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Un filósofo en el Ministerio de Vanidad

Salvador Illa.

Salvador Illa. EFE

Poco podía imaginar hace un año Salvador Illa (La Roca del Vallés, Barcelona, 5 de mayo de 1966), cuando recogió la cartera de Sanidad de manos de su antecesora, la médico María Luisa Carcedo, que lo que todos consideraban un escaparate político iba a convertirse en una galería de tiro con su rostro como diana. Illa aterrizaba en el Ministerio dos días después de que muriese en Wuhan la primera víctima oficial del coronavirus. Los analistas consideraron a este licenciado en Filosofía la cuota del PSC, partido del que el político catalán era secretario de organización. No iba a trabajar mucho, le aseguraron. Al fin y al cabo, Sanidad es una carcasa vacía con las competencias transferidas a las autonomías. Sin embargo, la pandemia y el estado de alarma le convirtieron en el ministro de Sanidad más poderoso de la historia de España.

Parece mentira, pero desde aquel lejano 13 de enero, Illa ha estado en el cargo solo un año y 13 días. No es raro. En este siglo, la media de permanencia en la cartera ha sido de solo 19 meses. Tampoco es inusual la falta de vinculación del titular de Sanidad con el ámbito médico o científico: en democracia solo cinco ministros procedían de él. Pero, más que su falta de experiencia en el campo de su salud, a Illa se le reprocha su incapacidad para rodearse de técnicos competentes o, lo que es casi peor, no escuchar a los que tiene.

La directora general de Salud Pública del Ministerio de Sanidad, Pilar Aparicio, desapareció misteriosamente de la esfera pública después de advertir, días antes del 8-M, que el virus se podía “instalar en nuestra sociedad”. Fernando Simón, cuyo currículum es discutido por no pocos científicos, se convirtió en portavoz y parapeto del Gobierno.

Illa dio la espalda a todas las alertas que le llegaban hasta pasadas las manifestaciones del 8-M, dejó de aplicar los planes de pandemia del Ministerio y no impuso el control de las fronteras. Después, fue incapaz de proveer de material a los sanitarios y negó la utilidad de las mascarillas. En su debe está también el caos estadístico y el hecho de que 22.000 fallecidos que aparecen en las tablas de las comunidades no figuren en la cifra oficial.

Nadie discute a Illa su talante afable y conciliador, pero también hay unanimidad en que su fuga del Ministerio en lo peor de la tercera ola obedece a un interés electoralista. El 14-F de las elecciones catalanas es el nuevo 8-M.

Si vanidad es calidad de vano, “hueco, vacío y falto de solidez”, Illa ha sido el perfecto ministro de Vanidad.

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