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Las cicatrices del horror

La película de Balagov, sin duda uno de los títulos más valiosos del año, muestra el horror más descarnado sin regodearse

"Una gran mujer".

"Una gran mujer".

La guerra ha terminado. La devastación no. Hay heridas que nunca se cierran. Aunque se curen. Aparentemente. Por dentro hay una corrosión inextinguible que convierte a la protagonista de "Beanpole" (larguirucha, la llaman sus compañeros en las habitaciones del dolor) en una especie de zombi que, de pronto y sin aviso, se transforma en una mujer congelada. Literalmente: como si el frío y el hambre que sufrió como tantos otros compatriotas en las ruinas de Leningrado sitiado por la bestia nazi la vaciaran por dentro súbitamente y la convirtieran en una estatua de hielo. Los soldados a los que atiende también pueden estar paralizados, pero sin remedio: el plomo les clavó a una cama de por vida... salvo que alguien piadoso los libere. La película de Balagov, sin duda uno de los títulos más valiosos del año (y de los más exigentes para el espectador), muestra el horror más descarnado sin regodearse. La escena más espeluznante, de hecho, empieza como un momento tierno, entrañable, emotivo. Y un plano sostenido hasta la exasperación con unos dedos que se abren al cerrarse la vida pone un nudo en la garganta, y cómo aprieta.

Los niños de esta ciudad mutilada nunca han visto un perro. Se los comieron todos para sobrevivir. Por eso no pueden imitar a uno cuando se lo piden. La ciudad sangra por los cuatro costados y eso se traslada a las miradas de los personajes. De todos. Como si tanto espanto y tanta miseria les hubiera desertizado en su interior. Ya pueden lavarse con cuidado en baños colectivos: hay manchas que nunca se borran. En ese escenario de supervivientes y muertos en vida se desarrolla una historia muy intensa entre dos mujeres que, por distintos caminos, representan dos formas distintas de encarar la maternidad. Una relación extraña y por momentos abrupta entre una persona que mataba por deber y otra que mata por compasión y por error. La necesidad de alumbrar vida camina cerca de la oportunidad de quitarla mientras la cámara de Balagov se desvanece para dejar que sean los rostros de sus mujeres (y alguno de hombres con la moral calcinada) los que lo expresen todo con unas miradas que taladran la pantalla. Incómoda, adusta, implacable y profundamente humana, "Beanpole" es un buen ejemplo de cine puro y durísimo.

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