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Un centinela artesanal en las aulas

Marco Amoedo, Paloma Calvo y Carlos Román muestran el medidor que han confeccionado.

Marco Amoedo, Paloma Calvo y Carlos Román muestran el medidor que han confeccionado. Marta G. Brea

Los medidores de CO2 se han convertido en aparatos con cada vez mayor demanda desde el estallido de la pandemia. La Xunta los ha incluido como requisito indispensable en la reapertura de la hostelería, pero algunos colegios ya habían apostado por adquirir estos aparatos para medir la calidad del aire dentro de sus aulas.

Paloma Calvo, Carlos Román y Marco Amoedo diseñan y construyen 100 medidores de CO2 para el Colegio Apóstol Santiago y Padre Míguez Casalancias 

Paloma Calvo, Carlos Román y Marco Amoedo han ido un paso más allá y han construido, de forma artesanal, 100 aparatos que han instalado en el Colegio Apóstol Santiago y en el Padre Míguez Calasancias.

El medidor, con la luz en verde, en un aula del Colegio Padre Míguez Calasancias. Alba Villar

Ha sido un trabajo en equipo que permite a cerca de 1.800 escolares de ambos centros tener bajo control en sus clases las emisiones de CO2. “Todo empezó en octubre del pasado año”, relata Paloma Calvo Bastida, profesora de Tecnologías de la Información y de la Comunicación (TIC) en Jesuitas. “Salvador Fernández, el profesor de Química, me dijo que creía que controlar el CO2 era lo más importante, me habló de José Luis Jiménez, profesor en la Universidad de Colorado, y me introdujo en el tema”, prosigue.

“Adquirimos seis medidores comerciales y empezamos a medir el CO2 en las aulas”, dice la docente. El problema era el precio: cada uno valía 200 euros. Una vez instalados empezó un laborioso trabajo de campo. “Empecé a meterme en todas las aulas para controlar los niveles. He contabilizado por lo menos 200 interrupciones en la práctica diaria de mis compañeros”, reconoce.

Fueron los primeros pasos de un auténtico proyecto de investigación, a base de cotejar infinidad de datos, y es ahí cuando entra en contacto con el ingeniero informático Marco Amoedo, amigo de toda la vida de su marido Carlos Román, y padre de un alumno de Calasancias, donde, además, forma parte del Ampa.

Lograron un sensor con telemetría con un precio final de 56 euros cada uno

Comprobaron que las pautas de ventilación en las aulas recomendadas por la Xunta podrían, en algunos casos particulares, no ser suficientes para asegurar una calidad del aire óptima. “Era como intentar calcular el volumen de una vaca esférica. Si las vacas fueran esféricas sería muy fácil de calcular, pero las vacas no son esféricas”, dice Calvo.

Tres de los cien medidores de CO2 construidos para el Colegio Apóstol y Padre Míguez Clasancias

“Todas las pruebas indicaban que había muchas variaciones y que había aulas que se ventilaban mejor que otras, dependiendo de las condiciones atmosféricas, de por dónde entraba el viento en ese aula, de si el aire viciado salía al pasillo y acababa en otra aula....”, dice Amoedo. “Lo interesante era tener un sensor que te permitiera ver el valor en tiempo real para saber cómo iba evolucionando y, según eso, decidir las estrategias de ventilación. Al final, la ventilación continua cruzada es la base, pero está bien saber si estás ventilando mejor o peor”, añade. “Solo había una solución: medir en continuo”, apostilla Calvo.

Y fueron un paso más allá. “Empezamos a investigar, nos informamos en la web de Aireamos.org y descubrimos que la comunidad de Makers estaba haciendo varios modelos y nos planteamos buscar uno con la mayor garantía, la mejor calidad posible, e intentar reducir su precio”, dice Amoedo. Encontraron un modelo de una marca suiza “muy preciso y de mucha calidad” a partir del cual empezar su proyecto y del que salió el prototipo con el que hicieron las primeras pruebas de campo sobre enero.

“La carcasa la imprimimos en el colegio con una impresora 3D que habían ganado los alumnos del club de ciencias”

Calvo

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Amoedo (c) junto a Luis Segura, Raquel Barreiro, Manuel Vázquez (del Ampa) y Trinidad Rodríguez Alba Villar

Las pruebas fueron óptimas y empezó la fase de fabricación: 65 para Jesuitas, con la aprobación y financiación de la dirección del centro y de su ANPA; y 35 para Calasancias, donde fue la asociación de padres de alumnos la que asumió el coste.

Amoedo califica de “muy interesante” esa fase del proyecto. “Hicimos más de 20 versiones diferentes del software, para intentar que fuera lo más fácil posible de usar. Por ejemplo, hasta encontrar el intervalo de alarma adecuado, o la configuración de los códigos de colores... Fuimos probando”, dice.

Finalmente, lograron un sensor cuyo precio final es de 56 euros. “Un coste razonable, sobre todo teniendo en cuenta que la vida útil de un cacharro de estos puede superar los diez años”, dice Amoedo.

Uno de los medidores de CO2 en un aula infantil, con la luz verde Alba Villar

Una colaboración que beneficia a cientos de familias

En el cuarto de contadores de su edificio (los tres son vecinos), Calvo, Román y Amoedo dedicaron horas de su tiempo libre a soldar los componentes. También la impresión de las carcasas tuvo su historia:

“Buscamos empresas para intentar fabricarlas, pero subía el coste”. Así que de nuevo echaron mano de ingenio hasta conseguir un diseño más sencillo para “mejorar la velocidad de impresión”. La impresora 3D del ingeniero informático y la de Jesuitas trabajaron a destajo durante dos semanas para producir las 100 carcasas.

“Para mí esto es un ejemplo de que la pandemia"

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“Para mí esto es un ejemplo de que la pandemia, con todas las restricciones, nos ha hecho distanciarnos y parece que estamos más aislados que nunca, y frente a esta situación, dos colegios, que podrían ser islas entre ellos, han demostrado que en situaciones extraordinarias somos una red, somos una comunidad y que nos juntamos y estamos más cerca que nunca, aunque no sea físicamente, y somos capaces de generar una sinergia entre los dos que beneficia a cientos de familias y a miles de personas”, asegura Calvo. El proyecto no se detiene en la instalación de los medidores. “Ahora estamos estudiando cómo implementar la siguiente parte, que es la telemetría: instalar un centro de control donde recibamos la información de todos los medidores juntos, porque eso nos puede dar muchísima información para mejorar las estrategias de actuación”. También el proyecto ha trascendido a las aulas de ambos centros, a través de charlas y clases prácticas, para que tenga además una aplicación didáctica.

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