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Una navidad completa

Esta navidad no me quejaré. Me arrepentiré de todos los años que lo hice, que lo hice mal. Que me quejé del cuñado, del frío, del tráfico, de las compras, de los villancicos, de engordar, de qué coñazo la Navidad. Que me quejé de no ser niño, de echar de menos a mi padre, de la noche de fin de año, de la felicitación del Rey. De tener que viajar, de no caber en casa, de las viejas en primera fila de la cabalgata, de las calles abarrotadas. De haber dicho cien veces ojalá se pase pronto, de las calles sucias en año nuevo, de los mensajes de whatsapp.

Y no lo haré porque estoy harta de hacerlo, porque leí en la prensa que Italia cancelaba la Navidad y sentí que por ahí no pasaba. Porque todas las cosas de las que me quejaba son las que ahora echo terriblemente de menos, porque el periódico de hoy dice que evitemos cantar en las iglesias y me sonó incluso lógico. Porque para que sea Navidad hay que tener un corazón tan grande que no entre en la cabeza. Porque tenemos cancelados hasta los besos y a ver quién es el pagado que aprende a vivir sin ellos.

Porque quiero que vuelvan los abuelos consentidores que levantan castigos, que abrazan con los ojos cerrados y las abuelas que te dejan los labios tatuados. Y que mi suegra cocine desde las siete de la mañana y que vuelva a regalarme otro pijama y les esconda dinero a mis hijos en los bolsillos y les diga, alguno al borde de los 20: “Para que te tomes una coca cola, pero mejor que te lo guarde tu madre”.

No quiero contar comensales, no quiero llamar comensal a mi madre. Solo quiero sentarme en su colo sin miedo, solo quiero Navidad; sin toques de queda, sin cabalgatas estáticas, una Navidad completa. Y para el próximo año lo quiero todo, a lo grande, los abrazos que no he dado y más, a quien tanto echo de menos y a quien me quiso cancelar, porque hay cosas que no se tocan y ¡YA!

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