Biopic
Hannah Arendt y la banalidad
La película de Margarethe von Trotta trae de nuevo en primer plano a polémica filósofa

Caricatura de Hannah Arendt. / PABLO GARCÍA
ANDRÉS MONTES
Hannah Arendt (1906-1975) buscó la comprensión de su tiempo a través de la única forma que entendía de ser contemporánea: "el continuo diálogo con la esencia" de un siglo marcado a la vez por la atrocidad y por los mayores logros de lo humano. En el desafío de desentrañar su momento asumió riesgos intelectuales cuyo efecto añadido fue una relevancia social nunca deseada. Con todo eso compone Margarethe von Trotta "Hannah Arendt, la película recién estrenada en España, una biografía de la filósofa con la que cierra su trilogía sobre el nazismo.
"Rosa Luxemburgo" fue, en 1986, la primera de esas tres películas con las que Von Trotta quiso desafiar el silencio culpable de la generación de sus padres sobre los horrores de la época más oscura de Alemania. El activismo político de Luxemburgo -a quien Von Trotta considera una víctima precoz de Hitler- impregnó la infancia de Hannah Arendt a través de su madre, seguidora de la líder socialdemócrata. La niña que a los catorce años leía a Kant conoció a los dieciocho a Martin Heidegger, diecisiete mayor que ella, maestro y amante hacia el que experimentó lo que ella misma llamó una "indeclinable devoción a un solo ser", mantenida durante toda su vida. Aquel al que el premio Príncipe de Asturias George Steiner definió como "el más grande de los pensadores y el más pequeño de los hombres" fue una presencia indeleble en la vida de Arendt, que la llevó a desafiar el confinamiento personal en que vivía el mayor valedor intelectual del nazismo. Para otros, como Mario Bunge, Heidegger sólo era "un pillo que se aprovechó de la tradición académica alemana, según la cual lo incomprensible es profundo".
Una judía huida de Alemania que se resiste a negar en público a quien bendijo a Hitler desde lo más alto de la academia levantaba ya suspicacias que su afán a "pensar sin asideros", según su propia expresión, sólo podían agravar.
En mayo de 1960, agentes israelíes secuestran en Argentina a Adolf Eichmann, el teniente coronel de las SS encargado de la logística de la solución final, de garantizar que los trenes cargados con una parte de los más de tres millones de judíos que murieron en los campos llegaran a su horroroso destino. Arendt se ofrece al editor de "New Yorker" para ir a Jerusalén a cubrir el juicio. Serán cinco artículos que adquirirán una especial relevancia cuando aparezcan reunidos en un libro "Eichmann en Jerusalén" cuyo subtítulo "Informe sobre la banalidad del mal y abrirá las puertas a una controversia crucial para evaluar las responsabilidades y complicidades del nazismo.
Heidegger introdujo una crítica a la sociedad de masas que sus discípulos compartían al menos en parte, como era el caso de Arendt, para quien el totalitarismo resulta una consecuencia de dicha sociedad. En esa perspectiva, el Holocausto sería una derivación de las pautas del mundo moderno, la industrialización del exterminio, y muchos de sus ejecutores "asesinos de escritorio", burócratas bien engrasados que contribuían a mover el mortal engranaje. Gente vulgar en sus aspiraciones que cumplía con un trabajo anodino con una total renuncia a reflexionar sobre lo que hacía. "El lenguaje administrativo es mi único lenguaje", se defendía Eichmann en el juicio para acotar sus responsabilidades.
Su visión del acusado como un ser banal, un mero ejecutante de los designidios de la superioridad, exoneraba de responsabilidad a muchos alemanes cuya complicidad y silencio fueron imprescindibles para sostener el nazismo. Pero, sobre todo, Arendt alteraba la condición de las víctimas, al reprocharles su poca resistencia ante la aniquilación y la complicidad de destacados miembros de las comunidades judías. El fiscal, reprochaba, construyó su acusación "sobre lo que los judíos habían sufrido, no sobre lo que Eichmann había hecho", advertía la filósofosa, empeñada en "censurar los esfuerzos de judíos y no judíos por sustituir la política por la psicología", según su discípula y biógrafa y Elisabeth Young-Bruehl.
Su viaje a Jerusalén tuvo el efecto, según sus palabras, de una "cura posterior", una reconciliación con el pasado a partir de un cambio de perspectiva sobre los acontecimientos vividos. "El militarismo y el nacionalismo de los israelíes hicieron revivir en ella" antiguos recelos hacia aquella nueva patria y experimentó "el sentimiento ominoso de dejá vu", escribe Elisabeth Young-Bruehl. La autora de obras como "Sobre la revolución" o "Sobre la violencia" -recién reeditadas por Alianza Editorial- apreciaba un paralelismo entre las aspiraciones del sionismo y las del nacionalismo. Establecía así una "macabra ecuación de víctimas y criminales", en palabras de Richard Wolin, autor de "Los hijos de Heidegger".
"Arendt escribió en un estilo natural sobre temas que muchos de sus lectores, aleccionados de otro modo, veían desde una óptica muy diferente", excusa Young-Bruehl a su biografiada. Las experiencias eran tan complejas y sometidas a tal carga emocional que Arendt se habría podido evitar mucha incomprensión si les hubiera presentado a su propio autointerrogatorio, en primer lugar, si le hubiera permitido observar no solamente su teoría, sino también su lucha interior. Desde su punto de vista, "en el sentir muy extendido, las generalizaciones de la autora eran demasiado radicales, y ante dolorosos dilemas morales, la simpatía venía a ser tan importante como el reconocimiento franco de las malas acciones. Tal simpatía parecía estar ausente de la pluma de Hannah Arendt". Algo en lo coincide Wolin al afirmar que "la insensibilidad de Arendt a las dimensiones de la tragedia judía resulta sorprendente". En cualquier caso, relata su biógrafa, "tuvo que aprender a vivir con la reputación de le acarreó 'Eichmann en Jerusalén'. Elogios condenas y calumnias llegaban por correo y a través de los medios de comunicación. A pesar de sus deseos, era una figura pública en la década de 1960".
La protagonista de la película de Margarethe von Trotta fue ante todo una pensadora sin miedos, ajena al rebaño -"al único grupo que he pertenecido fue al sionismo. Y naturalmente, se debió Hitler. Duró desde 1933 a 1943, luego rompí con él"- que escapa a la clasificación y que a la pregunta de "¿dónde se sitúa usted en la perspectiva contemporánea?" respondía: "La izquierda piensa que soy conservadora y los conservadores algunas veces me consideran de izquierdas…No me preocupa lo más mínimo. No creo que este tipo de cosas arrojen luz alguna sobre las cuestiones realmente importantes de nuestro siglo" .
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