Su nueva novela se centra en Toni, un profesor de filosofía que asqueado del mundo y sus semejantes ha decidido acabar con su vida en el plazo de un año, cuando regresen los vencejos. Mientras tanto analizará día a día y mes a mes ese trayecto hasta la muerte.

–No era fácil darle una continuidad a su trayectoria tras la recepción de ‘Patria’. ¿Quería hacer algo diametralmente opuesto con su nueva novela, ‘Los vencejos’?

–Siempre he trabajado así, una vez que termino una obra procuro hacer otra que me lleve por caminos narrativos distintos. Quería cambiar de paisaje y de tiempo, aunque yo siempre he escrito novelas que transcurren en tiempos que también he vivido.

–Es una bonita imagen la de los vencejos porque es un ave estacional y su llegada y su marcha se asocian al paso del tiempo.

–Los vencejos no son un elemento decorativo en la novela, por eso merecen figurar en el título. El protagonista proyecta una serie de deseos y reflexiones en estos animalitos que conviven con él en su mismo barrio.

–¿Le gustan los pájaros?

–Mucho, y además la palabra vencejo me parece una de las más bellas del idioma.

–Le hago un examen: ¿qué diferencia hay entre un vencejo y una golondrina?

–Son dos animales completamente distintos. En mi barrio de San Sebastián había golondrinas. Nosotros vivíamos en el piso más alto y las golondrinas hacían unos maravillosos nidos de barro en el alero y nos liberaban de cientos de mosquitos. De manera que, cuando algún vecino con el palo de la escoba rompía un nido, nos parecía algo terrible y esto a un niño se le queda muy grabado. La golondrina es fácilmente reconocible porque tiene el pecho blanco y el vencejo es muy chillón. Ambos vuelan de una manera parecida, cruzan el cielo sin rumbo.

–Ninguna de las dos aves se posa jamás en el suelo. La idea es preciosa.

–Sí porque el protagonista está en el suelo, está atado a su trabajo, a los que están con él. Su familia, sus vecinos, sus impuestos. Ve a los vencejos libres, cumpliendo su ciclo vital en el aire. Y aspira a vivir como ellos.

–Y decide de una manera absolutamente racional quitarse la vida en el plazo de un año. ¿Se puede tomar una decisión así racionalmente?

–Ahí está el quid del asunto. Considera que un año de plazo para suicidarse pudiera ser suficiente para entre otras razones saber por qué quiere hacerlo. Por qué no quiere vivir más. Es un hombre con una clara tendencia racional, su discurso propende a lo lógico o a lo analítico y sin embargo está poseído por impulsos naturales que no ha superado nunca. No es verdad que la mayoría de los suicidios se realicen llevados por el arrebato pasional. Hay muchas modalidades de suicidio –según me han dicho, no tengo experiencia–, pero la ficción también permite unos tratamientos que no tienen que ser una copia de lo real. Y me interesa poner al lector en una situación un tanto desazonadora.

–El tipo de drama que vive su narrador es del todo banal. Es un hombre humillado y casi sin atributos.

–Le gustaría vivir algo grande antes de despedirse, por ejemplo protagonizar una tragedia. La cuestión es que es un poco Quijote, no de novelas de caballería sino de grandes personajes trágicos de algunos libros que ha leído, como el joven Werther de Goethe o el Mersault de ‘El extranjero’ de Camus. Matarse le parece una cosa bastante interesante.

–Menciona ‘El extranjero’ , un libro importante para su generación. Se podría decir que esta es una novela existencialista si Camus y Sartre hubieran tenido sentido del humor.

–Es verdad y además Toni nunca renuncia a sus criterios morales. Él tiene todas las cartas para sucumbir al nihilismo y no lo hace. No considera que la vida sea absurda, eso le parece retórico. Cree en las cosas cotidianas, la luz, la buena cerveza…

–No trata de hacer a su héroe particularmente simpático.

–Cuidadito conmigo porque a veces llevo al lector por calles que no conducen a donde el lector cree. No es la primera vez que pongo a un personaje en sus facetas menos atractivas, pero el lector que se tome la molestia de llegar hasta el final puede que tenga otra opinión. Impongo a los personajes un recorrido que a menudo cambia la posible opinión inicial. Yo no quería que de ninguna manera mi protagonista fuera violento. Podrá odiar a este o al otro, no más.

–Pero sí que hay una violencia soterrada. Un violencia doméstica, el padre pega a la madre, la madre pega a los hijos y el hermano mayor pega al pequeño.

–El resultado de aquella violencia que recibíamos los niños de los años 60 y probablemente de los anteriores, la bofetada educativa, de alguna manera va rompiendo algo por dentro. Uno sale de aquella época, quizá no del todo traumatizado porque no se percibía como maltrato: era algo que uno mecería y en cierto modo aceptaba. Eso perjudica la educación sentimental, nos hacía torpes para verbalizar sentimientos. Pienso en mi etapa escolar, donde el reglazo era cotidiano, y compruebo que salimos bien formados en el aspecto intelectual pero en el emocional éramos muy zoquetes. Recuerdo que la primera vez que coincidí con chicas en un aula fue en la universidad. Quedé fascinado y no lo digo en el sentido erótico. Mi fascinación era verlas participar. Llegué muy mal preparado.

–Con Toni, ha querido retratar una masculinidad en crisis en un momento de gran impulso del feminismo.

–Es un hombre que no encuentra su lugar. El feminismo es una reclamación legítima de cualquier democracia. Lo que se deja un poco al lado es el papel que ahora le corresponde al varón en esta época pospatriarcal. El macho bruto y violento no me inspira pero sí el varón maduro que tiene que aprender nuevos roles y nuevas funciones pero no está bien preparado para ello. Estos pobres varones que ya no tienen la última palabra en su familia, que ceden poder. Son como patriarcas en retirada. Pobrecitos.

–¿Tanta pena le dan?

–Porque los veo muy extraviados pero ellos mismos se dan cuenta de que esto no tiene vuelta atrás y se refugian en sus fantasías y sus muñecas sexuales. Yo creo que el feminismo no puede ser un proyecto solo de mujeres.

–Toni se empieza a desprender de sus libros cuando planea su muerte. ¿Quiere decir que mientras haya libros hay esperanza?

–Es que los libros son el símbolo de la mejora de la calidad de la persona. Un país en el que la gente tiene un nivel cultural alto es posible que funcione mejor como sociedad.

–Su novela vaticina que España no existirá en el siglo XXII con sus fronteras actuales.

–Las fronteras cambian mucho con el paso de los años. No es algo que me preocupe. Creo más importante el bienestar de los ciudadanos. No estoy dotado para el nacionalismo, he sido extranjero durante años, no tengo apego a los símbolos nacionales. Los países son un invento nefasto. Lo único que me preocupa es que si desaparecen las fronteras habrá que proteger los idiomas y los signos regionales.

–Creo que va a hacer una novela de humor sobre el conflicto vasco.

–Es un trabajo delicado porque uno, sin mala intención, podría aumentar el daño de los que sufrieron. Hay que hacerlo en el tono adecuado. Es un reto y a mí me gustan mucho los retos. No seré el primero en parodiar al agresor.