"Lo estás haciendo muy bien, muy bien, muy bien". Atrás quedaron los tiempos en que tan incitante estribillo cantado por Alberto Comesaña en Semen UP se tarareaba entre luces de noche arrebatadas, allá por aquellos años 80 en que Vigo era una ciudad rayada, atropellada, cachonduela y encanallada. Una inesperada epidemia creativa había estallado en Madrid con focos iniciales en los conciertos de rock de la feria de San Isidro y se había extendido por la periferia en ciudades como Vigo, Oviedo o Valencia. En su sintomatología se mezclaban fiebres artísticas y convulsiones resacosas acompañadas de una variedad moderna de "baile de San Vito" que, en forma de ritmos nuevaoleros, se apoderaba de todos en bares, discotecas o salas de conciertos.

Hubo muchas teorías sobre las causas, los significados del origen y de la muerte de la movida pero eso es teorización, todo lo contrario de lo que fue una movida que se demostró en la praxis, tuvo a la noche como espacio de ritualización, de mágica perdición y de conquista con batallas que se apuraban hasta sus estertores y a sus locales como templos. Hoy el Rock Ola madrileño es un almacén de muebles, el Kremlim vigués un establecimiento náutico y La Santa Sede de Oviedo sabe Dios qué, pero en esos años eran iglesias principales en que aquel movimiento oficiaba sus cultos noctívagos entre pelos de colores y tendencia al negro indumentario, con la música como elemento catárquico

No había botellón sino todo lo contrario pero había música, alcohol, vida nocturna, ruido, farlopa, grandes concentraciones y desplazamiento. ¿Desplazamiento? Era como si una tribu en constante vaivén por los distintos locales recuperara la condición trashumante para cumplir un circuito de estaciones de encuentro en horario nocturno. Como decía no sé qué sociólogo, se trataba de reinaugurar varias veces la noche, la misma noche, en una especie de estado de fluidez, revoloteando de un grupo a otro para ver, ser visto y oír. No tanto para hablar.

Salíamos de las catacumbas de la movilización antifranquista y entrábamos en la movida. Un fenómeno de mutación en los códigos estéticos e incluso en los éticos que los sociólogos definieron, cuando salieron del pasmo, como un rechazo de la ideología del compromiso y de la moral del esfuerzo, de la ética de la ascesis en el orden de lo cotidiano.

De garito en garito

De los garitos de reunión nocturna en Vigo, O Cerne sirvió de tubo de ensayo pero quizás fue el Satchmo, un local de jazz que renunció a su condición para abrirse a nuevas percepciones, el que sentó un precedente reconfigurando su interior y su música hacia otras estéticas. Allí se pudo ver una de las primeras actuaciones de , un grupo entonces medio punki recién salido de un accidente automovilístico y a punto de cantar sobre matanzas de hippies en las Cíes.

El Manco marcó después paquete dejando sus bajos a Germán Coppini y Teo Cardalda para construir las primeras músicas de Golpes Bajos, poco antes de que Aerolíneas Federales comenzara sus ensayos en otro bajo de un chalet amigo en la Avenida de Peinador y cuando Reixa maquinaba sus primeros golpes creativos con Os Resentidos. Ya estaba ahí la poesía de los Rompente, con núcleo de Alberto Avendaño, Manolo Romón y el mismo Antón Reixa.

A Sachtmo y Manco se unía una cascada de locales que nacían en tropel como Ruralex, Líquido, La Kama, Vanitas... entre los que transcurría la peregrinación tribal, la movilización nocturna. Y cómo no, el Kremlim, un púlpito por donde pasó lo mejor de la música nuevaolera empezando por la misma Alaska con sus Pegamoides pero pasando por Freddy Fiingers Lee e incontables grupos de la mejor de la escena nacional y hasta internacional. Vigo era así en esos momentos y otras salas como Vanitas compitieron en tal porfía. Si hiciéramos narrativa de todos los derrames noctariegos que tuvieron lugar en el resto de los locales de Vigo, empeñados en una irreductible competencia festiva, saldría una epopeya, una épica epicúrea, una novela vertiginosa (algunas salieron en Xerais y otras editoriales).

Explosión

Entre una explosión lúdica de copas, conciertos o happenings creativos en los que galleaba el diseño de Galicia Moda, se daba cita una fauna fresca de jóvenes diseñadores, comiqueros, pintores (el movimiento Atlántida, todo un cambio en la pintura, es de esos años), fotógrafos... Eran los tiempos locos en que hasta un periódico tan cuerdo como FARO DE VIGO se permitía el lujo semanal de un suplemento de modernas formas y contenidos, Pharo The Be Go, y otro de moda de 12 páginas. Ningún otro periódico se atrevió aquella década a tanto.

Avanzados los 90, de aquella alegría colorista y singular en sus formas se pasó aun estado de languidez comatosa y monocromática. Quedaron supervivientes en la música, en el cine, en el comic o el diseño. Y un buen recuerdo. El mercado impuso sus designios, eligió a unos e hizo juguetes rotos de otros. Cayeron en combate personas, ideas e ilusiones pero no fue un movimiento en vano.