. 

La bolsa era de papel y pesaba bastante. Esto es lo que contenía: dos bollos de chocolate, uno de crema, siete minicruasanes, una ensaimada y un brownie. Todo por 3,5 euros, cuando en condiciones normales costaría más de 10. Cena y desayuno del día siguiente. Estaban bastante malos, pero su estado era apto para el consumo humano. 

También llegó un correo. Intentaba rezumar épica, con su vocabulario bélico y sus continuas exclamaciones. “¡Ya eres waste warrior [guerrero del desperdicio]! ¡Bien hecho, has salvado tu primera comida! Un pack sorpresa salvado a través de Too good to go ahorra 2,5 kg de CO₂. Es decir, la misma cantidad de CO₂ que se emitiría si se dejara encendida una bombilla durante seis días seguidos. ¡No te pares aquí!”, decía.

Uno ya no era un simple consumidor. Era un guerrero del desperdicio. Había que seguir. No podía pararse aquí.

La huella ecológica

La comida desperdiciada supone casi el 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero en todo el planeta. Si fuese un país, sería el tercero en huella de carbono, solo por detrás de EEUU y China. Un reciente informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) refleja que el español medio tira 77 kilos de víveres al año. “No hay producto alimentario más caro que aquel que acaba en la basura”, dijo el pasado lunes el ministro de Agricultura, Luis Planas, durante la presentación de las líneas generales del proyecto de ley de prevención del desperdicio alimentario, una norma que el Gobierno espera que entre en vigor a comienzos de 2023 y que contempla actuaciones para combatir este fenómeno y multas para las empresas que no donen excedentes. Catalunya aprobó un texto similar el año pasado, pero aún no se ha desarrollado vía reglamento.  

Raquel Díaz, responsable de proyectos de la Fundación Espigoladors, que lucha desde 2014 contra las pérdidas de comida, señala que el enfoque de la nueva ley es “más completo” que el de normas ya existentes en Francia e Italia, pero echa en falta un mayor énfasis en el desperdicio en el sector primario y una investigación sobre los volúmenes generados. Sobre Too good to go, la experta argumenta que su aparición es “bienvenida” y ayuda a “sensibilizar”. Sin embargo, su “impacto real” es difícil de medir. “Hacen falta estudios para conocer qué hacen los usuarios con la comida al llegar a casa”, explica. 

En cualquier caso, ahora tocaban frutas y verduras. El destino fue esta vez un pequeño local de Puente de Vallecas. Zona obrera. En principio, al ser los ingresos mucho más bajos, aquí la aplicación se tendría que emplear más que en Recoletos. Pero no necesariamente. El razonamiento, al menos, no funciona a escala mundial. El informe de la ONU sitúa a Nigeria, con 189 kilos por habitante, como el país que más alimentos desperdicia. 

El encargado de la tienda nació en Bangladesh. Se suponía que el “pack sorpresa” ya debería estar listo, pero el frutero no había anticipado nada, así que cogió una caja grande de cartón y fue recorriendo el local, eligiendo de aquí y allá, sin ningún orden aparente, seis patatas, tres zanahorias, una lechuga, cuatro peras, cinco kiwis (tres verdes y dos amarillos), ocho tomates, dos melocotones, dos cebollas, seis manzanas, tres ciruelas, un calabacín, una berenjena, tres plátanos, dos pimientos italianos y dos limas. Todo por tres euros. Algunas piezas estaban algo mustias, al límite, pero no la mayoría. Dijo que Too good to go se utilizaba en su establecimiento “mucho, mucho, mucho”.

Sobredosis de azúcar

Según datos de la propia empresa, la aplicación está disponible en 17 países, la mayoría europeos, y en España ya hay más de 12.000 comercios asociados, con tres millones de usuarios que han retirado 4.700 toneladas de alimentos desde septiembre de 2018. Un portavoz de la compañía explica que para hacerse una idea general del proyecto conviene “combinar diferentes establecimientos”. Aquí faltaría, como mínimo, un restaurante y un supermercado. 

El restaurante. Un local de una conocida franquicia de pizzerías situado en Carabanchel. El guerrero del desperdicio ya había probado antes su comida, cuando solo era un cliente sin rumbo, y la que sobraba estaba igual de buena que la que no, solo que la primera costó 2,99 euros y la segunda 10.

El supermercado. En Pueblo Nuevo, barrio de clase media, y perteneciente a una gran cadena. La aplicación parecía ser en el local tan común como el pago con tarjeta. Sus empleados incluso abreviaban su nombre, con familiaridad. “¡Un to go!”, dijo el cajero, y un compañero suyo apareció con una gran bolsa. Tocaba alimentarse por 3,99 euros con 24 yogures azucarados con sabor a fruta, cuatro arroces con leche, un paquete defectuoso de lentejas y otro de azúcar refinada, también roto. Sin una familia numerosa ni un arriesgado desinterés por la dieta equilibrada, aquello era imposible de consumir en tan poco tiempo: los lácteos caducaban ese mismo día. Algunos fueron a parar a casa de una vecina. Otros, con perdón, acabaron en la basura.

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