Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Marisco

Perceberos, como 'Spiderman' en Asturias

Los mariscadores que acaban de iniciar la temporada de percebe trabajan jugándose la vida para llevar de la roca al plato el sabor del Cantábrico: “Nos mueve la adrenalina”

Perceberos, un peligroso trabajo a merced del Cantábrico

Para ser percebero no vale cualquiera. Son las 8.30 horas y en el muelle nuevo de Luanco, en Gozón (Asturias), se van dando cita unos chavales que mamaron del Cantábrico. Mientras preparan bistronzas, neoprenos y sacos para hacerse a la mar charlan animadamente: comienza la temporada del percebe en el cabo Peñas, y hay nervios, ganas de una dosis de adrenalina. El de percebero es un oficio de riesgo.

Aunque estos profesionales le quitan algo de hierro: “¿Cuántos accidentes graves hay de perceberos?”. Por fortuna, pocos. No es casualidad. Aunque no están libres de sufrir percances, y haberlos, haylos, los mariscadores conocen como nadie el medio en el que trabajan. En tierra son colegas, en la mar, además, son hermanos.

En lanchas se aproximan a las rocas. Llaman a cada roca por su nombre: 'el Placerín', 'la Llaneza', 'El canalón', 'Baxón'…. Eso va también en el oficio. Aprovechan el trayecto a velocidad considerable para ponerse al día. Uno ha sido padre hace poco. Otro tiene en mente ampliar familia. Al enfilar el cabo Peñas se hace un silencio que agudiza el rugir del mar. Están en medio de la nada: ellos y la mar.

Se sienten privilegiados por estar ahí: “¡Qué guapo ye esto!”, exclama uno. El resto, asiente. LA NUEVA ESPAÑA les acompañó en la jornada inaugural de la campaña en Peñas.

Perceberos en las rocas de Peñas. Ricardo Solís

Berto, el piloto de la lancha, les aproxima a las rocas en una especie de baile con la mar. Casi un ritual. Y comienza el trabajo duro. Unos se cuelgan sacos a los que van echando el percebe en la cintura; otros, se ponen camisetas sobre el neopreno que atan con un cinturón, y entre camiseta y traje de agua van lanzando los percebes que luego “paren”.

El casco es también imprescindible para muchos profesionales que castigan sus cuerpos a una velocidad endiablada contra las mejores peñas en terreno peligroso, aunque no todos lo llevan. En faena esculpen las rocas, casi como artistas que miman piezas.

Se concentran en la roca y en la mar: “¡Viene una (ola)!”, grita el lanchero. Y los pescadores se aferran a la roca, o se lanzan a la mar para evitar el golpe del Cantábrico. En el tiempo de faena, los perceberos saltan de una a otra piedra con soltura, como una especie de 'Spiderman' en el cabo Peñas. Estos superhéroes asturianos tienen un secreto: nunca dan las espalda al mar.

Los perceberos, entre tanto, van cogiendo piñas de percebes, esos bocados de mar que cotizan al alza en las lonjas asturianas y presentan importante demanda especialmente en Navidad. No todos son iguales: en la misma peña se distinguen dos grupos de percebes, los de sol y los de sombra. Los primeros están expuestos directamente al oleaje, son cortos y gruesos y su coloración es oscura, su carne dura y más sabrosa.

Los de sombra viven en caras protegidas o en grietas, generalmente compitiendo con los mejillones. Para sobresalir por encima de éstos, desarrollan mucho en longitud y, aunque también lo hagan en grosor, interiormente son de carne blanda y con “mucha agua”, según se explica en el libro 'Recursos pesqueros de Asturias 2'.

El preciado manjar, listo para volver con él a puerto. Ricardo Solís

Con las bolsas –o las camisetas– repletas de percebes, los mariscadores regresan a las lanchas donde limpian el preciado de marisco de piedras o cualquier otra impureza que les reste capacidad de pesca. Arturo Menéndez, guardapesca de la cofradía de Luanco, les pesa las capturas.

Han alcanzado el máximo, ocho kilos. Quienes apuran para llegar al límite se la juegan de nuevo en las rocas. Una ola brava les hace ponerse en su sitio: “¡Quiere comernos la mar!”, exclama Berto.

Es el momento de regresar a puerto. La mayoría venderá sus capturas por la tarde en la rula que más les interese, generalmente Puerto Vega, capital percebera del Principado. Los de Luanco apenas descansarán lo justo para volver a la mar: “Este es el oficio más guapo del mundo”, reconoce Abraham Mazuelas, con dos ciclos formativos de grado superior que un día decidió que su vida laboral la azotara el mar. La afición de los asturianos por el marisqueo se pierde en el tiempo.

Los yacimientos prehistóricos de numerosas cuevas asturianas, próximas a la costa, muestran como nuestros antepasados, hace más de 25.000 años, practicaban ya el arte de mariscar recogiendo llámparas en gran abundancia.

El arte de cavar percebes apenas ha cambiado en los tiempos. “Es vida, es adrenalina”, reconocen los de Peñas, que en apenas unas horas llevan de la roca al plato el sabor del Cantábrico. Aunque para eso tengan que jugarse la vida. En esto también comparten algo con 'Spiderman'.

Compartir el artículo

stats