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Un caracol francés (II)
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José Luis Alvite
Blusa blanca, sometida al cuerpo por un suéter azul marino muy ceñido, y pantalones vaqueros, tan ajustados que casi llevaba por fuera de ellos la circulación de la sangre y la piel de las piernas. Ojos pegadizos y vientre plano. Hombros bien formados, la espalda, recta, y el culo, como si acabase de sentarse Dios en él. Mediana estatura. Melena trigueña retirada a los lados en dos mechones que salían de las sienes y se reco- gían a lo alto con una discreta horquilla de carey en el cogote, caído en andas el resto del pelo sobre la espalda y los hombros, como una esclavina de heno recién segado. Una perla en cada oreja, y en los labios, el rictus agridulce de una sonrisa si acabar en la que a mi me pareció que incluso la felicidad habría caído superflua y a destiempo, como una buena noticia en la tumba más fresca del cementerio. En el penumbroso plasma del "Maycar", la lámpara giratoria del techo paseaba por su rostro las lentas amebas en las que la música descomponía el tiempo. Ella venía de fracasar en Marsella con un hombre y yo llevaba meses sin objetivos que cumplir, con la remota esperanza de que el viento hiciese cruzar la calle a las aceras. Me dijo que estaba dispuesta a un intercambio de confidencias con la condición de que diésemos por buena la conveniencia de mentir. "Si te contase mi vida al pie de la letra -explicó- sabrías que soy una chica corriente a la que le ocurrieron cosas ordinarias, incluida la ordinariez de un matrimonio en el que el acontecimiento más sobresaliente fue su fracaso". Los dedos de su mano derecha tanteaban el filo de mi copa. "Me siento a gusto aquí -prosiguió-. Siempre encontré agradable la sensación de estar lejos de alguna parte, sentada en un sitio como este, al lado de alguien que lo único que sabe de mi es un poco de saliva en su mano... Me apetecía conocer Santiago, pero no me importa perderme sus detalles por estar acompañada por un hombre que me ocupe el tiempo que necesitaría para conocerla... Siempre quise vivir un momento como este, ¿sabes?, quedarme un rato aquí mismo, en este club casi sin gente, sentada con un par de copas al lado de un desconocido que respira hondo y me mira todo el rato sin atreverse a probar mis mejillas con la palma de su mano, prudente, fumador y pensativo, mientras en nuestros cuerpos ocurre en vano la música que suena". En ese instante pensé atraer su cara hacia la mía pasándole una mano por la nuca y besarla con un beso largo y definitivo que nos cambiase de garganta la voz y el vocabulario. No me dio tiempo. Una mano suya rozó mi mejilla y me dejé llevar sin resistencia hacia sus labios, como recordaba haberme dejado llevar de niño la mano por la maestra que me enseñó a escribir hilando. Fue un beso rabioso y apretado que se me hizo largo, amniótico e irrespirable como si nos estuviésemos besando en el fondo del mar, pero resultó también uno de esos besos comestibles y excitantes que saben a sexo y a comida. Después ella apoyó su cabeza en mi hombro y yo me pasé los dedos por la boca para comprobar los desperfectos. No recuerdo muchos besos como aquel. Me había quedado tan entumecida la boca, que pensé que pasarían varias semanas antes de que pudiese silbar de nuevo "El puente sobre el río Kwai". Fue una noche por muchas razones inolvidables, pero sobre todo, lo fue por aquel beso hambriento, sincero y contundente, un impulsivo beso acaso sin mucho amor, pero de cualquier modo, uno de esos carnales besos que te dejan ardiente, feliz y cenado. Me levanté presa de la excitación y caminé algo encorvado hasta el baño. Entones me miré al espejo. ¿Y sabes qué, muchacho?, pues nada, que resulta que vista en el espejo del baño, mi boca tenía el aspecto aplastado de alguien que hubiese intentado hinchar las cuatro ruedas del coche con la trompeta de Chet Baker, los labios de Louis Armstrong y los pulmones de un ahogado. Recuerdo que un tipo me preguntó la hora mientras meábamos. Eran las doce, joder, sí que eran las doce, pero por culpa de no poder pasar la lengua por entre los dientes, le dije que era la una.
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