El odio no tiene fronteras ni época, por eso situar un drama bíblico como el de la ópera "Sansón y Dalila" en el siglo XXI resulta "natural", lo que pretendía Paco Azorín con el montaje que inició la 65 edición del Festival de Teatro Clásico de Mérida con una propuesta "inolvidable".

Las gradas del Teatro Romano, donde caben 3.000 personas, se llenaron de público, pero también su escenario porque fueron casi 450 los figurantes, solistas, bailarines, cantantes del coro y músicos de la orquesta, la de Extremadura, dirigida por Álvaro Albach, los que representaron la ópera de Saint Saens.

María José Montiel, en el papel de Dalila, y Noah Stewart, en el de Sansón, se llevaron una gran ovación pero los protagonistas de esta producción "sin barreras", "especial" y "única", han sido sus 300 figurantes: entre ellos había decenas de miembros de colectivos con discapacidad en la región y de grupos de teatro no profesionales.

El Teatro Romano fue Palestina, una plaza pública de Gaza y al templo de Dagón, donde hebreos y filisteos se enfrentaban en un conflicto sin tregua desde el año 1150 a.C.