“Hitler y otros políticos del siglo XX tomaban algunas de sus decisiones basándose en criterios esotéricos”. Con esta afirmación, la editora Laura Falcó Lara, autora de la novela “La maldición de la lanza sagrada” (editorial la Esfera de los libros), explicaba ayer en el CLUB FARO DE VIGO la fascinación del Fhürer y otros dirigentes nazis con el ocultismo y los objetos de poder. El acto, celebrado en el museo MARCO, fue presentado por el alcalde Vigo, Abel Caballero.

La Segunda Guerra Mundial, también se conoció como “guerra de los magos” por el plantel de esotéricos que asesoraban tanto a los dirigentes nazis como a Winston Churchil, si bien los primeros lo hacían por convicción y el segundo para adelantarse a los posibles movimientos de su enemigo, tal y como explicó la escritora. Entre estos personajes, Falcó mencionó al astrólogo de Adolf Hitler, Karl Ernst Krafft, a quien contrata porque predice un atentado del cual lo libra pero cuando le advierte de otro posible atentado, la Gestapo, considerando que podría estar planeándolo, lo detiene y lo envía a un campo de concentración, donde muere de tifus. Otro ocultista fue Aleister Crowley, un practicante de magia negra utiliza textos de Himler y Hitler para hacer sus rituales , aunque ayuda al régimen inglés de manera encubierta. “El más similar a la ciencia ficción fue Jasper Maskelyne, un ilusionista de teatro tipo David Copperfield que se ofrece a los británicos porque era capaz de engañar al enemigo fingiendo bombardeos o disparos en una zona; se lollevaron a África y gracias a él ganaron la contienda porque despistaba completamente a los alemanes en el combate”, explicó Laura Falcó.

“Eran personas que aparecían en los medios de comunicación de la época, no se veía como nada extraño”, comentó la escritora para pasar a presentar a Helen Duncan, la medium británica que inspira su novela, juzgada y condenada por brujería en 1943 aplicando una ley de 1735. “Las videntes realizaban espectáculos de salón, muchas de ella eran buenas teatralizadoras; se usaban como psicólogas o peluqueras, y llevaban a cabo sesiones para que los asistentes pudieran hablar con sus seres queridos fallecidos”. Esta mujer, madre de seis hijos y casada con un hombre con problemas de corazón que le impedían trabajar, era el sustento de su familia. “Cometió el error de soltar en una de sus sesiones el hundimiento de un barco inglés información reservada que el gobierno no había hecho pública, así que pensaron que era espía. Esa idea la desecharon al verla, con sobrepeso y problemas respiratorios, así que decidieron que podía ser vidente y que no les interesaba tenerla en la calle”. Helen Duncan pasó un año en la cárcel, pese a que el mismo Churchill escribe una carta al juzgado pidiendo que la liberen, con la celda abierta y recibiendo visitas de personas influyentes y del propio Churchill para pedirle consejo.

El conocimiento de la historia de esta mujer y el de la leyenda de la lanza sagrada de Longinos les sirvieron a la escritora como los dos elementos claves para hilar una novela que entremezcla la ficción con la historia, enviando a la hija de la vidente, una chica de 21 años, a infiltrarse en las filas nazis para recuperar ese objeto que fascinaba a Hitler y que podría tener relación con su poder. Esa lanza fue la usada por el centurión Cayo Longinos para clavar el costado de Cristo crucificado, brotando en el acto sangre y plasma que salpica sus ojos y le permite recobrar la visión al romano, quien probablemente sufría de cataratas y se convierte al cristianismo. “La leyenda de la lanza sostiene que quien la tenga en su poder dominará el mundo y quien la pierda acabará mal, pagando con su propia pierda”. Pasó por emperadores, romanos, Carlomagno , Barbarroja, alimentando la veracidad de su supuesta maldición.

Una lanza viajera que daba el poder a quien la poseía

“Hitler creía mucho en los poderes paranormales y quería hacerse con cualquier objeto que le permitiera ganar batallas. Se enamoró de la lanza en 1912 cuando como joven pintor residente en Viena visitó el museo de los Habsburgo junto a un amigo judío y se promete que un día será suya. La consigue en 1938 cuando invade Austria. Se encierra una hora a solas y sale diciendo que él es la reencarnación de Landulfo de Capua, un señor feudal que en su momento fue propietario de la lanza”, explicó Laura Falcó. Una vez reclamada por el mando alemán en Nuremberg por haber estado anteriormente allí, pasa a la iglesia de Nuestra Señora de Nuremberg antes de trasladarla a un búnker bajo el castillo de esta localidad en 1942, cuando empiezan los bombardeos, y más tarde al búnker de la Panier Platz, donde se suicidó Hitler. En su proceso de documentación histórica para la novela, Laura Falcó descubrió que no fue el general Patton el que la recupera de ese lugar el 30 de abril, día que Hitler muere, sino que el teniente Walter Horn la extrae de las paredes del bunker el 7 de agosto. Tampoco fue devuelta a Austria por Eisenhower, sino por cuatro generales americanos entre los que se encontraba Horn.

¿Una reliquia a la espera del IV Reich?

Laura Falcó habló de las tres posibles ubicaciones actuales de la lanza sagrada. “La primera, la menos probable, es la de Armenia, cuya forma no correspondería con una lanza romana (además no permite hacer la prueba del carbono 14; la segunda, la que está en una iglesia del Vaticano,; y la tercera es la que está en Viena, cuya cronología justificará la leyenda de la lanza de Longinos, por los propietarios que ha tenido”. Respecto a esta última, Falcó explicó que al someterse a la prueba del caborno 14 se descubrió que databa del siglo VII, lo cual abre tres hipótesis: que la real sea la del Vaticano; que se haya destruido como muchos de esos objetos y lo que exista en Viena sea una réplica; o, la versión más inquietante, la que sostiene Howard A. Buechner: que haya sido llevada a la Antártida cuando los nazis comprendieron que perderían la guerra y recuperada en 1979 para ser puesta en poder de una secta de predecesores del IV Reich, a la espera de la llegada de un nuevo imperio nazi.