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LA ESPUMA DE LAS HORAS

Momento mágico en la ciudad de Delft

Van Leeuwenhoek y Vermeer vivieron en una misma plaza sin conocerse mientras revolucionaban la mirada

19.11.2017 | 02:56
"El geógrafo", cuadro de Johannes Vermeer.

La plaza del mercado de la ciudad holandesa de Delft es grande. Una de las más grandes que se pueden ver tratándose, además, de un lugar tan pequeño. Hubo un tiempo en el que situados en diagonal vivían allí dos de sus grandes genios, Antoni van Leeuwenhoek, fabricante autodidacta de lentes, y Johannes Vermeer, pintor de una exquisita luminosidad. En el verano de 1674, Leeuwenhoek descubrió, mirando a través de una minúscula lente, el mundo microscópico. Al mismo tiempo, en la buhardilla de una casa cercana, Vermeer experimentaba con una cámara oscura. Observando a través de ella no sólo fue capaz de inspirarse para componer algunas de las pinturas más deslumbrantes de la historia, sino que se convirtió en un consumado experto en cómo apreciar la manera en que la luz afecta a nuestro modo de ver el mundo. En Delft, en el siglo XVII, se transformó la luz o la mirada, depende del modo en que se vea. Digamos que se produjo un momento revolucionario en la percepción humana.

Leo asombrado, con mucha curiosidad, "El ojo del observador", el maravilloso libro de Laura J. Snyder sobre dos hombres que, viviendo a unos pasos el uno del otro, quizás jamás llegaran a conocerse, pero sin saberlo persiguieron el mismo fin con idénticos resultados: la búsqueda del conocimiento a través de la mirada. El hecho de que alguien sospechase alguna vez que Vermeer podría haberse inspirado en Van Leeuwenhoek para el protagonista de su cuadro "El geógrafo" no prueba gran cosa. Nada es concluyente, y no se conoce que ninguno de los hilos de sus vidas se haya cruzado en ningún momento.

En el siglo XVII, Delft era un centro de negocios destacado, con una población de 21.000 vecinos, famosa por su producción de cerveza, telas brillantes y cerámica delicadamente pintada. También fue el hogar de dos visionarios notables, un científico y un artista, que han influido y de qué manera en la forma en que vemos las cosas.

El libro de Snyder es el relato fascinante de una época en la que la civilización occidental estaba empezando a apreciar la complejidad multidimensional del mundo. Autora de "The Philosophical Breakfast Club", la biografía de algunos de los hombres que estuvieron detrás de algunos de los grandes avances de la ciencia del siglo XIX, vuelve a demostrar nuevamente que es una eficiente guía cultural que con su prosa elegante engancha fácilmente a los lectores.

El cambio que Snyder aprecia en "El ojo del observador", que publica la editorial Acantilado, se produjo dentro de una transformación intelectual mucho más grande. A mediados del siglo XVII, Europa marcó el comienzo del viaje hacia el racionalismo y la Ilustración. La historia de estas dos vidas paralelas de Delft se centra principalmente en un factor tecnológico de ese cambio y constituye un valioso telón de fondo para explorar la intersección influyente del arte y la ciencia en su época. Las sorprendentes mejoras en las lentes utilizadas en todo, desde anteojos hasta microscopios, ampliaron la visión humana y transformaron el modo en que las personas perciben el mundo que las rodea.

Igual que la historia de Snyder nos recuerda, ese punto de encuentro entre el arte y la ciencia contribuyó a construir el conocimiento seguro de que vivimos en un mundo maravilloso en sus infinitos colores y formas, aunque en ocasiones no nos parezca del todo así.

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