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Apuntes del subsuelo

Un desenlace que ensarta en brutal brocheta horror, patetismo y desgarro

Dos escenas de "Parásitos". // FdV

Dos escenas de "Parásitos". // FdV

Calcetines colgando. Al principio. Al final. En el subsuelo. La familia de impostores (y parásitos con ingenio) que habitan esta película desapacible e incómoda (a pesar, o por ello, de sus conatos aislados de humor descarriadamente negro, al borde del vodevil con portazos macabros) malvive debajo de las pisadas ajenas, en los fondos más bajos que permanecen invisibles para la mayor parte de la gente. Están entrenados para sacar provecho a las ventajas ajenas: robar la señal wifi, por ejemplo, yendo de un rincón a otro de la casa a la caza con sus móviles hambrientos, o aceptando ser literalmente fumigados para dejar la casa libre de "intrusos". Que es lo que son ellos: unos invasores de un agridulce hogar con matrimonio adinerado, casa de estética ultramoderna e hijos en edad de no comprender. Sobre todo, el niño, que va por ahí lanzando flechas o refugiándose en su tienda india en el jardín.

Profesionales del engaño, los piratas del subsuelo se irán colando por las grietas que deja la familia para hacerse dueños de la situación: si hay que deshacerse de un chófer o de un ama de llaves para usurpar sus puestos, cualquier cosa vale, desde ropa interior acusadora a alergias provocadas como quien no quiere la cosa. Podría esperarse a tenor de sus primeros compases sin compasión que Bong Joon-ho (flamante y un tanto excesiva Palma de Oro en Cannes) se va a marcar una especie de puesta al día de "El sirviente", el clásico de Joseph Losey escrito por Harold Pinter, cambiando al manipulador mayordomo por una familia que aprende a convertir las humillaciones y ofensas en una especie de venganza corrosiva. Pero un giro de guión inesperado cambia las reglas del juego, y lo que podía tomarse como una ácida comedia social con costuras de suspense se convierte, de golpe y porrazos, en una virulenta, mordaz y a ratos enfebrecida crónica de una lucha de clases a tres niveles: el suelo, el subsuelo y lo que hay más abajo.

De pronto, quienes parecían gente corriente y pícara que engaña para sobrevivir sin recurrir a la violencia sufre una mutación que empapa la película de resonancias políticas y la inunda (los verbos están elegidos con segundas intenciones) de situaciones extremas a partir de alarmas cómicas, e incluso un simple móvil puede ser un arma lanzamisiles si se usa para enviar imágenes devastadoras. Refugios antinucleares convertidos en mazmorras de fraudulenta libertad, olores que distinguen a los ricos de los pobres, reflexiones picajosas ("yo también sería amable si fuera rica, el dinero es la solución"), sexo mecánico, váteres metafóricamente desbocados e inundaciones desbocadamente metafóricas preparan el terreno para un desenlace que ensarta en brutal brocheta horror, patetismo y desgarro hasta un (falso) final que huele a infinita derrota.

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