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Un puzle que vuelve a encajar

Un grupo de alumnos del Centro de Educación Especial Menela, con sus profesoras.

Un grupo de alumnos del Centro de Educación Especial Menela, con sus profesoras. ALBA VILLAR

Un año después de la irrupción del coronavirus en el mundo, tras pasar por confinamiento, una normativa cambiante, las mascarillas..., muchos niños con necesidades especiales y sus familias han hecho un esfuerzo titánico para asimilar el nuevo mundo en el que vivimos, donde se rompió de forma abrupta su rutina y donde ya ni los abrazos y ni besos son como antes. Un año después, el puzle vuelve a encajar, poco a poco, sus piezas.

“Volvemos el 14 de abril”. Es la nota que escribió en su agenda del año pasado Amparo Maquieira, directora del Centro de Educación Especial Menela, uno de los centros de la Fundación Menela que ofrece atención especializada a las personas con trastorno del espectro autista y a sus familias. Pero aquel 14 de abril, después de las vacaciones de Semana Santa, no pudieron volver a las aulas, porque llegó un confinamiento que, en el caso de los niños con necesidades especiales, se hizo muy duro. “Ha sido una situación inédita y desconocida para todo el mundo y que creó muchísima incertidumbre”, dice Maquiera, que festeja poder estar ya funcionado en el centro, eso sí, “con otras normas”.

Tienen matriculados 41 chicos de 4 a 21 años, de los que dos están con escolarización combinada. “Hay que adaptarse, es un desafío nuevo y el sistema educativo tiene que reinventarse, adaptarnos a una educación que no es fácil en estas circunstancias porque necesitamos mucho lo presencial. Lo online fue una solución, pero muy insuficiente, porque mucho de su rendimiento pasa por la relación de confianza que establecen con todo su entorno”, afirma.

“Trabajamos con ellos el contacto, la socialización, y, de repente, eso cambió”

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“Fue muy difícil, por sus características, por su rigidez, aunque el espectro del trastorno autista es muy amplio, que hicieran en el entorno del hogar lo que tienen que hacer en el colegio. Para ellos su casa es su casa y el colegio es el lugar donde vienen para sus actividades y trasladar eso a su hogar fue complicado”, dice la directora del centro en relación a las dificultades que se encontraron en el confinamiento. “Necesitan un ambiente muy estructurado, lo que les ayuda a estar mejor emocionalmente, y esta situación de estrés que fue el confinamiento hizo que fuera muy difícil”, prosigue.

Videollamadas, correos electrónicos o material didáctico audiovisual fueron algunas de las fórmulas para establecer la vía de contacto en cuarentena, pero fueron, sobre todo, una herramienta que sirvió de “escucha” a los padres, “para paliar esa sobrecarga a la que se vieron expuestas las familias”. “Para el profesorado también ha sido muy difícil, hicimos muchos vídeos que colgamos en la web, pero necesitamos también el contacto cara a cara. Trabajamos con ellos las emociones, el contacto físico, los abrazos, la socialización y, de repente, todo eso cambia. Ya no es igual”, indica.

Alumnos y docentes del centro Menela, en la clase de música. ALBA VILLAR

Por eso la importancia de retomar las clases en la escuela de forma presencial. “La escuela cumple una función educativa, pero también social, y para familias con chicos con discapacidad realmente es muy necesario”. Maquieira indica, pese a todo, que “de las cosas duras salen cosas importantes y la valentía de los padres de estar en casa con ellos confinados, con niños que necesitan mucha salida al exterior, caminar, correr..., cuando todo eso se vio limitado por completo es digna de admirar”.

Por suerte, este curso, a pesar de que han tenido que hacer muchas modificaciones, han podido mantener algunas salidas como a la piscina o al pabellón. “Mantenemos las actividades deportivas fuera del centro y el comedor, pero hemos mermado más las actividades de proyección social, como ir al teatro, al cine o las visitas a otros coles ordinarios. Eso se ha reducido, pero respecto a lo demás podemos decir que las seis horas que están aquí han sido un alivio”.

Además, cuentan en Alcabre con un jardín, en un espacio cedido por la Fundación Sálvora que les permite crear más “grupos burbuja”. “Tienen un huerto para cultivar, están pintando un mural con un grafitero, tenemos la clase de música... Procuramos que sean grupos de 3 o 4 chicos, no más”. Octubre fue un mes difícil porque tuvieron tres positivos en el centro, pero gracias a la organización de estos grupos burbuja tuvieron que confinar solamente dos aulas. “Nos tocó de pleno, pero a partir de ahí no hemos tenido más casos y ha sido más llevadero”.

Pintar grafitis es otra de las actividades del centro. ALBA VILLAR

Maquieira subraya que “se han adaptado fenomenal” a esta nueva realidad. “Dudábamos de qué pasaría cuando volvieran y nos vieran a todos con las mascarillas. Ellos, por ley, pueden no llevarla, pero a pesar de eso nosotros aquí trabajamos mucho su uso y muchísimos de ellos la pueden llevar perfectamente y la mantienen; otros, no tanto. La llevan en el aula y luego cuando salen al jardín se la quitan, pero nos parece un trabajo importante, como el de las rutinas de lavado de manos, uso de gel, respetar turnos o mantener distancias determinadas. Todo eso hay que enseñarlo y es muy complicado y la verdad es que puedo decir que se han adaptado fenomenal”. “Que vengan al cole y que puedan retomar su rutina y sus actividades, con una estructura marcada, les ha ayudado muchísimo y a sus familias, también. Esperemos no tener que volver a atrás”.

Su balance, desde septiembre, cuando pudieron regresar al colegio, hasta hoy, es “positivo”. “A pesar del desafío que supone hacerlo todo de una manera distinta, ha sido positivo. Hay que adaptarse. Somos especialistas en adaptarnos a todo, no queda otra, para que todo pueda tener una normalidad”. En este punto, la directora del Centro de Educación Especial Menela quiere poner en valor el esfuerzo de las familias para poner en marcha las pautas y estrategias que les han ido marcando para “que su trabajo tuviera una continuidad en casa, algo que es muy difícil sobre todo cuando tienes niños que necesitan una estructura marcada y esa estructura se rompió de un día para otro. “No tuvimos tiempo para prepararlos. Nos vino de sorpresa y, sin embargo, se superó”.

Desde el punto de vista del profesorado, “la vuelta al cole también nos ayudó para desarrollar otras estrategias. No fue fácil, pero este año ha sido importante haber podido volver y que nos hayamos podido mantener”, insiste.

Macarena Blanco, responsable del Servicio de Diagnóstico y Servicio de Atención Temprana y Apoyo Integral de Menela, donde atienden a unos 144 niños que van desde los 2 a los 25 años, indica que “para ellos está teniendo cosas buenas y malas”. Y lo expone: “Las positivas, sobre todo, se dan en los aspectos que tienen que ver con el colegio. Guardar las distancias o que nadie pueda tocar sus cosas hace que estén mejor porque la proximidad la llevan mal, pero en ciertos aspectos de lo que es la dinámica del día a día se hace más monótona, más rutinaria, y eso sí que les perjudica, porque la parte de socializar está muy limitada”, subraya.

“Los niños necesitan interacción social con otros niños y es una faceta que ahora está limitada”, insiste la experta, que también alerta de que “cada vez se meten más en el tema de videojuegos, hay más adicción”.

Durante el confinamiento se vieron obligados a hacer las terapias online. Crearon material visual “llamativo”, con los intereses de cada uno, y con los casos en los que este recurso está más complicado, necesitaron una mayor implicación de las familias. “Tuvimos que ayudarles a asumir la situación, a entender qué estaba pasando, por qué no se podía salir, por qué los mayores estaban nerviosos, por qué tenían miedo, que es algo que nos preguntaban mucho. Esa fue la primera parte”, indica.

Ahora, han podido constatar que “se adaptan mejor que nosotros a todo. Son muy metódicos, aunque es cierto que donde más afectación vemos es en la parte social. Lo que vemos en algunos chicos es que algunas habilidades en las que habían avanzado, como poder hacer un recado ellos solos, el hecho de no poder salir y socializar ha hecho que se vayan perdiendo y tengamos que volver a empezar. Tenemos que concienciar a los padres de que eso no se pierda porque es volver hacia atrás”, advierte. “Para algunos socializar es un esfuerzo y ahora mismo han perdido esa dinámica de tener que hacerlo, están más cómodos y tranquilos, pero el perjuicio es peor”, subraya.

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Posted by Fundación Menela on Thursday, April 8, 2021

En el plano emocional, también advierten que “en general, están más estresados”. “Los problemas de conducta están empezando a aparecer más, en parte porque no hay tantas opciones de ocio o dispersión, y también crecen los niveles de ansiedad, aparecen estereotipias o los tics”. En este punto, pone en valor la importancia del material didáctico que desarrollaron para enseñarles, sobre todo al principio, a entender cómo podían contagiarse y qué podían hacer para evitarlo. “Había niños que se lavaban las manos compulsivamente o niños que no dejaban que nadie les tocase o les abrazase, por esa falta de comprensión de qué es el COVID y cómo se podían contagiar. Nos pasó también un caso de una niña que se negaba a tomar la merienda en el cole porque pensaba que se iba a contagiar. Todo eso hubo que trabajarlo”, constata.

También fue vital ayudar a las familias a “gestionar el tiempo libre”. “Darles una estructura para que fuera más llevadero y también buscar para cada niño la forma de liberar su ansiedad, porque claro, cada niño es un mundo”, afirma.

Blanco, hoy en día, ve a los niños que trata “muy adaptados a las nuevas normas, las han interiorizado completamente, y el hecho de estar más aislados en casa hace que se sientan más cómodos, pero también ves que la ansiedad de qué va a pasar aumenta muchísimo”. Todo el trabajo desarrollado para ayudarles a socializar ha cambiado de la noche a la mañana. “Es un impacto fuerte y gestionar esa incertidumbre que tenemos todos a ellos le cuesta todavía más. Y creo que en el momento en el que volvamos a la normalidad, que espero que volvamos, vamos a tener que afrontar el mismo proceso, pero a la inversa”, advierte.

Su sorprendente capacidad de adaptación puede ser un gran aliado aquí. “Quizá les ha costado más adaptarse, pero sí que lo han hecho. Muchos de ellos funcionan bien con estructuras y con normas y en cuanto estuvieron un poco claras, las aceptaron y ya está. Al principio hubo mucho conflicto porque se rompió su rutina y aparecieron rabietas y problemas de conducta, pero no les quedó mas remedio que ir adaptándose”.

Un grupo de alumnos del Centro de Educación Especial Menela, con sus Profesoras Alba Villar

La Fundación Menela cuenta también con el Centro Castro Navás, en Priegue (Nigrán), para adultos, en la modalidad de residencia y de centro de día, que también tuvieron que adaptarse a la nueva normalidad. “Cuando empezó en marzo el confinamiento los chicos que viven aquí en la residencia (cerca de 50) tuvieron que quedarse, pero los de los centros de día suspendieron las actividades y estuvieron todo ese tiempo en sus casas”, constata la directora Pilar Pardo.

“Nosotros somos un centro de personas con autismo gravemente afectadas, y no todos pudieron entender qué estaba pasando. Todo ese tiempo que estuvimos confinados hubo un impacto emocional negativo grave en ellos. Se dieron cuadros de ansiedad, muchos cambios en sus rutinas y en sus actividades, algunos tenían miedo”, dice.

“También hubo un impacto social. Estamos toda la vida enseñándoles a estar en sociedad y, de repente, cambia todo. No toques, no des un abrazo, no beses... Fue todo muy contradictorio para ellos. Se cortaron todas las actividades de ocio y sociales, tanto dentro del centro como fuera, hubo un cambio de normas, de espacios, se crearon grupos burbuja y se redujo mucho el número de personas con las que interactuaban y les costaba entenderlo, como el hecho de no poder ir a sus casas como hacían antes”.

En el plano emocional advierten que están “más estresados”

Hizo falta tiempo para asimilar. “Al principio fue un shock. Poco a poco les vas explicando. Se fueron haciendo también programas de salud para ir enseñándoles cómo proceder a la hora de “toser, estornudar o incluso saludar”.

“¿Cómo estamos un año después?”, se pregunta. “Vacunados”, festeja. “Lo aceptaron muy bien, pero aún así tenemos que seguir con las medidas de prevención, pero poco a poco vamos retomando actividades, tanto dentro como fuera del centro, así como el contacto familiar, pero hay muchas normas que han cambiado”.

Pardo dice que, cuando pudieron salir por fin, no les costó: “Tenían muchas ganas, estaban deseándolo”. El coste de todo el parón que supuso el confinamiento se dio, sobre todo, a nivel social. “Siempre peleamos por la inclusión social y ahí ha habido un parón tremendo. Por lo demás, como nos ha pasado a todos, esta incertidumbre de no saber pasa factura, pero a ellos un poco más porque son más vulnerables”. Y es que su vida ya no es la misma: ”Es otra normalidad, pero ahora ya podemos decir que están habituados a ella”. “Tienen muchos puntos fuertes y confiábamos plenamente en ellos. Todo esto les ha causado un impacto, pero como nos ha causado a todos”.

“Algunos niños se han recluido más”

Estela Portillo

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Estela Portillo, en ANHIDA. CEDIDA

En el centro ANHIDA, que trabaja con niños y adultos con TDA/H, pudieron comprobar que a los niños que les cuesta más socializar, cuando estuvieron haciendo las clases online “se sentían mejor”, indica su coordinadora Estela Portillo. “En cambio, a los niños más hiperactivos, que necesitaban más acción y una explicación presencial de los profesores sí que les afectó bastante en el aprendizaje porque les faltaba tanto la socialización con sus compañeros como esa explicación presencial para poder estar más atentos en clase”. En este caso, los padres se vieron obligados “a trabajar más que los niños, muchas veces”.

En el confinamiento, además, muchos se refugiaron en los videojuegos, las redes, y les costó en general volver al ritmo de las clases presenciales: “En el primer trimestre se notó un bajón de rendimiento al tener que volver a adaptarse al sistema previo, presencial”.

“Retomar sus terapias les ayudó”, dice Estela Portillo, coordinadora de ANHIDA

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Portillo indica que, sobre todo a los adolescentes, no poder ver a sus amigos les afecta anímicamente. “Hay un espacio que ya no pueden tener, tanto a nivel social como de descarga física porque no pueden hacer en algunos casos el deporte que les gusta”. En general, para los niños que acuden a ANHIDA, les ha ayudado mucho haber podido retomar las terapias. “En general, a todos la falta de contacto social les ha afectado. Les ha faltado la comunicación espontánea, poder interactuar”, indica.

En cuanto a la conducta, hay un abanico, según los casos, pero en general, se les notó más irritables: “Los casos peores que podemos prever son a los que ya les costaba relacionarse y se han recluido más. Cuando tengan que volver a socializar, quizá ahí tendremos también problemas para que se adapten”.

“Este año es un apagafuegos”

Alba Pérez

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“La rutina de la nueva normalidad, al ser rutina, no es especialmente difícil, porque se convierte en rutina”, dice Alba Pérez, tutora de un aula específica en un colegio ordinario y terapeuta en atención temprana, maestra de Educación Infantil y Educación Musical y psicopedagoga. “Pero hay muchísimas dificultades añadidas porque como son tan rutinarios hay muchos peques que se acostumbraron a no salir y ahora les cuesta muchísimo”.

La realidad tan cambiante tampoco ayuda. “Si antes podía ir a la casa de mi abuela, por qué esta semana no”, se preguntan. “Cambiar y explicar normalidades que cambian de un día para otro es complicadísimo y creo que es una de las cosas más difíciles, estar anticipando cada semana distintas cosas”, subraya: “Tantos cambios constantes se están convirtiendo en un problema gordo”.

“Muchos peques se acostumbraron a no salir y ahora les cuesta mucho”, advierte Alba Pérez

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“Para mí este año es un apagafuegos”, dice. “Te ves en la situación de que en lugar de enseñar estás aplacando constantemente cosas que de por sí no deberían estar. Y a veces son cosas muy pequeñitas: un niño, a través de un comunicador me pidió un beso. ¿Cómo le explico que no puedo dárselo yo pero su madre sí? Son pequeñas cosas que, al final, son grandes en su día a día”.

En su cole han dividido los grupos en Primaria y Secundaria. En su regreso se sorprendió para bien porque traían las normas muy asimiladas, pero nota “más nerviosismo, sobre todo en los adolescentes, y tienes que recurrir a actividades muy sensoriales y de relajación”. También tuvo que diseñar rutinas para casa, porque hay niños a los que antes les encantaba salir y ahora no quieren.

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