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Whisky de malta

Maestro del género negro, el escocés William McIlvanney, resucita a Jack Laidlaw para desenmarañar un caso de corrupción. Es la segunda entrega dedicada al peculiar y sagaz detective

William McIlvanney

William McIlvanney

Laidlaw parece estar de vuelta de todo, hosco en apariencia, de métodos poco convencionales pero que bajo su áspera capa esconde una gran humanidad y aguda inteligencia. Con su capacidad de adentrarse más allá de lo que la gente cuenta, esta vez debe aclarar la desaparición de un estudiante muy idealista que da nombre al título del libro. Y asi se encontrará con un rastro de corrupción que corroe la sociedad desde las más altas esferas hasta los estamentos más bajos.

“Los papeles de Tony Veitch” constituye la segunda entrega de la llamada trilogía de Glasgow, que McIlvanney (Kilmarnock, 1936-Glasgow, 2015) comenzó a finales de los setenta con “Laidlaw” y completó a finales de los noventa con “Extrañas lealtades”. Considerada una obra emblemática del “tartan noir” –género de novela policíaca particular de Escocia, aunque para McIlvanney no fuese más que una etiqueta–, ofrece un vibrante recorrido por las calles y el alma de Glasgow.

Todo comienza cuando Eck Adamson, un vagabundo alcohólico, llama al inspector en su lecho de muerte y Laidlaw ve en el críptico y último mensaje de Eck una clave para resolver el asesinato de un rufián del mundo del hampa y aclarar la desaparición del estudiante Veitch. La narración no sigue una estructura lineal desde los ojos del comisario, sino que la componen todos los personajes que intervienen en la trama, que son muchos. Y aunque nadie parece estar interesado en investigar la muerte de un borracho desconocido –“El vino que me dio… no era vino”, le susurra ya agónico en la cama del hospital al policía–, sí lo está el brillante detective, que quiere saber más. Entre las pertenencias del muerto hay varios papeles y el nombre de Paddy Collins, también asesinado. Nada es casual entre los personajes que van apareciendo, interesados en dar con Tony Veitch por un motivo u otro.

Escrita con prosa brillante y cautivadora, la novela está aderezada de un humor sombrío y diálogos inolvidables, propios de un caballero escocés como lo fue McIlvanney, que ejerció como profesor de inglés hasta que en 1975 dejó su puesto para dedicarse a su carrera de escritor. Poeta y colaborador en prensa, falleció el 5 de diciembre de 2015.

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