04 de agosto de 2013
04.08.2013

Corre, corre que te pillo

Un maduro Pitt aporta solidez a una película disparatada sobre zombis trotones que rebaja al mínimo los excesos sangrientos del género y concentra el fuego taquillero en un puñado de escenas espectaculares

04.08.2013 | 03:14
Brad Pitt, junto a Mireille Enos, preparándose para deshacerse de los zombis.

"Quiero hacer una película que mis hijos puedan ver antes de hacerse mayores", dicen que dijo Brad Pitt sobre su empeño en sacar adelante un proyecto tan ambicioso como "Guerra Mundial Z", y que a punto ha estado de despeñarse tras un rodaje calamitoso a partir de un guión en el que parece que haya metido plano hasta la sobrina del padre del encargado de mantener el café caliente. A veces el éxito tiene estas contradicciones: la película arrasa en taquilla a pesar de ese caos, un agujero negro de producción que ha engullido millones de dólares, secuencias enteras y, lo que es más grave, la excelente novela en que se basa. Porque del texto literario lo único que sobrevive es el título.
Nunca tres palabras han salido tan caras. Metido a productor, Pitt y sus colegas han hecho una película de zombis tan "light" que se diría financiada por Disney. Y tal vez ahí haya que buscar las razones de su éxito: el género de muertos vivientes tiene un techo taquillero, seguramente porque hay mucha gente a la que echa para atrás sentarse a comer palomitas viendo cómo unos cadáveres muertos de hambre se dedican a devorar a sus semejantes. Es decir, que al mutilar sin miramientos la novela y cargarse cualquier atisbo de sangre o vísceras hasta extremos sorprendentes, Pitt encuentra una bolsa de espectadores gigantesca y casi de todas las edades, a los que entregar un producto doscientos por cien palomitero, con una presencia casi constante de su estrella, reconvertido en un Bond con sentimientos e igual pericia para sobrevivir a cualquier situación por imposible que parezca, y con un puñado de escenas hechas a golpe de ordenador que sí, que son ciertamente espectaculares, pero que se contemplan sin empatía alguna con los personajes. ¿Por qué? Porque en el despellejamiento de la novela, entre otras cosas, se ha perdido cualquier brote de humanidad que permita identificarse con ellos, por más abrazos y llantos que haya: son, como personajes, tan zombis como los que corren como gacelas en busca de carne fresca, con la diferencia de que hablan.
Que Brad Pitt empiece la película con una espumadera como entregado padre de familia y acabe empuñando hachas y otros utensilios de romper cabezas podría tener su (maldita) gracia si en ese proceso hubiera una evolución bien descrita de su personalidad, pero, por desgracia, pasa de hacer desayunos a viajar de un país a otro en un santiamén porque sí, o porque Bond debía estar de vacaciones en ese momento. Al director Forster se le ve suelto al principio, cuando introduce el terror de forma brusca y realista en un atasco dentro del hormiguero urbano o en las primeras persecuciones (Pitt a un paso del abismo contando para saber si ha sido contaminado, y, en caso afirmativo, arrojarse a él), pero cuando el guión empieza a meter militares y apela a la gran Misión Salvadora en manos de un Mesías con melena, el tinglado empieza a desmoronarse y los disparates se acumulan unos sobre otros, igual que esas montañas de zombis que escalan murallas de Israel como si fueran hormigas enrabietadas a velocidades vertiginosas. Muy vistoso, sí, pero con un punto grotesco que aniquila cualquier posibilidad de sentir inquietud ante la dichosa amenaza.
Los rodajes conflictivos pueden llegar a ser muy creativos (desde Casablanca hasta los de Peckinpah) pero aquí parece todo lo contrario. Se nota demasiado un montaje sin anestesia que serrucha personajes y pega saltos sin contemplaciones hasta llegar a un clímax que sustituye el inicialmente previsto (al parecer, con Pitt convertido en un matazombis implacable en la madre Rusia) por otro de lo más convencional, y que vuelve a llenar de pasillos la película. Tanta guerra mundial, tanta cruzada de un solo hombre contra millones de enemigos y, al final, todo se reduce a un truquito de "camuflaje" rodado (¿por Forster o por algún director contratado a prisa y corriendo para colocar el parche?) de cualquiera manera. Y sin sangre, eso que quede bien claro.
Guerra Mundial Z, abierta a una secuela en su final abierto (y que incorpora uno de los pocos detalles ingeniosos, por cierto) tiene una secuencia en el interior de un avión que sí funciona a la hora de combinar tensión y violencia como fórmula para crear inquietud creciente, y, puestos a buscar puntos positivos, muestra a un prometedor Brad Pitt como actor seguro de sí mismo que deja atrás tics y excesos para limitarse a ser una presencia que aporta madurez y sobriedad, salvando por los pelos (no es un chiste, lo prometo) un papel escrito a vuela pluma. Esperemos que en la inevitable "Guerra Mundial Z 2", demuestre que, además de buen actor, puede llegar a ser un buen productor.

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