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Sin el nombre del padre

La cinta de Belén Funes es una de las mejores películas del año

Eduardo Fernández, Greta Fernández y Àlex Monner.

Eduardo Fernández, Greta Fernández y Àlex Monner.

Cuando menos te lo esperas, "La hija del ladrón" desvela un pequeño detalle que agranda nuestro conocimiento sobre Sara, un personaje poco dado a expresar lo que siente, menos aún lo que piensa. Habitante de un mundo sordo a las debilidades ajenas, la madre, hermana e hija desamparada y arrollada por los acontecimientos con el fantasma de la soledad siempre al acecho, Sara tiene que lidiar, para colmo de males, con un padre que sale de la cárcel e intenta colarse en sus vidas por la puerta de atrás.

Un intruso del que poco sabemos aunque es fácil sospechar muchas de las razones por las que su relación con su hija termina siempre en discusiones, empujones, gritos, insultos, reproches sin fin. "Uno no puede ser quien no es", le espeta al padre a la hija en un momento de furia, "¿quién eres tú?". Sara no responde, Sara nunca responde a los interrogantes, unas veces porque no puede y otras porque no quiere. O porque no sabe. Si es que le sale todo mal: el padre de su hija, que viene de la vendimia en Francia y es un buen tipo, rompe los puentes para una posible convivencia, el hermano pequeño no le da más que problemas y el padre retornado es una presencia incómoda, cuando no hostil. Sara quiere que la justicia se ponga de su lado y la guerra está servida, aunque en ese conflicto haya pequeños resquicios para un cariño en ruinas, atrapado por un pasado que evita ser explícito.

"La hija del ladrón", sin duda una de las mejores películas del año, cuenta una historia pequeña en dimensiones y grande en resonancias. Imposible no identificarse con esa muchacha tan vulnerable como valiente a la que ese padre brusco y erizado es capaz incluso de quitarle el bocadillo de la boca. Esa mujer enamorada a la que dejan sin abrazos, con el deseo colapsado en una cocina. Esa buscadora de curro que, al menos, tiene la suerte de encontrarse, por fin, con un jefe comprensivo. Esa chica a la que preguntan cómo se definiría y ella, tras un momento de duda, responde: "Normal". Lo extraordinario de la película de Belén Funes es que trata con persona(je)s normales en circunstancias cotidianas normales forjando un retrato tan veraz como honesto, sin maniqueísmos ni guiños al sentimentalismo o la condescendencia. Tiene dos aliados formidables: Eduard y Greta Fernández. Una primera comunión donde se vomitan sombras de rencor, una pelea en plena calle que concluye con una catarsis sangrante entre cacharros de cocina, averías caseras que parecen describir fallos íntimos, llantos de bebé interminables, interminables viajes en metro y autobús, súbitas palabras de amargura compartida ("no llores...")... La hija del ladrón deja para su imagen final la mayor carga de profundidad: y cómo duele asistir a ella en primera fila.

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