Hace más de una semana que Joe Biden es presidente. Ocho días de aquella imagen en el Despacho Oval, con un montón de carpetas firmando las primeras órdenes. Todas cargadas de simbolismo. Algunas pensadas de cara al exterior como la reincorporación a la OMS y al Acuerdo de París; otras dirigidas a la opinión pública interior, que van desde el uso de la mascarilla hasta la ampliación de la moratoria de pago de alquileres e hipotecas. Parte de las medidas son de temas migratorios, por ejemplo una de título enrevesado: Reinstauración de la salida diferida para los liberianos.

Desde 1991, EE UU ha proporcionado refugio a los liberianos que han tenido que abandonar su país a raíz de las guerras que lo han asolado. Desde entonces, se habían promulgado medidas para darles cobertura legal hasta que Trump decidió que ya era suficiente. El republicano había dejado de margen hasta el 10 de enero para que los refugiados regularizaran su situación. El problema era que por la lentitud del sistema burocrático muchos corrían el riesgo de no tener los papeles en regla antes de la fecha límite y, en consecuencia, quedar expuestos la deportación. Ahora Biden les garantiza un permiso de trabajo hasta junio de 2022 y les da tiempo a resolver los trámites.

Trump hizo con los liberianos lo que ya había hecho con los refugiados de El Salvador, Haití, Nicaragua y Sudán. La cuestión es, ¿por qué los de Liberia han tenido una nueva oportunidad con Biden? La respuesta se encuentra, en buena parte, en la historia.

Su relato fundacional dice que fue el lugar donde volvieron los esclavos de origen africano al recuperar la libertad. De ahí que se llame Liberia y que su capital sea Monrovia, en honor al presidente James Monroe, que apoyó el proyecto.

La realidad, sin embargo, era un poco más compleja. Según el investigador Niels Hahn, los principales impulsores de la idea de crear Liberia fueron propietarios de esclavos en connivencia con EE UU. Temían una creciente ola de revueltas en las plantaciones y, ante el temor de que se descontrolara la situación, buscaron un lugar de África donde enviar los individuos más conflictivos. Eso sí, con la excusa de ofrecerles un lugar donde reencontrarse con sus raíces. La entidad que lideró la operación iniciada en 1822 fue la American Colonization Society.

Desde el principio, Liberia fue un nido de conflictos, porque con la llegada de los contingentes de estadounidenses aparecieron tensiones raciales y sociales entre los nativos del territorio, los blancos que gestionaban el operativo y los exesclavos venidos de EE UU, que por los locales no eran vistos como hermanos de raza sino como colonos.

Además, el Reino Unido y Francia recelaban de aquel proyecto que interpretaban como una estratagema de los americanos para tener un pie en África. Un pie que aún mantienen porque, si bien Liberia se convirtió en independiente en 1847, la Casa Blanca ha seguido la evolución del país muy de cerca, sin dudar en intervenir cuando lo ha considerado oportuno.

En 1926, por ejemplo, el Ejército de EE UU ofreció apoyo militar a Firestone para instalar la planta de caucho más grande de la zona y disputar el monopolio británico en el comercio de aquella materia prima.

Durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, Liberia fue base de operaciones estadounidense. Primero para luchar contra el Eje, y luego para combatir el comunismo internacional. De hecho, hasta los años 70, fue el bastión contra el panafricanismo socialista que inspiraba la independencia de unos países que iniciaban contactos con la URSS y China.

Cuando Washington no pudo evitar perder el control de Monrovia, no tuvo escrúpulos en promover acciones encubiertas para desestabilizar el país. Entre 1980 y 2003 derribó tres gobiernos que no le eran afines. Aquello provocó una espiral de violencia y, en consecuencia, un enorme movimiento migratorio. Se calcula que hasta 800.000 liberianos buscaron refugio en EE UU. Esto explica que Bush, Obama y ahora Biden hayan firmado decretos para protegerlos. Se lo deben.

Un presidente futbolista

El actual jefe del Estado de Liberia es George Weah, una leyenda del fútbol africano que triunfó en Europa jugando en algunos de los clubs más grandes del continente. Actualmente es el líder del partido Congreso por el Cambio Democrático y ha protagonizado la primera transición pacífica de los últimos 74 años de historia del país, al relevar a Ellen Johnson Sirleaf, que ocupó el cargo entre 2006 y 2018.