El Dogma 95 nació en el Festival de Cine de Cannes, cuando "Celebración", de Thomas Vinterberg, y "Los idiotas", de Von Trier, compitieron en la Sección Oficial con un manifiesto bajo el brazo que incluía el llamado "voto de castidad", una normativa artística que defiende el cine hecho sin artificios.

Algunas de las reglas del movimiento exigen utilizar de manera exclusiva la luz natural, no manipular la imagen ni filmarla separada del sonido, no alterar tiempo ni espacio y no hacer películas de género.

Aunque su verdadero valor "no reside en la proposición artística, sino en haber propiciado el debate y haber reivindicado el cine de muy pocos medios", apunta a Efe el crítico cinematográfico Juan Zabala.

"El manifiesto como tal fue posiblemente tomado mucho menos en serio por sus dos creadores que por los cineastas que les siguieron", continua Zabala, para quien el Dogma "más que una corriente artística fue una estrategia comercial que sirvió para lanzar a sus fundadores".

La crudeza en la temática de estas dos primeras cintas, que abordan con belicosidad la sexualidad, el incesto, y las enfermedades mentales, iniciaron una tendencia común en la mayoría de títulos que siguieron esta corriente artística.

El Festival de Berlín legitimó de forma definitiva el movimiento en 1999 al conceder el Oso de Oro a la comedia "Mifune", de Anders Thomas Jensen y Søren Kragh-Jacobsen, para un año después, otorgar varios premios a la danesa Lone Scherfig por "Italiano para principiantes", otra comedia que demostró que el humor también tenía cabida en la propuesta cinematográfica de Von Trier y Vinterberg.

Con las fronteras artísticas derribadas y el incondicional apoyo de la crítica, el Dogma reactivó la cinematografía danesa y no tardó en salir del país.

Uno de sus seguidores fue el polémico Harmony Korine, que inauguró el Dogma en los Estados Unidos e inquietó al público con "Julien Donkey Boy".

El director gallego Juan Pinzás también acató las reglas danesas en su trilogía compuesta por "Érase otra vez", "Días de boda" y "El desenlace", que apenas tuvo repercusión entre el público español.

"El cine estaba demasiado anquilosado y era necesaria una renovación. Dogma nos trajo esa renovación y nos abrió la puertas del cine digital", afirma Pinzás, quien adelanta que su próxima película no se ajustará a esta corriente, porque se deben "seguir buscando nuevas fórmulas para dignificar el cine".

De hecho, los cineastas daneses que iniciaron la corriente no volvieron a ajustarse al manifiesto inicial, al que quizá ni siquiera regrese Von Trier, tal y como él mismo aseguró en la pasada edición del Festival de San Sebastián.

Para la escritora Margarita Ledo, catedrática de Comunicación Audiovisual de la Universidad de Santiago de Compostela y autora del ensayo "Del cine-ojo al Dogma 95" (Paidós), el movimiento "fue una incidencia puntual que llegó para salvar del olvido a una determinada actitud de hacer cine a través de unos estrictos corsés creativos".

En "Las cinco obstrucciones", cinta de 2003 de Von Trier y Jørgen Leth, se "hace visible el proceso de construcción de una obra tal y como la entienden sus dos directores y significó el punto final de la propuesta", asegura la escritora Margarita Ledo.

Pero Von Trier no ha parado de experimentar desde entonces, pasando por la puesta en escena brechtiana de su trilogía sobre Estados Unidos -"Dogville", "Manderlay" y la inédita "Washington"- hasta llegar al "Automavision", técnica que aplica a su nueva cinta, "El jefe de todo esto", y que permite que sea un ordenador quien lleve el control de la cámara y fije el encuadre.

En su primera comedia, Von Trier mantiene su espíritu crítico a través de una trama de enredo que cuenta la inédita decisión de un empresario que contrata a un actor para que se haga pasar como el directivo que toma las decisiones difíciles.