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Faro de Vigo

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ENTREVISTA

Irene Villa: "Mi destino era morir, pero estoy aquí por algo"

“Mi madre me dijo: ‘Hija mía, tienes dos opciones: decir qué desgraciada soy o decidir que tu vida empieza hoy’”

Irene Villa, la pasada semana en Barcelona. LAURA GUERRERO

Irene Villa (Madrid, 1978), periodista, psicóloga y deportista de esquí adaptado, es más que un ejemplo de superación. Desde que sufrió el atentado terrorista de ETA junto a su madre, que la dejó sin piernas y sin cuatro dedos de una mano, ha lidiado de forma admirable con todo tipo de adversidades. Una compleja carrera de obstáculos que relata en Los ochomiles de la vida (Espasa), su sexto libro, donde ofrece su experiencia personal a través de consejos prácticos para ser capaces de superar las dificultades de forma que, en vez de problemas, se conviertan en oportunidades.

–¿Los ochomiles de la vida rinde tributo a la resiliencia?

–Sí, todos tenemos esta capacidad. El ser humano es resiliente por naturaleza, lo que pasa es que a veces la mente te complica la existencia. En realidad, existe un resorte de supervivencia que se activa ante cualquier dificultad. Muchas veces vivimos con el piloto automático, en la rueda de hámster, quejándonos, sufriendo por las prisas, pero cuando la vida te pone al borde del abismo sale la supervivencia.

–¿Cómo se aprende?

–Enfrentándote a las cosas. Y si la vida no te pone ese reto, póntelo tú. En mi caso, he tenido que marcarme retos toda mi vida. Enseguida me puse a competir en esgrima y en esquí, hice el descenso del Sella, el Camino de Santiago en bici… Cosas que han sido verdaderos desafíos. Eso me ha ayudado a tener autoestima y fuerza interior.

–Sobreponerse a las dificultades implica un gran esfuerzo que no siempre se consigue.

–Yo creo que sí se logra. En el mundo en el que me muevo, en las conferencias internacionales, veo historias verdaderamente sobrecogedoras. Y si en la vida existen retos, el ser humano puede con ellos. He conocido a mucha gente que lo ha conseguido. Por ejemplo, las chicas del equipo con el que compito: todas tienen una dura historia de vida, todas van en silla de ruedas, trabajan, tienen hijos… La mayoría lo sobrelleva, lo afronta y sale fortalecido de ello, pero es verdad que en este país gusta mucho el victimismo y la queja.

–Su ejemplo de superación es el hilo conductor del libro.

–Sí, porque al final somos lo que pensamos. Si tu quieres ser feliz, en lugar de pensar que estamos en estado de alarma, que hay toque de queda, que nos vamos a contagiar y que la vida es horrible, dale la vuelta: te darás cuenta de que es un momento de recogimiento en el que vamos a seguir creciendo, vamos a salir con algo aprendido, daremos más valor a la familia, y juntos lo superaremos.

–Oportunidad, una de sus palabras favoritas.

–La vida me ha dado muchísimas oportunidades. La primera, cuando me parió mi madre, y después, por supuesto, el atentado. Y es que nadie se salva prácticamente de un coche bomba. Recuerdo que mi madre me dijo: “Hija, si estamos aquí es por alguna razón. Estás a prueba de bomba”, me repetía (risas). Mi destino era morir, pero si estoy aquí es por algo. Está claro que todos estamos aquí por algo, esto nos lo tendríamos que tatuar. Sin duda, todos tenemos una misión y hay que descubrirla. Nada más hay que vivir dándole un sentido a la vida.

–¿Cómo superó el atentado terrorista que sufrió con 12 años?

–Mi familia fue un motor increíble. Recuerdo que mi madre me dijo: “Hija mía, tienes dos opciones: lamentarte y decir qué desgraciada soy, o decidir que tu vida empieza hoy”. Yo le respondí: “Mamá, he nacido sin piernas”. Esa fue una de las afirmaciones que más me han ayudado, porque al final somos lo que pensamos. Si tú piensas que has nacido sin piernas, ya no tienes a nadie a quien odiar, nada que lamentar y tu vida empieza desde cero.

–¿Sin perdón ni gratitud no se vive en paz?

–El mayor aprendizaje que me dejó mi madre fue eso: “Perdónales, no saben lo que hacen”. No puedes estar toda la vida odiando y queriendo vengarte, porque eso no aporta nada positivo. Hay mucha gente que me dice que no se merecen que les perdone, pero yo lo hago para vivir en paz.

–¿Y el sufrimiento?

–Nunca he dejado que el sufrimiento perpetuara el dolor en los propios pensamientos. Mientras que el sufrimiento es inútil y solo sirve para anclarte a la queja, el dolor tiene que servirnos para crecer.

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