Ceferino de Blas, exdirector de FARO y cronista oficial de Vigo, es el autor de “Emilia Pardo Bazán en el país de las rías”, el libro con el que el decano, en colaboración con la Diputación de Pontevedra, conmemora el primer centenario del fallecimiento de la ilustre intelectual gallega. Se trata de una obra única, singular, que retrata las estancias, vivencias y relaciones de Pardo Bazán en la provincia de Pontevedra, un territorio del que se enamoró y al que bautizó con el genial epíteto del “País de las Rías”. El libro, que llegará a partir del próximo sábado a los kioscos por solo 4,95 euros, recoge aspectos y contenidos muy poco divulgados de su vida así como una selección de sus artículos y relatos en FARO, periódico del que fue colaboradora desde sus comienzos literarios en 1876.

–Con tanta bibliografía como existe de Pardo Bazán, ¿en qué se diferencia este libro de otros ya publicados?

–El libro tiene un planteamiento, y unos contenidos, diferentes a los de anteriores biografías. Lo enfoca desde dos ángulos, el territorial y el periodístico. El primero se desarrolla en lo que ella misma denomina el País de las Rías, que ha sido muy poco tratado por otros biógrafos y sin embargo tiene un gran contenido, como veremos. El segundo es específico, ya que responde a la visión que recibieron los lectores de los periódicos del Sur, en especial los de FARO DE VIGO, que era el diario de mayor circulación de Galicia, de las andanzas de la escritora. Es abundante la información que recibieron de ella, durante muchos años. Hay que advertir que es uno de los personajes no vigueses de los que se ofrecía más información, lo que revela la simpatía que se le tenía en el Sur y su categoríaa.

–¿Quiere decir que el sur, es decir, la provincia de Pontevedra, tiene relevancia en su vida?

–Esa es la realidad, aunque las biografías generalistas la obvian o minimizan. Pardo Bazán dividía el año en tres etapas: la más larga, el curso, la pasaba en Madrid, las épocas de vacaciones, en A Coruña, preferentemente en el Pazo de Meirás y aproximadamente un mes, entre finales de agosto y septiembre, venía a lo que ella llamó el País de las Rías, que es el eslogan más bello jamás inventado para definir la provincia de Pontevedra. Ella lo explicó en un artículo en la revista “La Ilustración Artística”, de Barcelona donde publicó durante muchos años.

–¿Nunca se había utilizado ese nombre?

–Nunca. El hallazgo del nombre con que la condesa conocía a Pontevedra, como “el País de las Rías”, es un descubrimiento. Por lo que no sólo es una denominación, es un sentimiento. Poner un nombre supone designar, dar sentido a algo que se considera personal, casi como algo propio, como cuando los padres ponen el nombre a un hijo. Y las rías son lo más singular del territorio del Sur. Ya lo había escrito Pérez Galdós cuando vino a Galicia, en 1885, y se refiere a sus cuatro grandes rías –Vigo, Pontevedra, Arousa y Muros–, “que gozan de universal fama. Son los lagos del mar”. La condesa era de A Coruña y Galdós canario, por eso amaban el mar, pero su mar no tenía rías. Es por lo que les entusiasmaban las del Sur de Galicia. De ahí que que cuando Emilia llama a Pontevedra “el País de las Rías” le está dedicando el epíteto más bello. No hay mejor topónimo de Pontevedra que conocerla por el País de las Rías.

–¿Resalta algún aspecto relevante de la vida de la condesa que no tratan otras biografías?

–Por ejemplo su relación con el Nuncio Francisco Ragonesi. Este personaje eclesiástico, que después fue Cardenal, y era amigo de Gaudí, al que calificó de “el Dante de la arquitectura”, con el que visitó en Barcelona la Sagrada Familia, que estaba en construcción, vino a Galicia invitado por el obispo vigués Eijo Garay, 1915. Después de acudir a Santiago al día del Apóstol, estuvo de visita en Mondariz, donde se encontraba como todos los años la condesa, que se esmeró en captarlo para sus propósitos y lo logró, porque cuando se proponía agradar a alguien tenía empatía y lo conseguía. Y se había propuesto dos objetivos: que oficiase la boda de su hijo, Jaime, que se iba a casar en Madrid, y que la ayudase a recuperar el título pontificio de condesa de Pardo Bazán, que había conseguido su padre, en 1870, y heredado su madre. Ella tenía el título de condesa de Pardo Bazán de Castilla, que le otorgó Alfonso XIII, en 1908, pero lo había cedido a su hijo, que lo transformó en Condado de Torre de Cela, y cuando se encontró con el Nuncio estaba sin título nobiliario. Y efectivamente, consiguió ambas cosas. El Nuncio casó a su hijo y ella recuperó el título vaticano de condesa de Pardo Bazán.

–¿Fue la causa por la que estuvo en Vigo en la procesión del Cristo?

–Sin duda, el Nuncio Ragonesi vino a Vigo con el obispo Eijo Garay a presidir la procesión del Cristo, y la escritora quiso estar presente en aquella manifestación litúrgica para congraciarse con los obispos y en demostración de respeto a la Iglesia. ¡Fue una bendición, ya que quedó tan impresionada que le dedicó el artículo más hermoso que se ha escrito sobre el acontecimiento religiosa más multitudinario que pueda verse! Lo tituló “Cirios”, por la multitud de alumbrantes que acompañan a la imagen, y lo publicó en este periódico.

–¿Qué otras aportaciones originales aparecen en el libro que merece remarcar?

–Es evidente que cuando viajaba al Sur tenía otro tipo de vida, más informal, y dedicaba su tiempo a otras actividades. Por ejemplo, su entusiasmo por los automóviles, que curiosamente no advertí en otros lugares. Existen fotos que lo constatan. Una, en el pazo de la Pastora, en el coche de su propietario Javier Ozores, cuando van a emprender el viaje a Liñares (Lalín), después de pasar por Mondariz y Rivadavia. Y otra en el vehículo de José Curbera en Mondariz, en su famoso “Richard Brassier”, de 40 caballos, adquirido en 1906 en París. Los Curbera habían tenido el primer coche que hubo en Pontevedra, un “Renault” que aún existe, y se matriculó como el PO-2, y es propiedad de los descendientes de José Pazó. Viajar en coche entonces era una aventura. Existe una fotografía, tomada en el pazo de la Pastora, en que se ve a los automovilistas preparados para desplazarse, y es admirable. Están vestidos completamente como para ir a la nieve o al desierto, sólo se les ve parte de la cara. Compraban la ropa en Casas de Modas, donde los vendían ex profeso. Estos viajes en aquellos coches de época, cuando no había ni carreteras, la entusiasmaban, porque era la modernidad y el utilitarismo.

–¿Mondariz fue un lugar muy importante en su vida?

–Lo fue. Tomó las aguas en su balneario desde 1887 hasta 1920, unos meses antes de su muerte. Por una enfermedad hepática, los médicos le recomendaron tomar las aguas, y empezó a ir al balneario de Vichy, el mejor del mundo, durante varios años. Eso le facilitó trasladarse a París y conocer allí a los más importantes escritores de su tiempo, desde Zola a los Goncourt, a escritores rusos y de otros países que recalaban en lo que se consideraba la capital cultural del mundo. Así adquirió unos conocimientos profundos y de primera mano de la literatura y las tendencias de la época. Pero desde 1887 comenzó a tomar las aguas en Mondariz, que ampliará después al balneario de A Toxa, por su amistad con el marqués de Riestra, su propietario, y ya no dejará estos balnearios, aunque también visitó otros. Su higiene, sus cuidados médicos y sus grandes hoteles, en los que ella se sentía tan agradable, la colmaban. Por eso ya no volvió a los balnearios franceses.

–¿Es cierto que su primera novela la publicó en un periódico del Sur?

–Sí, la publicó por entregas, como se estilaba en aquel tiempo, en “El Progreso”, un periódico de Pontevedra. La escribió cuando tenía 14 años. El manuscrito de “aficiones peligrosas”, como se titulaba, se lo entregó, muchos años después, a su gran amigo y coleccionista, Lázaro Galdiano.

–Esta relación adolescente con el sur de Galicia, que se confirma en la vida adulta, ¿significa que tenía una querencia precoz por el País de la Rías?

–En sus diarios escribe que bajaban al sur, todos los veranos, a pasar una temporada en Sanxenxo, en el pazo de Miraflores, que había heredado su madre. Pero donde ella se metió a fondo en la literatura fue en una casa de Sanxenxo, próxima a la playa, que habían alquilado sus padres, cuando ella tenía 9 años, y en la que descubrió una vieja biblioteca. Ese verano se empapó en la lectura y leyó desde la Iliada a la Biblia. Su vinculación al Sur, que conservó hasta meses antes de su fallecimiento en Madrid, está de sobra justificada. Y las descripciones de los paisajes del País de las Rías son fantásticas.