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hablemos en serie

"Riviera", culebrón con poco veneno

El planteamiento inicial de Jordan y Banville fue machacado para dar paso a un producto banal y soso

Una de las protagonistas de la serie. // FdV

Es normal que se te pongan los dientes largos cuando lees que detrás de Riviera están Neil Jordan (un cineasta del que siempre se pueden esperar propuestas interesantes, aunque los resultados a veces sean discutibles) y John Banville, un escritor de gran calibre incluso cuando firma novelas policiacas como Benjamin Black. Y el escenario promete: el inframundo del arte, las grandes mansiones de los ricachones, el crimen de guante blanco, las pasiones ocultas de quienes crían becerros de oro y montan fiestones en yates de varios pisos.

Pero luego lees otras cosas que te llenan de desconfianza: tanto Jordan como Banville se desentienden del producto, abominan de las primeras entregas en las que, según los títulos de crédito, tuvieron algo que ver. Se supone que el disgusto por el desengaño creativo será más llevadero cuando viene acompañado de un suculento cheque.

Y es que Riviera es una serie cara en apariencia. No es una gran superproducción, y eso se nota en su reparto y en algunos efectos especiales poco logrados, pero no le faltan medios para que su look sea vistoso.

Y tampoco es que los guiones, una vez apartados Banville y Jordan, sean un desastre. Son simplemennte flojos tirando a mediocres. Una cruce de trama policiaca (¿el magnate fue asesinado o engañó a todos para desaparecer del mapa?), culebrón (los hijos del muerto y su ex esposa por un lado, su viuda por el otro) e intriga de altos vueltos sobre el mercado del arte y sus triquiñuela legales e ilegales.

Hay chicas autodestructivas, muchachos drogadictos, policías duros y blandos, algo de sexo un tanto forzado (sobre todo un coito en el primer episodio que seguramente horrorizó a Banville o un cunilingus subacuático bastante ridículo), momentos pretendidamente amenazadores que dan un poco de risa (la viuda encañonando a un falsificador con gesto amartillado) y golpes de violencia bastante toscos (esa torre Eiffel usada como puñal).

El resultado es moderadamente entretenido (con tantos ingredientes mezclados es inevitable no tener curiosidad por saber en qué nuevo lío se meterá el guión pero cuesta encontrar una razón por la que seguir viéndola.

Seguramente la función sería más divertida si se forzara la maquinaria folletinesca (nada que ver con los propósitos iniciales de Jordan y Banville, apuesto mi colección de Mad Men), pero entonces sería necesario contar con un reparto muy distinto: Lena Olin, convenientemente pasada por un rejuvenecimiento que le resta bastante expresión, funciona como bruja siempre al (des)quite y el veterano Anthony LaPaglia, pero Julia Stiles es demasiado sosa como mujer desolada primero y desengañada después, y los secundarios son, en su mayoría, poco inquietantes.

No deja de ser curioso (y alarmante) que la subtrama más interesante sea la de Adriana (Roxane Duran), cuya voluntad firmemente autodestructiva (desnudos contra el ventanal, heridas abiertas y concienzudas) aporte las mejores escenas de una serie poco agraciada.

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