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Tomás Pueyo - Ingeniero en Silicon Valley, anticipó los efectos del Covid-19

"España aplica pocas medidas inteligentes para frenar el Covid-19: nos costará caro"

"No es aceptable que una persona normal como yo pudiera vaticinar qué iba a pasar en un país antes que su Gobierno; todos los estados aprendieron muy lentamente"

Pueyo, con sus hijos Olivia y Alonso, y su mujer, Patricia de Llano, con Gonzalo. // / Marin Family Photography | Dorothy Hatchel

Pueyo, con sus hijos Olivia y Alonso, y su mujer, Patricia de Llano, con Gonzalo. // / Marin Family Photography | Dorothy Hatchel

Tomás Pueyo, de 38 años, ingeniero y empresario en Silicon Valley, se convirtió en el gurú que anticipó el efecto mundial de la pandemia del Covid-19gurú. Sus artículos, que FARO publicó en las primeras semanas de la crisis, han tenido millones de lectores y han sido referencia para muchos gobiernos. Es vicepresidente de una empresa de educación online, con unos mil millones de dólares de negocio.

-Usted ha sido un visionario

-Sí. Cuando un mundo es caótico, la mejor manera de hacer predicciones es mirar allí donde algo ya ha pasado. A principios de marzo, cuatro países habían sufrido el coronavirus: China, Corea del Sur, Italia e Irán. No solo eso, sino que Singapur, Taiwán y Vietnam luchaban activamente. Lo único que hice fue mirar lo que ya había pasado en esos países y suponer que el pasado se iba a repetir. Lo raro es hacer lo contrario: asumir que lo que le ha pasado al vecino no te va a pasar a ti.

-¿Y qué explica los errores de tantos países?

-Creo que habían visto las falsas alarmas por el SARS (2003), la gripe aviar, la porcina y el MERS. Al final ninguna de ellas se convirtió en una grave pandemia, por lo que asumieron que pasaría lo mismo. Pero si tienes brotes en cuatro países, de los cuales uno (Italia) es tu vecino, y ves que cada día está exportando casos de coronavirus al resto del mundo, te tienes que dar cuenta de que esta vez es diferente.

-¿Qué le llevó a interesarse por este asunto?

-Llevaba años escribiendo artículos en blogs. Siempre me paso las noches tratando de comprender problemas complejos, y luego trato de comunicar mis conclusiones de manera amena. Por eso escribí un libro sobre estructuras de narración de historias y di una charla TEDx al respecto. Cuando surgió esta enfermedad, me interesé poco a poco, allá por febrero. Ponía mis análisis en Facebook, y mis amigos reaccionaban bien, así que seguí haciéndolo. Un día un amigo me pidió que lo resumiera todo en un artículo, y lo hice. Ese fue el primero que escribí sobre este asunto: acumuló 40 millones de visitas.

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-¿No se aprendió de la experiencia de los vecinos?

-Sí se ha aprendido, pero lentamente. Italia aprendió un poco de China. España y Francia aprendieron un poco de Italia. Y muchos países aprendieron de nosotros. El problema es que todos los países aprendieron demasiado lentamente. No es aceptable que una persona normal como yo pudiera vaticinar lo que iba a pasar en un país antes que su Gobierno.

-¿Habrá cosas que habremos perdido para siempre, o será solo un hasta luego? Me refiero a hábitos, prácticas sociales?

-El mundo pasado se ha ido. No vamos a volver al que conocíamos jamás. Los que piensan que podrán volver "al mundo como estaba antes" simplemente no han aceptado la nueva realidad. A corto y medio plazo, hasta que llegue la vacuna, seguiremos necesitando llevar mascarillas y haciendo distanciamiento social. Se acabaron los dos besos, las largas reuniones físicas de trabajo, o incluso la cafetería a rebosar a las once de la mañana. Cuando llegue un tratamiento, la vacuna, o consigamos erradicar el virus completamente, habrán pasado meses, tal vez años. Cuando una sociedad entera adopta nuevas costumbres durante tanto tiempo, cambia por completo. Por ejemplo, ya no hay marcha atrás con el teletrabajo. Antes era minoritario. Ahora todos los puestos que pueden teletrabajar lo harán. Será muy difícil volver al pasado cuando pase el virus.

-¿Hay en esta crisis una pelea por quién consigue el relato

-Los políticos están metidos en el mundo anterior, en el que podían aplicar retórica y modificar la percepción de la realidad. Eso es posible porque es muy difícil medir los resultados de las decisiones políticas que se toman. Como tardan años, y siempre hay muchas variables, puedes contar al pueblo lo que quieras, y si lo haces bien, te creen. Eso da un valor muy alto a los políticos comunicadores, en contra de los políticos gestores. Pero en una crisis como esta, en la que los resultados de tus acciones se ven al cabo de dos semanas, no vale ser un buen cuentacuentos. Tu gestión se pone en evidencia inmediatamente. Lo importante es tomar buenas decisiones. El relato adecuado será el de las medidas que funcionen mejor, nada más.

-¿Cree que China falseó información o la ocultó?

-No lo sé, pero me parece poco probable, y sobre todo irrelevante. Muchos de los fallos de los datos que han tenido son comprensibles. Por ejemplo, a mediados de febrero añadieron miles de casos por un cambio estadístico, y se les han echado encima. Pero Francia hizo lo mismo y nadie ha dicho nada. Después, admitieron que no habían contado asintomáticos. Pero muchos otros países tampoco. Sobre todo, cuando miro sus datos, tienen sentido. Si hay mentira, no es obvia. Las ratios se parecen mucho a lo que se encuentra en otros países. Lo importante no era la precisión de los datos, sino si se podía entender lo que iba a pasar con lo que publicaron. Y la respuesta es un rotundo sí. Ya después de eso, creo que centrarse más en este tema es una manera de echar balones fuera: si dices que China mintió, te justificas de no haber reaccionado a tiempo. Eso es una cortina de humo.

-En sus artículos ha bautizado dos fases claras: el martillo y la danza. Explíquelas.

-Al principio de la crisis, te llega esta ola de casos y no sabes cómo reaccionar. El martillo te lo resuelve: es la toma de medidas agresivas de cierre de la economía para reducir de inmediato los contagios, dar oxígeno al sistema de salud, y sobre todo ganar tiempo para pensar y prepararse para la siguiente fase, la danza. En la danza, reemplazas el martillo como medida de reducción de contagios por otras medidas mucho menos toscas y mucho más inteligentes. Por ejemplo, en vez de encerrar a todo el mundo por si acaso están infectados, solo encierras a los infectados y sus contactos.

-¿Sigue la gestión en España de la pandemia? ¿Qué le parece?

-La gestión española fue al principio muy parecida a la del resto de Europa: una toma de decisiones demasiado lenta, pero al final una aplicación acertada del martillo. Algunos países estaban más preparados, como Alemania. Otros tardaron más, como el Reino Unido. Y otros países, a mi parecer, no han estado tan acertados, como Suecia. Eso no significa que el retraso en aplicar el martillo fuera justificado: Italia pasó por lo mismo que nosotros, pero dos semanas antes. Se podrían haber tomado medidas varios días antes, con resultados mucho mejores para nuestra salud y economía. Pero la peor parte es lo que se ha hecho desde entonces. El Gobierno se ha centrado en gestionar el problema que tenía entre manos en vez de prever lo que había que hacer para prepararse para la danza. Ahora están levantando el martillo sin saber danzar. Si vuelves a donde estabas, ¿por qué esperas resultados distintos? El Gobierno aún ha aplicado pocas medidas inteligentes para reducir la transmisión, y eso nos va a costar caro.

-A su juicio, ¿qué país o países han actuado mejor?

-Taiwán y Corea del Sur sin duda. Taiwán lo ha hecho tan bien que ni siquiera ha tenido un brote. Corea del Sur tenía todas las medidas inteligentes preparadas. Cuando surgió un brote, no necesitaron aplicar el martillo en todo el país, sino solo de manera localizada.

-Hay un debate sobre el uso de las nuevas tecnologías para frenar la pandemia o contenerla y los límites sobre la privacidad. ¿Cuál es su opinión?

-Los gobiernos que quieren acumular datos de manera ilegal o alegal ya lo han hecho y van a seguir haciéndolo. No necesitan una crisis. Si eso, usan la crisis para aumentar su poder, como es el caso de Hungría. Si se hace la ley correctamente, la reducción de privacidad es ínfima, y nos permite salvar a decenas de miles de personas, junto con la economía. Si tenemos que elegir entre perder miles de millones de euros de la economía, decenas de miles de vidas y estar encerrados meses en casa, o dar acceso a unos pocos datos de unas pocas personas a sabiendas que esos datos ya son públicos, la respuesta es obvia. Tenemos que elegir entre libertad, economía y vidas, o un poco de privacidad de unos pocos. El sacrificio de la privacidad me parece baratísimo.

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