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Le decían Canción

Eduardo Halfon vuelve a indagar en sus fantasmas familiares en su novela más guatemalteca

Canción

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Nadie, ningún prosista en español que conozca, sabe economizar el lenguaje como Eduardo Halfon para contar a la vez tantas cosas. Ni sacar provecho como él de la propia existencia; Halfon acierta plenamente al explotar las ventajas de una ficción insertada en su propio mundo. El telón de fondo de sus narraciones es su vida, de manera que todas ellas se alargan, como muchas veces se ha dicho, fundiéndose en una única novela. Pero todo esto entraña un riesgo para el lector: la pereza de asumir que lo que está leyendo es un material autobiográfico que tiene que ver exclusivamente con la realidad, sin percibir que el de Halfon es un universo paralelo inclasificable.

“Canción”, que ve la luz estos días en Libros del Asteroide, trata en algún momento sobre el secuestro de su abuelo libanés, en 1967, por la guerrilla guatemalteca, sin embargo sería un error no detenerse a escarbar en un libro pequeño pero denso que, al igual que otros que le precedieron, insinúa no solo lo que ocurrió sino también lo que pudo no haber sucedido.

La misma existencia del autor es una búsqueda de la identidad y del sentido de las cosas. Halfon (1971) era un veinteañero que regresaba a su país de origen, Guatemala, después de haber cursado estudios de ingeniería en Carolina del Norte y vivido en Estados Unidos durante más de una década. Volvía a un lugar desconocido sintiéndose un desarraigado, a una cultura que no entendía, a un idioma que apenas podía hablar. Intentó asentarse, trabajando como ingeniero, en la construcción, pero abrumado por un sentimiento de extrema frustración, de profunda angustia, que no hacía más que empeorar. Era un desubicado, fuera de lugar física y emocionalmente.

No se encontraría con los libros y la literatura hasta unos años después. Probablemente eso fue lo que le salvó y el vehículo, a su vez, que le devolvió a la historia familiar, con la que ha sido capaz de construir el sólido mecanismo que distingue a su ficción. En “Monasterio”, Eduardo, su alter ego, se enfrenta al ánimo belicoso de un taxista en Jerusalén ocultando sus orígenes: tres abuelos judíos árabes, de Egipto, Líbano y Siria, y el cuarto polaco, detenido en 1939 en Lodz, cuando tenía 16 años, y conducido a los campos de exterminio. El abuelo polaco confinado en Auschwitz le había dicho años más tarde a sus nietos que los dígitos verdes de tinta indeleble en sus antebrazos eran los de su número de teléfono. Se los había tatuado para no olvidarlos. Eduardo, el narrador, irá tras los pasos de él aprovechando que se encuentra en Israel, asfixiado por la atmósfera húmeda del Próximo Oriente, para asistir a la boda de su hermana con un judío ortodoxo nacido en Brooklyn al que no soporta. Huye, por tanto, hacia adelante en busca de su identidad. “Y es que soy nieto de un libanés que no era libanés, le dije al público de japoneses en la universidad de Tokio, y boté el micrófono. No sé si por respeto o confusión, el público de japoneses permaneció mudo”.

La herencia de Halfon, como escribe en “Canción”, es la de su propio nombre. Eduardo, como el abuelo libanés, en realidad sirio, porque el Líbano no existiría hasta más tarde. De su testamento obtiene un sello que graba en relieve sus letras y también la carta que le había escrito, siendo un adolescente enfadado, el verano de 1981. Halfon hereda a Halfon y con él un universo paralelo. Y, de paso, recobra la historia de Guatemala del siglo XX, el país de origen que no entendía y que condena a sus escritores a vivir en el exilio; del presidente Jorge Ubico, conocido como El Pequeño Dictador del Trópico; del derrocado Arbenz, de la United Fruit Company; de la guerrilla que fue creada “por un fantasma y un caimán”; de Rogelia Cruz, La Roge, y del propio Canción, que secuestró a su abuelo, y al que le decían así porque había sido carnicero, no por músico. O, en último caso, “por su forma tan peculiar y melódica de hablar”.

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