Microbiota, probióticos, intolerancias, dietas detox, SIBO, inflamación… La salud intestinal está más presente que nunca en nuestras conversaciones. Cuatro especialistas de Quirónsalud ponen orden entre mitos y certezas y explican qué necesita realmente nuestro intestino para mantenerse sano y qué señales no deberíamos pasar por alto.
¿Hinchazón? Será la microbiota. ¿Malas digestiones? Quizá una intolerancia. ¿Estreñimiento? Probemos un probiótico. ¿Molestias recurrentes? ¿Y si es SIBO? Haré ayuno. En los últimos años la salud intestinal ha saltado de las consultas médicas a las redes sociales y a las conversaciones cotidianas. Nunca habíamos hablado tanto del intestino. Y probablemente nunca habíamos acumulado tantos consejos, remedios, dietas y supuestas soluciones para cuidarlo.
Frente a todo ese ruido, los especialistas coinciden en algo mucho menos llamativo, pero bastante más eficaz: cuidar nuestro intestino tiene más que ver con mantener buenos hábitos en el tiempo y reconocer cuándo un síntoma deja de ser puntual que con buscar respuestas rápidas.
Y merece la pena prestarle atención. Porque este órgano en forma de tubo largo y sinuoso hace mucho más que procesar los alimentos. En realidad, “cuando hablamos del intestino lo hacemos de dos órganos con distintas partes y funciones diferentes pero complementarias”, explica el Dr. Román Turró, especialista del Servicio de Aparato Digestivo en Centro Médico Teknon. El intestino delgado —formado por duodeno, yeyuno e íleon— completa buena parte de la digestión y es el principal responsable de absorber nutrientes, vitaminas, minerales y una parte importante del agua. El grueso —que comprende el ciego y los diferentes tramos del colon hasta llegar al recto— recupera fundamentalmente agua y electrolitos, concentra el contenido intestinal y permite finalmente la formación y evacuación de las heces. Nuestro intestino alberga, además, buena parte de nuestra microbiota, participa en numerosos procesos metabólicos y desempeña un importante papel en el sistema inmunitario.
¿De verdad tenemos un “segundo cerebro”?
Se dice, incluso, que el intestino es como un “segundo cerebro”, una afirmación que parte de una base real pero que, como advierten los especialistas, no debemos interpretar literalmente.
El aparato digestivo posee su propio sistema nervioso, el sistema nervioso entérico (SNE), formado por una extensa red de neuronas capaz de regular numerosas funciones intestinales con cierto grado de autonomía. Pero al mismo tiempo, existe una comunicación constante y bidireccional entre intestino y nuestro sistema nervioso central (SNC) mediante vías nerviosas, hormonales, inmunológicas y metabólicas, en la que también interviene la microbiota. Es lo que se conoce como eje intestino-cerebro.
“El cerebro controla al intestino, pero el intestino informa continuamente al cerebro”, resume la Dra. Blanca López Lario, especialista del servicio de Aparato Digestivo del Hospital Quirónsalud Córdoba. Esto ayuda a explicar, por ejemplo, por qué el estrés puede alterar la digestión.
Pero hablar de un “segundo cerebro” no significa que el intestino piense ni que determine por sí solo nuestras emociones o nuestro estado de ánimo. Si bien es cierto que gran parte de la serotonina del organismo (popularmente conocida como hormona de la felicidad) se produce en el intestino -alrededor del 90%-, esa serotonina actúa fundamentalmente a nivel local, participando en funciones intestinales como la motilidad o la secreción. “La serotonina periférica no atraviesa directamente la barrera hematoencefálica y, por tanto, aunque sí puede influir en nuestro cerebro mediante múltiples vías, no puede afirmarse que regule nuestro estado de ánimo”, aclara el Dr. Gerardo Blanco, especialista del Servicio de Aparato Digestivo en el Hospital Quirónsalud Torrevieja.
Consejos para mantener un intestino sano
Dada su complejidad y su importancia para el buen funcionamiento del organismo y nuestro bienestar, resulta lógico que queramos mantenerlo sano. Pero, cuando preguntamos a los especialistas cómo hacerlo, sus recomendaciones se parecen mucho más a las bases de un estilo de vida saludable que a cualquiera de las fórmulas que proliferan en redes sociales. Aquí no hay atajos.
«Lo importante es la suma de hábitos saludables mantenidos en el tiempo», señala el Dr. Alfonso Martínez Turnes, especialista de Aparato Digestivo del Hospital Quirónsalud Miguel Domínguez, en Pontevedra.
El punto de partida es una alimentación variada y poco procesada, con presencia habitual de frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y frutos secos. La fibra resulta especialmente importante y debe ir acompañada de una hidratación adecuada. También cuenta mantenerse activo, dormir bien, gestionar el estrés, limitar los ultraprocesados y evitar el tabaco y el exceso de alcohol. El Dr. Martínez Turnes añade otras costumbres sencillas: comer sin prisas, masticar despacio y evitar automedicarse con laxantes, antibióticos u otros fármacos.
“No existe un alimento milagroso ni una dieta universal”, reitera el Dr. Turró. Y recuerda además un hábito al que no siempre prestamos atención: respetar la necesidad de ir al baño y no posponerla sistemáticamente.
Moverse también importa. La actividad física favorece la motilidad intestinal, mientras que el sedentarismo puede ralentizar el tránsito y favorecer el estreñimiento. Tampoco hace falta plantearse objetivos deportivos extraordinarios: caminar, subir escaleras o reducir las horas que pasamos sentados ya son cambios positivos.
La microbiota importa, pero no lo explica todo
Son recomendaciones sencillas, al alcance de casi cualquiera y, sobre todo, sostenibles en el tiempo. Sin embargo, a los especialistas les preocupa que, en nombre de la salud intestinal -y muy especialmente de la microbiota-, cada vez más personas “recurran a suplementos, dietas muy restrictivas o pruebas comerciales sin una indicación clínica clara”, advierte el Dr. Turró. La investigación en este campo, añade, avanza con rapidez, pero todavía existe “una distancia considerable entre muchos hallazgos científicos y determinadas promesas comerciales”.
Pero ¿qué es exactamente la microbiota? Se trata del conjunto de microorganismos que habitan nuestro aparato digestivo, especialmente el colon, y que forman un ecosistema complejo. Participan en la fermentación de componentes de la dieta que no digerimos por completo, producen determinadas sustancias e interactúan de forma estrecha con nuestro sistema inmunitario. Su papel es importante, pero eso no significa que explique cualquier molestia digestiva.
La Dra. López Lario pone el foco, por ejemplo, en el auge de los test de sensibilidad alimentaria no validados y en el consumo indiscriminado de suplementos de múltiples ingredientes “naturales” que prometen mejorar cualquier síntoma digestivo pese a que sus posibles efectos adversos no siempre se conocen bien.
En ese mismo contexto ha ganado protagonismo el SIBO, siglas en inglés de sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado. La Dra. López Lario lo cita entre los trastornos que se ven en consulta, junto al síndrome de intestino irritable, las intolerancias alimentarias o la enfermedad celíaca. El problema aparece cuando síntomas tan comunes como la hinchazón, los gases o las alteraciones del tránsito llevan directamente al autodiagnóstico. Tener molestias digestivas no significa necesariamente tener SIBO, una intolerancia o una microbiota “dañada”.
Y algo similar ocurre con los probióticos. Su popularidad ha crecido enormemente, pero no todos son iguales ni sirven para lo mismo. El Dr. Blanco recuerda que no necesitamos tomarlos de forma rutinaria y que sus posibles beneficios dependen de las cepas concretas y de la indicación para la que se utilicen.
Ni detox ni alimentos prohibidos porque sí
Esta búsqueda de soluciones rápidas a menudo se traduce en cambios drásticos de alimentación para “limpiar”, “desinflamar” o “resetear” el intestino. Pero “un intestino sano no necesita limpiezas ni dietas restrictivas sin motivo”, señala el Dr. Blanco. De hecho, eliminar alimentos por nuestra cuenta puede provocar déficits nutricionales, empobrecer innecesariamente la variedad de la dieta e incluso dificultar el diagnóstico de la causa real de los síntomas.
El Dr. Turró pone como ejemplo el gluten: si una persona sospecha que puede padecer enfermedad celíaca y lo elimina antes de consultar, puede alterar las pruebas necesarias para confirmar o descartar el diagnóstico.
La Dra. López Lario añade otro riesgo: las dietas restrictivas mantenidas sin indicación pueden reducir la diversidad de la microbiota y favorecer una relación poco saludable con la comida. Incluso las dietas que sí cuentan con respaldo científico para determinadas situaciones deben aplicarse con criterio y, cuando corresponde, bajo supervisión profesional.
“La salud intestinal se construye poco a poco, a partir de pequeñas rutinas que mantenemos en el tiempo, y no de soluciones rápidas”, insiste el Dr. Martínez Turnes.
No hay que ir al baño todos los días
¿Y qué ocurre con esa vieja creencia de que hay que ir al baño todos los días? Lo cierto es que, tal y como afirman los doctores, no existe una única frecuencia que defina por sí sola un intestino sano y, de forma orientativa, esta “puede abarcar desde tres deposiciones diarias hasta tres semanales”, calcula el Dr. Blanco. Además, el número no es lo único importante.
“En medicina importa tanto la frecuencia como la consistencia de las heces, el esfuerzo al defecar, la sensación de evacuación incompleta y, sobre todo, un cambio respecto al patrón habitual”, explica el Dr. Turró.
Una diarrea puntual tras una infección, un episodio de estreñimiento durante un viaje o una alteración asociada a un cambio de alimentación pueden entrar dentro de lo esperable. Diferente es que esos síntomas sean persistentes, se repitan con frecuencia o supongan un cambio claro respecto a lo que acostumbre esa persona.
Algo no va bien: señales de alerta
Esa idea -el cambio respecto a lo habitual- es una de las que más se repite entre los cuatro especialistas. No se trata de alarmarse ante cualquier molestia puntual, pero dolor abdominal persistente o recurrente, diarrea prolongada, estreñimiento de nueva aparición, sangre en las heces, anemia, pérdida de peso involuntaria, sensación de evacuación incompleta o alteraciones mantenidas en el ritmo intestinal son algunas de las señales que justifican una valoración médica. La Dra. López Lario añade también la urgencia deposicional y una distensión abdominal persistente entre los síntomas que conviene tener en cuenta cuando dejan de ser ocasionales.
Uno de los que más tendemos a normalizar es el sangrado rectal. Muchas veces se debe a hemorroides, pero asumirlo sin más puede hacer que pasemos por alto otras causas. El Dr. Blanco insiste en que, “especialmente cuando el sangrado es nuevo, recurrente o aparece acompañado de anemia, pérdida de peso o cambios en el ritmo intestinal, conviene consultarlo”.
El Dr. Martínez Turnes señala también el estreñimiento mantenido como uno de los síntomas que más se banalizan. La idea de “yo siempre he sido así” puede hacer que una persona conviva durante años con un problema que podría mejorar con tratamiento, y que en otras ocasiones merece estudios adicionales.
Del intestino irritable al cáncer colorrectal
Entre los trastornos más frecuentes que se tratan en consulta se encuentran el estreñimiento funcional, el síndrome del intestino irritable, las gastroenteritis, la enfermedad diverticular y distintas intolerancias. También hay patologías como la enfermedad celíaca, la enfermedad de Crohn, la colitis ulcerosa, los pólipos y el cáncer colorrectal, enumeran los doctores.
Este último merece una atención especial tanto por su frecuencia como por una tendencia observada en los últimos años: el aumento de casos en adultos jóvenes en numerosos países, aunque el riesgo siga siendo mayor a edades más avanzadas. Al mismo tiempo, ofrece una importante oportunidad de prevención y diagnóstico precoz. Muchos de estos tumores se desarrollan a partir de lesiones precursoras, fundamentalmente pólipos, que pueden tardar años en evolucionar. El Dr. Martínez Turnes recuerda que detectarlos y extirparlos cuando todavía son benignos permite evitar, en muchos casos, que lleguen a convertirse en cáncer.
Y no hace falta que aparezcan síntomas. De hecho, el cáncer colorrectal puede ser asintomático en sus primeras fases, de modo que los programas de cribado buscan detectar la enfermedad o sus lesiones precursoras en personas aparentemente sanas, antes de que den señales. Si el resultado hace necesario ampliar el estudio, la colonoscopia permite confirmar el diagnóstico y actuar sobre esas lesiones. Como resume la Dra. López Lario, “detectarlos mediante cribados salva vidas”.