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Hablemos en serie

"Alta mar" se hunde con todo el equipo

Con medios abundantes, técnica impecable y una realización eficaz, se hunde por unos guiones calamitosos

y Jon Kortajarena.

y Jon Kortajarena.

Coges Titanic. Barco de lujo con ricos y pobres compartiendo aires marinos, que no cubiertas ni salones. Clases de lucha. Le metes unas gotas de Agatha Christie con asesinatos que resolver y asesinos con los que revolver, algún guiño hitchcockiano (el pájaro que se estrella contra el cristal de la sala de mandos) y falsos culpables, o inocentes engañosos. A eso le añades los toques inevitables de series como Las chicas del cable, Velvet o Gran Hotel. Mujeres muy guapas y estilosas y vestidas con esmero y peinadas con mimo incluso recién levantadas. Hombres guapetones y de dicción dudosa. Secundarios de postín (José Sacristán, con tanto oficio que casi nos creemos su personaje) modelos que aspiran a tener una carrera como actor digna (Jon Kortajarena, que ha mejorado respecto a trabajos anteriores a pesar de que el guion se empeñe en despeñarlo), jóvenes promesas como Alejandra Onieva (un tanto mecánica) e Ivana Baquero (hace lo que puede con su estereotipado personaje, pero no basta para creerse su romance con Kortajarena) y un nutrido grupo de intérpretes con más o menos soltura, entre los que destaca el argentino Eduardo Blanco, capaz de hacer creíble la tormentosa escena en la que canta un tango. Anacronismos a mansalva y vamos a evitar pillar callos políticos, que esto es ficción sin fricciones.

En su desmelenada política de producción internacional, Netflix ha confiado en Bambú con la esperanza de repetir el éxito de Las chicas del cable. Los responsables no se complican la vida y recurren a una fórmula que parece grabada en las paredes de los guionistas para que no se olviden de los planos a seguir. Alta mar presume de cierta opulencia en lo que a medios se refiere. Nada que reprochar a los departamentos técnicos: vestuario impecable (demasiado, se podría decir en algunos casos), fotografía de primera categoría, decorados cuidados y realización competente en general, aunque algunas escenas se ejecuten con sorprendente torpeza (el incendio en el camarote, por ejemplo, o el balazo que recibe un personaje al que extraen la bala a lo bruto y que se recupera en un santiamén) y las subtramas estén narradas con evidente desinterés, como relleno de segunda clase que son. Con sus giros "sorprendentes" que se ven venir a 20.000 leguas de distancia, con sus efectos especiales pasables pero a ratos insuficientes y su delirante desenlace con el que dejar abiertas las puertas a una segunda temporada, con su música invasora, modosita en cuanto a voltaje sexual se refiere y con episodios rumiantes que ralentizan la acción hasta extremos narcotizantes, Alta mar lo tendrá difícil para igualar los resultados de sus gemelas en cuanto a acogida del público. Y no es una cuestión de calidad en los guiones, porque hay poca diferencia entre unos y otros a la hora de construir personajes de cartón piedra y lanzarlos a tramas requeterevistas sin chaleco salvavidas. La fórmula presenta claros síntomas de agotamiento, y es una lástima que se desaprovechen tantos medios con historias tan endebles y reiterativas.

Y la productora (que se ha atragantado con la muy básica Instinto y el fiasco histórico de 45 Revoluciones) lo sabe de sobra: entras en su página web y te recibe con una gran foto del rodaje de Fariña. ¡Esa sí que es una buena serie, carallo!

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