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César Nombela: "Muchos hablan de España como nación de naciones solo para contentar a radicales"

"Hay que recuperar un mayor nivel de exigencia porque ponérselo muy fácil a los alumnos es engañoso"

César Nombela, ayer, en su despacho del Palacio de La Magdalena.

César Nombela, ayer, en su despacho del Palacio de La Magdalena.

César Nombela Cano (1946), manchego de nacimiento, asturiano de sentimiento, microbiólogo, rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en Santander. Ayer le tocó clausurar el curso "De la revolución digital a la sociedad de la inteligencia artificial".

-El suyo es un verano a 150 por hora.

-Son trece semanas de no parar. Por aquí pasan 2.500 ponentes y conferenciantes en trece semanas. Organizamos 160 cursos y encuentros y 60 actividades culturales. Y nuestro personal es limitado en número.

-Aquí se debate mucho. ¿En el país no tanto?

-Tenemos la obligación de responder a aquellas cuestiones que preocupan a la sociedad. Porque al final es eso, es la Universidad la que sale al encuentro de la sociedad. Todo lo que sea conocimiento no nos tiene que ser ajeno.

-¿No hay un curso sobre Cataluña y el independentismo?

-Celebramos uno titulado "La España necesaria. Una propuesta desde la sociedad civil y la concordia nacional" y hubo representación de ponentes catalanes, claro.

-¿Y usted cómo lo ve?

-Hay que hablar de Política, pero con mayúsculas. Y ese tipo de Política consiste sobre todo en defender la convivencia y la idea de una historia compartida. Muchos creemos en España como una opción de futuro, la mejor posible para mantenerse en el mundo bien situados y bien asentados como nación. Todo proyecto es susceptible de ser revisado, pero si es así lo tenemos que revisar entre todos.

-Habla de Historia compartida. Esa Historia, por lo que se ve, es lo más maleable del mundo.

-La Historia es la que es, guste o no guste. Tentaciones de reescribir la Historia las ha habido siempre. Stalin ordenó borrar a Trosky de todas las fotografías, pero mire, no consiguió que la Historia se olvidara de Trosky. Si yo digo hoy que el material hereditario son las proteínas, hago el ridículo. Lo mismo le debería suceder a quien formula una Historia falsa a su conveniencia.

-¿Qué pasará con Cataluña?

-Tengo claro que España es un proyecto que nos define y nos integra. A todos. Pero lo tengo claro yo y la mayor parte de los catalanes. Dicho esto, recuerdo las palabras de Julián Marías: no hay que hacer esfuerzos para contentar a quien nunca va a estar contento. Le contaré una historia personal. Tras la guerra civil dos de mis tíos se tuvieron que ir para México y yo, con 17 años, fui a verlos. Era la primera vez que me montaba en un avión. Allí en México escuché por vez primera el término "nación de naciones" para referirse a España. Y se lo escuché a Anselmo Carretero [militante histórico socialista, ensayista e historiador], que era un segoviano de pro. Y aquel término lo entendía él con un inmenso sentido integrador. Ahora muchos hablan de "nación de naciones" para contentar a los radicales.

-No me imagino un cargo más guapo que el suyo dentro de la Universidad española.

-Este es mi quinto verano y sí, este de Rector de la Universidad Menéndez Pelayo es algo muy especial. Para mí, un honor. También experimenté esa sensación cuando presidí el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Hablamos de dimensiones distintas.

-El CSIC es un monstruo.

-Es un organismo de envergadura impresionante. A mí me tocó llevar a cabo una significativa expansión de su plantilla. La Menéndez Pelayo tiene otra filosofía porque dependemos de los patrocinios, tanto públicos como privados, y de mano no tenemos garantizada ninguna actividad. Pero merece la pena vivir este ambiente, hablar de todo; es el placer intelectual del debate.

-¿Habría que inventarse otras universidades como esta?

-No creo que sea un modelo para replicar. Es verdad que otras universidades tienen programas ambiciosos de verano, pero no es lo mismo. Por otra parte aquí se imparten cuarenta másteres y tenemos tres mil alumnos de postgrado, con un porcentaje de extranjeros bastante superior a la media de la Universidad española. Esa de la internacionalización es una de las asignaturas pendientes.

-Aquí juegan con ventaja con los alumnos.

-La inmediatez, la necesidad de cumplir con unos contenidos y dar títulos condiciona a muchas universidades. El escenario que vivimos en la Menéndez Pelayo es distinto, es la confluencia enriquecedora de personas que saben, que vienen a exponer un conocimiento que queremos que sea transmisible, analizable y criticable.

-¿A nivel general, el alumnado universitario español bajó su nivel?

-Puedo decir que no he visto en muchos momentos una evolución muy positiva. Quizá tengamos cierta tendencia a dárselo todo muy hecho, y eso no funciona. Yo creo que la posición del profesor es decir al alumno: esto es lo que te puedo enseñar, y a partir de aquí tu obligación es abarcar mucho más. Hubo momentos en los que se ha avanzado más que ahora.

-¿Por ejemplo?

-Durante la transición democrática. Fueron años en que la educación se entendió como una prioridad general por parte de todos. La Historia de España está llena de impulsos educativos muy dignos. En tiempos de la República o con tantos proyectos católicos de gran envergadura. Hay que recuperar la exigencia.

-¿Palabra clave esa de la exigencia?

-Sí, porque la exigencia es fundamental. Procurar hacerlo muy fácil a los alumnos es engañoso, y en ese sentido Europa pierde comba.

-Usted siempre se ha definido como un profesor vocacional.

-Desde el primer día que pisé un aula universitaria quise ser profesor. Recuerdo mi primera clase, fue en Salamanca apoyado por un grandísimo investigador como era Julio Rodríguez Villanueva. Siempre me preocupó que lo que aprendieran los estudiantes pasara a formar parte de su propio ser, que fuera una enseñada integrada en ellos y no como mera condición para aprobar un examen.

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