22 de abril de 2012
22.04.2012

La poeta Kruckenberg recupera su salud cantando a las heroínas del jazz

La autora prepara la presentación de su último libro en un acto en Vigo

22.04.2012 | 08:40
Kruckenberg, en su hogar en Vigo, con su último libro, "Jazz espido. Un e dous". // Jesús De Arcos

¿Cómo definirían ustedes a Ella Fitzgerald? Quizás piensen que resulte imposible hacerlo en una palabra, ni siquiera en una frase sin despejar el temor de renunciar a la poesía de su voz, el desgarro íntimo de la melodía en su boca o sus letras de amor y desamor tocando una y otra vez en un vinilo o en la playlist de redes sociales. La poeta María do Carme Kruckenberg (Vigo, 1926) ha logrado homenajear con la palabra a Ella pero también a otras compañeras del jazz negro como Peggy Lee o Aretha Franklin. Lo ha hecho pariendo un poemario que escribió fugaz y que encierra en él una simbología solo explicable por ella misma y mediante otro de sus libros anteriores al lado.
De hecho, para esta ocasión, ha optado por hablar de su última obra desplegando una joya que vio la luz en 1999. En ese año, Kruckenberg publicaba "Jazz Espido" con Edicións do Castro. Ese poemario, en el que cada poema venía acompañado de un dibujo de Eva Llorens, tuvo su versión de edición de coleccionista. Solo 250 unidades nacieron.
Ahora, se retoma ese proyecto –pero en formato pequeño– con los poemas dedicados a hombres del jazz y acopañados de los dibujos de una mujer desnuda bailando su música al lado (de Llorens). Esa es la primera parte de "Jazz espido. Un e dous" (Editorial Barbantesa) donde la segunda etapa está formada por poemarios dedicados a las mujeres emblemáticas del jazz acompañados de dibujos de hombres de Puri del Palacio.
"En octubre (de 2011), más o menos, acabé el libro. Estaba previsto presentarlo en noviembre en A Coruña, pero el día 21 o 22 de ese mes caí y rompí el fémur", rememora Kruckenberg. Debido a este accidente, la autora tuvo que ser ingresada en una residencia de la que salió hace solo unos días. En el centro, la convencieron de que su vida no volvería a separarse de una silla de ruedas. La voluntad y el ejercicio físico impidieron que el vaticinio se cumpliese. "Me dije: ´Tengo que caminar´".
La única pega fue la venta del coche ante la seguridad de que no volvería a andar. "Me quitaron la libertad", lamenta una mujer a la que no le gusta "depender de alguien" y que espera presentar en 15 ó 20 días el nuevo libro en Vigo.
"Ahora ando y salgo. Los viernes voy con las amigas a disfrutar de un vinazo tinto a una tasca", sonríe traviesa quien ahora vive un momento de mucha más vitalidad que cuando Galaxia había publicado sus memorias –a cargo de Mercedes Queixas–, biografía que tendrá segunda parte, según la poeta.
A Kruckenberg se la ve radiante, aunque asegura que "ya he dicho todo lo que tenía que decir", en la poesía. Al dirigirle una mirada dudosa, rectifica en dos segundos: "Creo que ya he dicho todo lo que tenía que decir; aunque eso también lo dije al publicar el anterior libro...". El animal literario que lleva dentro sabe que no hay verdades absolutas en el amor a la palabra. Por eso, porque lo sabe, se ríe de sus propios vaticinios.

Un estilo musical que entró en su cabeza cuando tenía 12 años
"Mi interés por el jazz comenzó cuando tenía 12 años", rememora en gallego Kruckenberg. No por influencia de su padre, sino que fue ella misma la que fue abriendo su mente a esta música. "A los 15, ya me empecé a adentrar más y más. En el año 1949, casé con un italiano, como todo el mundo sabe, del que me separé. Él era aficionado al jazz. Nos fuimos a Argentina y allí llegué a tener una colección maravillosa que tuve que dejar, al igual que mi colección de libros", recuerda con una sombra en la boca.
Ya de regreso a la casa familiar con su única hija, María do Carmo Kruckenberg rehizo su vida y, por supuesto, su colección de discos de música negra que llegó a escuchar en directo en Estados Unidos en jam sessions. "Para mí, después de la música clásica de Beethoven y otros compositores, está el jazz", señala interrumpiendo sus memorias. "Yo me pasaba horas enteras en esos tugurios del sur de Nueva York que nadie conoce escuchando jazz. A la gente joven, ya no les enseñan esos sitios", lamenta una autora que destaca la labor pionera de su último libro.
"Ninguna mujer hizo antes un libro de poemas a las mujeres y hombres del jazz", defiende para después reconocer la gran diferencia entre los poemas dedicados a los hombres y los compuestos en honor a las mujeres. "Sí, en esta segunda parte hay más oscuridad. El mundo de las mujeres es más complicado. Segundo: las voces son diferentes a los escritos", explica.
Para ilustrar su aseveración, recuerda a Betty Carter (1930-1998). "Nadie cantó los blues como ella. Fue muy desgraciada, el marido la metió en la droga, intentó suicidarse y, al final, acabó así. Su poema fue difícil de hacer", reconoce Kruckenberg.

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