04 de febrero de 2014
04.02.2014
Memorias

"En el colegio nos obligaban a bañarnos, por pudor, con camisón"

Octavia de Ponte, hija del alcalde vigués Salvador de Ponte, nuera del fundador de la Panificadora

07.02.2014 | 16:39

>>¿Es justo que las biografías las protagonicen solo los hombres que han tenido una actividad pública, en detrimento de tantas mujeres que, a su espalda, han sido su sostén y el requisito "sine qua non" de su triunfo?¿No es una discriminación vergonzosa, casi un maltrato de género, que aquellas mujeres a las que le ha tocado criar los hijos, organizar la retaguardia doméstica, ser las confidentes o consejeras imprescindibles para tomar las grandes decisiones que luego capitalizan ellos, no sean tenidas en cuenta? Octavia Chinchilla, madre de siete hijos, es una de estas mujeres que, en Vigo, han visto transcurrir la vida de la ciudad desde 1930, aunque gran parte de esos años atendiendo a los suyos y poniéndolos a punto para su encuentro con la sociedad. Hija de Salvador de Ponte y Conde, ingeniero militar, director de La Fábrica del Gas viguesa y alcalde de Vigo en 1960; esposa de Antonio Valcarce, primogénito del fundador de La Panificadora, creció, maduró y envejeció entre esa apellidocracia que hizo esta ciudad en sus distintos sectores. He aquí su vida, como homenaje a tantas mujeres que la entregaron por los suyos y nunca les pondrán, por ello, una calle. Sostuvieron a la sociedad desde el cuarto trasero de la historia..

>> En La Fábrica del Gas. "Vigo tenía pocos más de 65.000 habitantes censados cuando yo nací, allá por 1930. Me parieron en casa, como era propio de aquellos tiempos, asistida mi madre por Cesáreo Corbal, un médico de gran prestigio entonces, sencillo, bienhumorado y bondadoso al que acabaron llamando "el médico de los pobres". Aún le recuerdo de niña con aquellos zapatos relucientes que llevaba... ¡Cuánto lo quería!... Cuando entraba en una casa de derechas en aquellos años difíciles gritaba ¡UHP! (uníos hermanos proletarios) y si era de izquierdas, ¡Arriba España!. Solo a él se le permitían bromas como esa tras la guerra por la tremenda popularidad que tenía tanto entre unos como entre otros, como buen profesional y benefactor. No dije que nací en lo que en Vigo se llamaba La Fábrica de Gas, situada en Picacho y que suministraba alumbrado a la ciudad. Mi padre, Salvador de Ponte y Conde, militar que exhibía orgulloso su parentesco con Concepción Arenal, era ingeniero jefe de esta fábrica perteneciente a la Sociedad General Gallega de Electricidad, en aquellos años en que el gas perdía la batalla del suministro con la electricidad. Mi madre, Octavia Chinchilla, era chilena porque allí había emigrado mi abuelo Antonio desde Baeza, allí creó el cuerpo de bomberos de Iquique, allí hizo buen dinero y allí casó con mi abuela, Linda Castagneto Marchesi. Luego volverían para Madrid, donde vivían en el Paseo del Prado y donde la conoció mi padre, supongo que cuando estaba destinado como joven capitán en El Pardo. Hubo un tiempo en que mi padre estuvo encargado del palco de Franco y alrededores en los Desfiles de la Victoria. De la Fábrica del Gas de mi infancia recuerdo las visitas de verano de mi abuelo Antonio, y cómo plantó en su gran terreno, cercano a la finca de Pepiño Valeiras, guindos y los primeros caquis de Galicia".

>> La infancia. "La mía fue una infancia protegida pero no la recuerdo especialmente alegre, quizás porque mi padre era muy rígido, restrictivo, sobrio en el gasto hasta para comer, no sé si por razones económicas o de coherencia con la pobreza del momento. Todas mis amigas tenían una muñeca Mariquita Pérez, signo de aquella época, pero yo no la tuve nunca hasta estos años de mi vejez, en que compré una entre risas en una tienda de viejo. Tenga en cuenta que mi infancia estuvo teñida por las sombras de la guerra civil, aunque eso no es nada comparado con el sufrimiento de quienes la perdieron. En mi familia se respiraba un ambiente de derechas y de férrea disciplina paterna, casi castrense. Yo creo que les salí un poco levantisca: siempre he adorado la libertad que no tuve y eso, además del respeto a las ideas ajenas, es lo que intenté inculcar a mis siete hijos".


>> La educación, entre Esclavas. "Me mandaron interna a las Esclavas de Madrid, donde estudié entre mis 12 y 18 años, aquellos años duros de posguerra hasta en las ideas. ¡Nos obligaban a bañarnos con camisón para que no pecáramos con la vista! Yo ni caso, claro. Allí coincidí con gente como Cuqui Fierro, que era mediopensionista. Solo podíamos salir un día cada trimestre a ver el mundo, o sea cuatro calles de Madrid, y, como yo me portaba mal, no me daban ni ese día ¡Qué diferencia con mis nietas, que se iban con sus novios de fin de semana! Solo los veranos, en que yo volvía de vacaciones a Vigo, constituían un bálsamo aunque nuestras diversiones eran muy inocentes. Por ejemplo, me iba al Vao con mis amigas Marita Rivas o Patri Suárez, la que luego sería esposa del médico Segundo Troncoso, y nos llevábamos leche condensada y galletas. Una de nuestras distracciones de infancia era el cine. Era un espectáculo tan mágico que había días en que con mi amiga Chicha Amoedo nos íbamos a tres sesiones y tres cines (Rosalía Castro, Tamberlick, Odeón...) con la complicidad de la tata que nos llevaba. ¡Cómo pataleaban los de "gallinero"! Recuerdo también algún verano en que mis padres alquilaban una casa en Coruxo. De sociedades y bailes, yo poco puedo hablar porque apenas me dejaban salir sola en aquel Vigo de mi infancia y adolescencia. Y es que en los años 40 aún se empezaba a trazar la Gran Vía e íbamos a visitar a los Pernas, un chalet cercano a los de los Cominges y Jáudenes, y el camino era rural, puro monte".

>> El matrimonio. "No había cumplido los 20 y conocí a Antonio Valcarce. Había ido por vez primera al Suevia, un café precioso con orquesta, invitada por el vicecónsul de Argentina entonces, Humberto Rigamonte. De allí surgió una comida en La Toja a la que fui con Cristina Ozores y Begoña Urcola, y ahí le conocí. Cumplí 20 años en 1950 y me casé con él, que apuraba la boda quizás porque estaba viudo con 3 hijos muy pequeños a los que vi crecer y quise como a los otros cuatro que tuvimos después. Nada pudieron hacer por su mujer, a la que incluso operó un Nobel en Suiza. Antonio era el primogénito de Antonio Valcarce, todo un prohombre fundador de La Panificadora en 1924. Me casé en aquellos años 50 en que la ciudad empezaba a mirar al mundo tras un estancamiento en la década de los 40, y se consolidaban apellidos en diversos sectores como la arquitectura, la medicina, la empresa.... Mis coetáneos, levemente mayores que yo, eran gente como los empresarios Moisés y Julio Álvarez, José Ramón Curbera, Aguto Fadrique o Antonio Ramilo; médicos como Segundo Troncoso, Honorato Carreró o Enrique Olivié;arquitectos como Desiderio Pernas... Tras casarme, en 1950, pasé a vivir en La Panificadora y a tener el aroma del pan como acompañante diario. Aquello era un emporio de cálida actividad desde primeras horas de la madrugada".

>> Un suegro de altura. "Si digo que mi suegro, Antonio Valcarce, era un encanto, digo poco. Era una figura patriarcal, todo lo decidía él en su entorno familiar y empresarial, y y pronto empecé a admirar y querer a aquel hombre luchador frente al exterior y protector y afectivo en su círculo familiar, un ser muy inteligente que calaba enseguida a las personas. Nosotros vivíamos en el tercer piso de La Panificadora y él en el primero pero en verano se marchaba a su casa de Ferreira de Pantón y allí nos recibía a toda la familia, que a veces llegábamos a ser casi cincuenta. Antonio y yo y nuestros siete hijos, mi cuñado Manolo Valcarce con su mujer y los cuatro suyos... En tiempo de matanza sacrificaba un cerdo para cada hijo y me encantaba al ir a Ferreira, coger por las mañanas unas "vienas" calentitas en La Panificadora y, al llegar allí, que él nos hiciese unos deliciosos bocadillos de chicharrones"

>> Mi padre, alcalde. "Mi padre fue alcalde de Vigo entre 1960 y 1963 pero la verdad es que, ocupada como estaba criando a tantos hijos, apenas participé como familiar de tal experiencia política. No oculto que a mí los cargos a dedo, la dedocracia, no me gusta nada. ¡Qué puedo decir de mi padre? Nació en 1894, estuvo en el Ejército y uno de sus destinos fue como capitán en El Pardo; como ingeniero fue contratado por la Sociedad Gallega de Electricidad para dirigir La Fábrica de Gas en Vigo, fue directivo de Club de Campo... Como alcalde dejó avanzadas las gestiones para la cesión por el Ministerio de Defensa del monte del Castro a Vigo, aprobó la construcción del Polígono de Coia ... Murió súbitamente de una trombosis mesentérica, siendo alcalde, y su entierro fue impresionante en gente.".

>> Los buenos amigos. "Con mi marido Antonio llegué a cumplir las bodas de plata. Entre nuestros amigos más queridos estaba Francisco Fernández del Riego y su mujer. Mucho Cohíba le regalé.... Cuando íbamos a Trasalba, tierra de Otero Pedrayo, parábamos en A Cañiza para tomar el bocadillo. ¡Qué recuerdos! En Playa América estábamos mucho juntos, era todo bondad. En fin, recuerdos que se me acumulan en esta vida en que he conocido a tanta gente, en que tanta de mi generación se me ha ido para siempre y en la que tanta por fortuna sigue ahí presente".

El "tapado" y el "rabioso"

"Mi suegro, sin ser de izquierdas, escondió durante la guerra civil o al acabar, en su casa de La Panificadora, a un trabajador de astilleros políticamente significado. Le habían rogado unos amigos que lo ocultara porque nadie iba a sospechar que lo tenía él, so pena de que le cogiesen y acabase en el otro mundo. Así lo hizo y le puso en un fallado con una buena habitación. Un día, en el entierro de su hijo pequeño, Fernando, entre los que fueron a firmar a su casa como antes era costumbre apareció el teniente de la Guardia Civil Fernando González Rodríguez, "El Rabioso", así llamado por su obsesiva persecución de disidentes. Me contó mi suegro que "El Rabioso" le comentó distraídamente (o a lo mejor no tan distraídamente) que "andaba loco" buscando precisamente la persona asilada por mi suegro (sin saber que lo tenía él unos pisos más arriba) y le llegó a decir, señalando a su pistola: "Como lo encuentre, ésta que llevo aquí se la desacargo en la tripa". No consigo recordar el nombre de esta persona pero creo que pudo escapar en un barco, huir al exilio y al paso de los años volver a España".
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