13 de mayo de 2018
13.05.2018
Un increíble periplo de diez mil kilómetros en homenaje a un artesano

El barco vigués que cruzó el océano en una botella

Dieciséis meses después de ser lanzada al mar desde un barco al sur de Irlanda, dos canadienses hallaron en una isla del Caribe una de las 2.000 botellas que construyó "el tío Mora"

13.05.2018 | 05:00

¿Qué probabilidades hay de que una botella de cristal lanzada al océano con un barco en su interior y un mensaje sea encontrada por alguien? La inmensa mayoría permanecen durante años, décadas, en el mar, llevadas por las corrientes hasta que finalmente el vidrio se rompe y el mensaje desaparece. Sin embargo, el azar quiso que la única botella lanzada desde un barco al sur de Irlanda por la familia de Manuel Mora tardase apenas 16 meses en llegar sana y salva a una pequeña isla del Caribe y fuese encontrada por una pareja de canadienses que, para mayor sorpresa, comparte lazos con Susan, la sobrina política del "tío Mora".

Durante su vida, Manuel Mora trabajó artesanalmente en botellas en las que introdujo sobre todo barcos de todo tipo (gamelas, veleros, dornas, traineras, arrastreros...), pero también otros elementos como músicos tradicionales, bailarines, soldados o carros de bueyes. "Tengo el primero que hizo, que fue el barco en el que hizo la mili, hecho con latas de conserva. Él era autodidacta y empleaba materiales que tenía en casa, lo que es el reciclaje de hoy en día ya lo hacía él hace cincuenta años", explica uno de sus ocho sobrinos, Eduardo Paseiro, con nostalgia.

El "tío Mora" residía en el centro de Vigo, "en la Ronda", al igual que la mayor parte de la familia. "Somos generacionalmente de Vigo, mi abuela era repartidora del FARO", recuerda. Su tío era además el "típico manitas" y su trabajo como empleado de Fenosa también conllevaba un trabajo manual. Así, su pasión por el modelismo le hizo construir cerca de dos mil botellas, que luego regalaba a la familia, amigos y vecinos. Por ello, tras enfermar su tío, que no tenía hijos, la familia decidió continuar "espallando" su legado. "En mi familia continuamos teniendo botellas, pero el grueso de ellas ha sido ya repartido. Yo tengo unas cincuenta o sesenta y regalar ahora una me cuesta, francamente", confiesa.


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"Nunca quiso exponer, era una persona peculiar en ese sentido", recuerda su sobrino, reacio también a exponer la obra que todavía conservan, aunque matiza que se trata de una cuestión que tendría que ser valorada por toda la familia. Las botellas que atesoran tampoco están en venta, aunque Eduardo sí confiesa que uno de sus anhelos sería localizar esas pequeñas joyas. "Una de mis ilusiones sería hacer un mapa para saber quién tiene "Moras". Para nosotros es un legado artístico, una "obra de arte" entre comillas, con todo lo naif, sencilla y curiosa que pudiese ser esa obra, el tío Mora era para nosotros, para mí y mi familia, un artista", relata con humildad.

El "tío Mora" falleció en noviembre de 2016 a los 89 años sin saber que apenas unos meses antes, en julio, una de sus botellas había emprendido una sorprendente aventura.

"Cenando con Paddy, un amigo irlandés, a Susan y a mí se nos ocurrió la idea de lanzar una de las botellas del tío Mora al mar. Le regalamos una a Paddy y le pedimos que lanzase otra cuando estuviese de travesía hacia su casa", explica Eduardo.

La botella fue elegida al azar. "Era un velero porque me parecía lo más adecuado para regalarle a un navegante como Paddy", indica. Fue construido en 1990 ya que además de su firma, el "tío Mora" incluía también la fecha en la que los realizaba.

Eduardo y Susan conocieron a Paddy en Bouzas, donde reside la pareja. El marinero irlandés tuvo dos o tres años su velero atracado en el Liceo de la villa y tras conocerse a través de amigos irlandeses comunes surgió una amistad.

Lanzar la botella era un homenaje a un hombre "muy afable, un buenazo al que queríamos mucho". Por aquel entonces ya estaba muy enfermo y a Eduardo se le quiebra la voz al recordarlo.

Tras el encargo, Paddy lanzó la botella al mar el 8 de julio de 2016 a las 21.13 horas. Su velero surcaba entonces el Golfo de Vizcaya, al sur de Irlanda, y aunque creían que la corriente llevaría el tesoro hacia el mar del Norte, apenas 16 meses después llegaría un correo electrónico que, pese a todo, no esperaban. "Hemos encontrado su barco en una botella en Nevis, en el Caribe, en noviembre de 2017. ¡Qué tesoro! Me encantaría saber más", escribió Carole Reesor el 6 de abril de este mismo año.

El breve mensaje, en inglés, respondía a la dirección de correo incluida en ambas caras de la nota insertada en un tubo dentro del cuello de la botella. Parte del mensaje se había borrado pero todavía permanecían los "deseos de paz" para el que lo encontrase. Enseguida contestó una entusiasmada Susan explicando la historia de la botella, el homenaje al "tío Mora" y los detalles del lanzamiento.

Al otro lado del Atlántico, Carole respondió que pese a que la botella fue hallada en la playa, no fue hasta abril cuando se dieron cuenta de que contenía algo más que un barco, durante una cena con un amigo. "Hemos caminado muchas playas buscando siempre tesoros y este fue uno, y luego lo fue descubrir el mensaje", escribió la canadiense, que explica que ella y su marido pensaban que era un enchufe o un deshumidificador, y que si no hubiese sido por el amigo con el que estaban cenando "podrían haber pasado años antes de que encontrásemos el mensaje, o nunca".

Casualmente, la mujer de Eduardo también es canadiense y pronto se dieron cuenta de que ambas tenían un nexo en la ciudad de Stouffville, de la que es originaria Susan y también la familia del padre de Carole. Ahora, desde ambas partes del mundo, buscan personas que estén vinculadas con ambas. "¿Tan pequeño es el mundo", se preguntaba esta última en un correo en el que también reveló que ella misma y su marido, que vivieron durante diez años a bordo de un velero en el que navegaron desde Canadá hasta Australia, "lanzamos algunos mensajes en botellas pero nunca recibimos una respuesta".

Tras vender el barco compraron una cabaña en Nevis, donde pasan los inviernos, mientras que el resto del año trabajan en Montreal. "Cuando recibimos su respuesta lo primero que pensé es que la botella debe devolverse al remitente, así que una visita a España está en nuestra mente", anunció Carole.

"Ellos son muy viajeros, por lo que vemos y nosotros vamos a Canadá una vez al año o cada dos, así que cubrir los 400 kilómetros que separan Stouffville de Montreal es un buen motivo para hacer un viaje y conocernos", señala Eduardo que, no obstante, admite que "yo prefiero ir a buscar el barco al Caribe".

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