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Vuelve Quevedo

La Academia de la Lengua lanza la edición definitiva de “El Parnaso español”, una obra que no se había publicado completa desde el siglo XVII

Retrato de Francisco de Quevedo Velázquez

En la mitología clásica, el Parnaso era la montaña en la que moraban las musas que inspiran a los artistas. Una de las acepciones de la palabra parnaso atiende también a nombrar el conjunto de los poemas de una época, de un género o de un autor. En los últimos años de su vida Francisco de Quevedo estuvo dedicado a recopilar la totalidad de sus obras en verso para publicarlas con el título de “El Parnaso español”. No había completado su trabajo cuando la muerte lo sorprendió en 1645. Fue su amigo, el humanista José González de Salas, quien tomó a su cargo la labor inacabada de Quevedo. La publicó en 1648 añadiendo notas explicativas y una introducción de su autoría en la que incluye disertaciones eruditas sobre las musas y los géneros poéticos del autor. Quevedo había proyectado dividir su poesía en nueve secciones que llevarían el nombre de las nueve musas del Parnaso.

En la edición de González Salas sólo figuran seis de las nueve planeadas, tal vez por la dificultad de asignar los poemas de Quevedo a las tres restantes o porque la obra completa iba a resultar de un volumen inmanejable. Aún así son 554 composiciones y más de 25.000 versos de Quevedo y queda fuera gran parte de su obra poética. Pedro Aldrete de Quevedo y Villegas, sobrino del autor, publicaría las tres restantes en 1670 con el título de “Las tres musas últimas castellanas”.

El Parnaso, de Rafael Sanzio (Renacimiento, 1511)

Desde el siglo XVII el “Parnaso español” nunca se volvió a publicar completo. Ahora la Real Academia y la Editorial Espasa lo hacen en la colección dedicada a los clásicos de la lengua española, respetando la edición de González de Salas en su totalidad, incluyendo los grabados originales de Juan de Noort con dibujos de Alonso Cano y añadiendo, en un volumen aparte, un estudio de Ignacio Arellano, experto en Quevedo, fundamental para entender y contextualizar esta gran obra poética de nuestra literatura.

Dedicado a su protector

Quevedo dedicó “El Parnaso español” a Antonio Juan Luis de la Cerda, duque de Medinaceli y de Alcalá, y su protector. El aristócrata había actuado como apoderado en el matrimonio del poeta. El título completo de la edición de Salas es “El Parnaso español monte en dos cumbres dividido, con las nueve musas castellanas”, a pesar de que, como se ha dicho, incluía sólo seis de esas nueve musas.

En “El Parnaso español” están todos los temas que Quevedo trató en su obra según los valores religiosos y filosóficos de la época: la muerte, el tiempo fugitivo y la brevedad de la vida, la miseria, la virtud y los valores eternos, la vanidad y las apariencias, las glorias mundanas, la trascendencia… una completa reflexión sobre el sentido de la existencia. También la crítica costumbrista a fiestas, creencias y usos ridículos. Y al dinero, una constante en su obra. Junto a todo esto, la xenofobia contra los enemigos de España, fundamentalmente ingleses, franceses, holandeses y sobre todo venecianos, unas veces por razones religiosas y otras por diferencias políticas y económicas. A lo largo de este parnaso desfilan los tipos y oficios del Madrid coetáneo a los que Quevedo dirige sus críticas: funcionarios corruptos, ricos que gozan de impunidad, alguaciles y corchetes, escribanos, médicos, pasteleros, sastres, plateros, soldados, gentes contrahechas y con deformidades corporales que el autor caricaturiza y retrata con rasgos grotescos, descripciones que hoy se calificarían como políticamente incorrectas.

El Parnaso español Francisco de Quevedo  RAE, 1936 páginas Retrato de Francisco de Quevedo, por Velázquez.

El Parnaso español Francisco de Quevedo RAE, 1936 páginas Retrato de Francisco de Quevedo, por Velázquez.

Bajo el epígrafe de la primera musa, Clío, se agrupan los poemas heroicos y aquellos en los que elogia a reyes, príncipes y gentes ilustres, como Felipe IV y su hijo, a quienes llega a comparar con Dios Padre y Jesucristo, o al emperador Carlos V, a quien considera como protegido de Dios. Exalta las victorias militares de los duques de Osuna y de Lerma y elogia a nobles y monarcas que ejercen de mecenas.

La segunda musa es Polimnia, bajo cuya inspiración se incluyen las poesías morales y las que manifiestan las pasiones y las costumbres de los hombres, organizadas en torno a los siete pecados capitales. En ellas Quevedo critica los vicios y propone un programa regenerador de la moral que alcance a lo político, lo militar y lo económico.

La tercera musa es Melpómene. Se dedica a las poesías funerales, epitafios, exequias y alabanzas de personas insignes. La cuarta musa es Erato. Se recogen aquí los poemas amorosos en dos secciones, la que canta a diversos amores y amantes en géneros distintos (sonetos, madrigales, romances…) y la dedicada a Lisi, modelo amoroso de la poesía de Quevedo al modo de las del Cancionero de Petrarca. En ellos la belleza física de la mujer es reflejo de la hermosura del alma y el autor diferencia entre el amor (platónico, puro, espiritual) y el querer (amor con deseo físico). También se incluyen bajo la protección de Erato las sátiras que Quevedo dedica a las burlas del amor.

La quinta musa es Terpsícore, donde se agrupan las poesías de Quevedo que se cantan y se bailan. Reúne letrillas de crítica social y costumbrista. La sexta y última musa es Talía, la más extensa, formada por las poesías que el mismo Quevedo bautizó como satíricas y burlescas. La temática es aquí extensa: mundos marginales de rameras, cornudos, prostitutas, celestinas, alcahuetas y busconas, con una carga nada desdeñable de misoginia y de crítica a los postizos, afeites y cosméticos con que se engalanan las damas para provocar engaño. Quevedo degrada aquí lo erótico y manifiesta su rechazo al matrimonio (“Antes para mi entierro venga el cura/que para desposarme”).

La poesía de Quevedo se puede abordar desde una lectura convencional, gozando de la musicalidad y del mensaje directo de los versos, o de una interpretación conceptista de los numerosos elementos de múltiple sentido con los que juega, las parodias, comparaciones, metáforas, oxímoron, equívocos y ambigüedades, retruécanos, juegos verbales… que hacen de su obra una enciclopedia del ingenio. Para esta segunda lectura, las anotaciones y las notas complementarias ayudan a desenredar la maraña de sentidos connotativos y enriquecen los significados de la obra de uno de los grandes genios de la literatura, que esta edición revela más genial si cabe.

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