10 de febrero de 2019
10.02.2019

"Prohibir la fabricación de coches de combustión es una monstruosidad"

La industria de automoción "está temblando", alerta Vicente Garrido, presidente de Lingotes Especiales

10.02.2019 | 08:16

Vicente Garrido, en el corazón de su factoría vallisoletana. | CÉSAR MANSO

Vicente Garrido nos recibe en la sala de reuniones de un pequeño edificio de planta única a pie de fábrica, en Valladolid. Es austera y funcional. En los laterales, sobre mesas expositoras, discos de freno, volantes de coche y algún premio de grandes multinacionales del automóvil. En una esquina, colgadas de la pared, pequeñas fotos de George Bush recorriendo esa misma instalación. ¿Quién se lo iba a decir cuando empezó? La sala es el corazón de Lingotes Especiales, donde Garrido examina minuciosamente todas las decisiones. Aunque asegura que confía ciegamente en su intuición, nada escapa al control de un presidente que echa órdagos cuando de lo que se trata es de salvar su empresa. Y nunca se muerde la lengua. Se ha dejado una vida en ella, pero no duda: lo primero es su familia. Con esta entrevista, Prensa Ibérica, empresa editora de este periódico, y KPMG, grupo global de servicios de asesoría y auditoría, inician un proyecto conjunto para dar a conocer las opiniones de los principales empresarios del país. Aquellos que dejan huella.

- Hemos querido por sistema, y un poco por obsesión, mantener un control exhaustivo de la fábrica. El día dos o tres de cada mes asisto a una reunión de los responsables del funcionamiento. Analizamos gasto, aprovechamiento de materias primas, horas / hombre y kilovatio, hora por tonelada... Esa es la auténtica productividad. Ahora se mezclan todas las cosas. Si algo no se ha hecho bien, hay que corregirlo. El de personal habla del absentismo. ¿Y a qué se ha debido? Pues a ver cómo mejoramos eso. El de energía eléctrica dice: "En vez de 0,7 kilovatios se han gastado 0,9". ¿Por qué? ¿Se han tomado medidas? A tomarla. Todo hay que saberlo a los dos días, porque si te enteras a final de año... Para arreglar las cosas necesitas advertirlo cuanto antes. Luego viene el componente económico, lo que ha costado cada unidad. A los diez días de acabar un mes sabemos el resultado.

–Ahora, con un ordenador, resulta más sencillo.
–Pero lo tenemos desde el principio. Empezamos a llevar aquí el presupuesto "base cero" antes de que lo llamasen "base cero".

–Eso permite estar más pegado a la coyuntura.
–Es conveniente, pero cuando hay una crisis... Si todos empezamos a decir que va a venir mal, vendrá mal. Tampoco cabe el optimismo de afirmar "viva la vida, todos a cien por hora". Hay que ser realista.

–¿Viene mal?
–No muy bien.

–La industria es un indicador adelantado.
–Con las declaraciones de la ministra Ribera, la industria de automoción está temblando y tambaleándose. Ha sido una barbaridad. El miedo colectivo es muy malo. Hace dos años, en la Semana Santa de Sevilla, hubo una estampida. Nadie sabe por qué, pero empezaron a correr dos personas, luego catorce, veinte mil... y se ahogaron siete. ¿Qué ha pasado? Nada. ¿Una bomba? No. Uno chilló, otro se cayó, otro corrió, le siguió un gentío. Y se murieron siete. ¡Vaya chiste! Lo del combustible es la misma película, aunque sea una comparación un tanto burda.

–¿No va bien el sector por las declaraciones de la Ministra o la economía se enfría?
–No hubo excesivo crecimiento el último año, pero no se estaba enfriando tanto. Esas palabras han sido la puntilla. La Ministra dijo "el diésel tiene los días contados". Yo pensaba que, como no sabía de motores, quizá se refería al perfume. Luego vino el Presidente: "en el año 2040 se dejan de fabricar coches de combustión y en el 2050 se prohíbe su circulación". Eso es una ligereza y una banalidad monstruosa... A mí no me preocupa ni el 2020, por razones naturales, pero es una barbaridad en todos los órdenes. Atenta contra la libertad de las personas. Cuando, a principios de siglo, en Nueva York, hay caballos, el señor Ford fabrica el Ford T. Nadie prohíbe los carruajes. Paulatinamente, el automóvil los va desplazando. Prohibir fabricar en España es una monstruosidad. En Marruecos, en Argelia y en Grecia van a seguir usando automóviles de combustión. Aquí construímos cerca de tres millones de vehículos y se matriculan un millón, incluidos los importados. Quiere eso decir que exportamos un millón largo de automóviles a esos países, que van a seguir utilizándolos. Perderemos esa exportación. No cabe en cabeza humana. Cuando el señor Ford inunda el mercado con el T habla del sueño americano. El coche es el mayor signo de libertad que hay en el mundo. ¿Va a pasar igual con el eléctrico? No. No lo tengo cargado, no tengo autonomía... Han legislado como si todo el país fuera Madrid o Barcelona y tuviera su contaminación. No saben que existe Aguilar de Campó o que hay una persona que quiere ir a Extremadura y tiene que prever cómo recargar la batería. No tengo nada en contra del coche eléctrico, aunque no lo veo como sustituto.

–La tecnología evolucionará.
–Que se vaya imponiendo, sí. Desde 1780, cuando empieza la revolución industrial y el señor Watt inventa la máquina de vapor, nunca se ha prohibido hacer una cosa porque viene la siguiente. La nueva desplaza a la anterior, a la vieja. Cuando llega la luz eléctrica nadie prohíbe las velas. Siguen existiendo. El que quiera, que las fabrique. En algún sitio hará falta un candil. Cuando nace el reactor no se vetan los aviones de hélice. Para descontaminar hay que ver antes dónde está el origen de la polución. Un informe francés señala que todo lo que ensucian los coches equivale a las emisiones de los cinco buques más grandes. Y hay miles surcando los mares.

–¿La descarbonización persigue un objetivo espurio?
–Es como lo que hacían los rusos en su época. Una barbaridad. Y una medida, como muchas de las cosas de los gobiernos que se dicen demócratas y socializantes, que sólo beneficia a los ricos. Un Twingo pesa 750 kilos y cuesta 14.000 euros. El Zoe, eléctrico, también de Renault –muy bonito, por cierto–, pesa 1.500 kilos. Mover todos esos kilos para transportar a una persona o dos cuesta energéticamente. Ese balance nadie lo hace. El Zoe ronda los 30.000 euros, el doble. Un Twingo contamina muy poco, yo lo tengo para la ciudad. Un Tesla vale más de 100.000 euros y pesa dos toneladas. En España hay 22 millones de vehículos, ¿cómo se van a reemplazar? ¿Dónde irá toda la gente que trabaja en la automoción? A nosotros, en nuestras piezas estrella, no nos afectaría. Lo que sí llevar el coche eléctrico son frenos, más que el de combustión por su elevado peso.

–Entonces les beneficia.
–No se sabe, están presionando y denunciando la situación los grandes fabricantes. Pero insisto: es un atentado contra la libertad de las personas. Usted tiene que dejarme a mí que yo haga lo que quiera, dentro de unas normas, claro está. Tendría más sentido retirar los coches con 20 años, porque contaminan el doble que los de ahora. Con cierta prudencia, porque los dueños de esos coches no son millonarios. Alargan su uso porque quizá carecen de medios para cambiarlos. Y el vehículo no es un capricho sino una necesidad par la persona que vive en un pueblecito y trabaja en la ciudad. A esos es a los que hay que atender. Se actua a la ligera. Decir que los elécrtricos no contaminan es una cretinez como la copa de un pino, porque no emitirán ahí pero sí donde esté la central que produzca la electricidad. Si paran las de carbón, serán las de ciclo combinado. La energía eólica cubre el 18% del mercado. ¿Cómo va usted a cubrir con renovables el resto?

"Nunca se ha impedido producir una cosa porque viene la siguiente, lo nuevo siempre desplaza a lo viejo"

–¿Las decisiones políticas que afectan a la economía se toman con criterio ideológico y no económico?
–Tampoco tecnológico. Un Ministro no tiene por qué saber qué es un motor de combustión. Se pueden poner catalizadores para evitar el dióxido de nitrógeno y el CO2. Evoluciona la pila de hidrógeno. El hidrógeno no emite CO2 sino agua, no contamina nada. Deje usted que avance la investigación tranquilamente. Para reducir el CO2 hay unos cuantos campos de actuación antes. Al automóvil se le puede apretar, exigir, como ya se viene haciendo. Lo que sí me parece fenomenal es combatir la contaminación local. La "boina" famosa, que en Madrid no circulan ni estos coches ni aquellos. Eso lo tienen en Alemania y en Londres hace más de 20 años. Para entrar en Dusseldorf con un coche antiguo tienes que pagar 5 euros. Hay gente que paga y le importaba un comino. Otra cosa es que llegue un día en que ya ni con billete pases. Las contaminaciones sí hay que combatirlas, con un coche eléctrico o con un coche de viento, o con patines. No se puede vivir en una ciudad sumergida.

–¿Permitimos coches que contaminan y no les dejamos circular?
–Se ha legislado como si toda España fuera Madrid o Barcelona. Somos Castilla y León, 90.000 kilómetros cuadrados, 2,3 millones de habitantes. Para vernos ¿cogemos un catalejo? En el pueblo de al lado viven siete y vas en un cochecito. Todas esas comunicaciones hay que tenerlas en cuenta. Pero oiga, ¿si estoy a 500 kilómetros y sólo tengo autonomía para 250? ¿Para usted en el camino, enchufa una hora, se toma una caña? Si uno viaja de Madrid a Sevilla tiene que detenerse en Mérida a hacer noche. Eso es coaccionar.

–¿Se retraen inversión y consumo por miedo a otra crisis?
–Sí, un poco. Ninguno de los fundidores, somos ocho o diez en toda Europa, tiene previsto gastarse una perra en inversión desde hace dos meses. Ya es una señal. ¿Quiere decir que van a hacer menos? No, quiere decir que no van a hacer más. Estamos todos parados por miedo a que ocurra algo, y estamos generando una crisis que puede ser peor que la anterior. Como se suele decir de los caballos, andamos con las orejas tiesas mirando a ver qué pasa.

–Pero si seguimos así dos años, acabaremos pagándolo.
–Las situaciones de duda admiten poco tiempo. Cuando el caballo va galopando y de repente ve una cosa rara, asoma las orejas. Comprueba que no es nada y sigue. Hay que hacer algo. O lo veo muy mal y cierro, o no está tan mal. Pasa tiempo y no ha ocurrido nada, pues mira, vamos a emprender esto que lo teníamos un poco congelado. No se puede vivir con miedo como tónica general porque eso no es vida.

"Se lesgila como si toda España fueran Madrid y Barcelona"

–Algún día dijo "cierro y me voy".
–No, si acaso al revés, porque nos tienen un poco en el punto de mira algunas asociaciones políticas y ecologistas. Indebidamente. ¿Qué se rompe un filtro? Pues claro. Este fin de semana, en la carretera, no sé si se han matado diez o doce personas, pero a nadie se le ocurre pedir que nadie vuelva a subir a un coche. "Como hay una avería, hay que cerrar la fábrica". Es una cretinez. A uno en casa se le estropea un lavavajillas y no rompe los platos. Lo arregla. Problemas hay, claro. Una instalación que está llena de máquinas y que tiene treinta megavatios instalados, con 600 trabajadores, que maneja mil toneladas al día de hierro fundido en caldo a 1.300 grados puede romperse. El otro día quebró una carretilla y salía humo negro. ¿Qué pasa? Pues nada, qué va a pasar. Nadie debe sufrir un infarto o una caída, pero hay infartos y caídas.

–El incendio del pasado verano ¿fue un momento crítico?
–Sí, pero no con la importancia de los trágicos.

–¿Cuál ha sido, en estos 50 años, su mayor satisfacción? ¿Y lo más desagradable?
–Ha habido muchas, vamos a ser sinceros, pero el ser homologado por las firmas grandes de automoción, como ahora, supone una alegría tremenda. El grupo PSA nos ha dado el premio como mejor suministrador este año, un orgullo. Todas las calificaciones y modificaciones tecnológicas nuevas que hemos hecho son una satisfacción.
Y luego, las partes malas, la verdad, siempre han sido debidas a factores externos. El día en que un juez nos pidió cerrar la planta, por ejemplo.

El presidente de Lingotes Especiales, junto a la escultura de un fundidor en las oficinas de su fábrica. | CÉSAR MANSO

–¿Por qué?
–Por contaminación, por un permiso que sí teníamos. En toda Castilla y León sólo había dos otorgados y uno era el nuestro. Los demás, no quiero señalar, carecían de él. Pero es que la especie de manía persecutoria, personal diría yo, que tienen... Te llevas el disgusto. Dije que si cerraba no volvería a abrir. Me acuerdo que una periodista que me llamaba para informarmse preguntó: "¿Y la gente?". El que cierra la fábrica, que les coloque, pero, aunque esté media hora cerrada, no se vuelve a abrir.

–¿Por qué?
–Porque no quiero yo. Usted me manda cerrar, cierro. Y ahora me manda abrir, digo vaya usted a mandar a su madre, a mí no me manda usted. Abro cuando quiero.

–¿Y qué dijo el juez?
–No mandó cerrar (sonríe).

–En media hora cerrada, ¿cuántos clientes se pierden?
–Pánico total.

–¿Todo por el cliente?
–Sin él no viviríamos. Se está trabajando con muy pocos márgenes de beneficio. Las competencias son duras.

–¿Por exigencia del consumidor o porque costes como la energía también han subido?
–Y más que van a subir, este año estamos tiritando. Nuestro cliente no admite incrementos. El año pasado no repercutió. Conseguimos que nos repercuta algo la materia prima como la chatarra, pero en la energía siempre están muy cerrados.

–¿Cuándo hay que decir me he equivocado y rectifico?
–Yo, gracias a Dios, me he dado cuenta en dos ocasiones. A tiempo de sobra. Un día que manifesté: hemos perdido tanto, ni una peseta más. Cortamos y adiós.

"Cuando abrió la fábrica, ¿alguien imaginó que todo un presidente de los EEUU, como George Bush, iba a estar recorriendo estas instalaciones?"

–A otra cosa.
–Se acabó, no más. Siempre digo que la empresarial tiene que ser una actividad de riesgo medido. Si uno quiere peligro coge el dinero, se va al casino y lo apuesta al 36 . Eso es puro riesgo, puedes ganar o perder. La empresa tiene que suponer un riesgo medido y asequible. Eso nos pasó con Alcoa. Estuve en Pittsburg, con el presidente. Vas con el primer fabricante mundial de aluminio, de lo nuestro, y te acercas tú ahí, poco menos que dando vueltas a la boina... ¿Qué tal, cómo lo ve usted?, le dije. En automoción somos más que ustedes, podemos ir juntos, respondió. ¡Ah!, muy bien, muy bien señor. La cosa no era así.

–¿Qué falló?
–Compramos en Manchester una fundición en la que Alcoa había tenido un ingeniero durante un año. No se había enterado de nada. Aquello no funcionaba ni para atrás. Al poco de invertir, vendimos, liquidamos y nos salimos. Luego tuvimos otra opción.Nos plantearon aquí, en Valladolid, una fundición de aluminio. Había que poner diez millones de euros. Llegó un momento en que se me atravesó la historia. Digo no, no montamos; vendemos. Y los otros socios se empeñaron. Digo no, y dos veces que no, que vendemos esto, el 80%, muy barato, pero no entramos. En estos años han perdido unos 30 millones de euros, han quebrado y han cerrado. Lo vi y lo intuí antes.

–La intuición y el factor suerte ¿son importantes?
–La intuición es adelantarse un poco pensando en lo que va a pasar. Ver a priori una cosa que te guste o que mires los papeles y digas "pssss...". Si no lo ves claro hay que salirse antes de empezar. Cuando abrió la fábrica, ¿alguien imaginó que todo un presidente de los Estados Unidos, como George Bush, iba a estar recorriendo estas instalaciones? Nada, ¡cero patatero! Impensable.

–¿El futuro de Lingotes?
–Como ha sido estos años, con una innovación constante. O sea, crecimiento no. ¿Si hacemos 6.000 toneladas vamos a hacer 150.000? Eso no. Como siempre digo, un crecimiento que sea necesario para subsistir lleva a una muerte segura porque no se puede estar creciendo indefinida-mente.

–¿La familia es la gran sacrificada de un empresario?
–Para mí, no. Tengo una gran familia, con nueve hijos, veinticinco nietos, dos bisnietos. Por cierto, les llevé el otro día a la peluquería, a cortar el pelo conmigo. Su madre les degollaba a cortarles la cabellera... La familia siempre ha estado por encima de todo, siempre ha sido el primer objetivo de toda mi vida.

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