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Elogio y triunfo del libro

Irene Vallejo traza una vital historia y defensa de la lectura en “El infinito en un junco”, reciente Premio Nacional de Ensayo

Irene Vallejo.

Irene Vallejo.

El infinito  en un junco

El infinito en un junco

En ocasiones los llamados “fenómenos literarios”, ahora que tanto se abusa de la hipérbole y no hay semana en la que los suplementos de los periódicos no descubran al menos un par de genios, lo son de verdad. Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) acaba de ganar el Premio Nacional de Ensayo por una de esas obras que reconfortan a todos los amantes de los libros. Y no solo porque esa sea precisamente la enjundiosa materia de El infinito en un junco (Siruela), sino también por el vigor narrativo y la hibridación de géneros que mantienen en pie las muchas erudiciones –interesantes siempre, vivas- de esta historia. Una amena relación que es, además, la de la sufriente humanidad en busca de un destino mejor. “Sin los libros, las mejores cosas de nuestro mundo se habrían esfumado en el olvido”, escribe, con razón, la autora.

Doctora en Filología Clásica, novelista y columnista, Irene Vallejo está convencida de que el libro “ha superado la prueba del tiempo”. Y al igual que Umberto Eco, con quien comparte pasión por el relato deleitable del saber minucioso, opina que esos volúmenes compuestos generalmente por hojas de papel nacieron tan perfectos como “la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras”. Es más, su optimismo sobre este objeto milenario seguro que reconforta a la siempre apocalíptica grey de la letra impresa: “Es más probable que en el siglo XXII haya más libros que WhatsApp y tabletas”. Sea. Y deja claro que Internet no es más que “una emanación –multiplicada, vasta y etérea- de las bibliotecas”. A Borges le hubiera gustado esta formulación.

“La invención de los libros en el mundo antiguo” es el preciso subtítulo que Irene Vallejo ha puesto a El infinito en un junco, con el que también logró el premio “Ojo Crítico”, pero de narrativa. Desde el prólogo, el arranque es el de una obra de aventuras que atrapa al lector con esos “misteriosos grupos de hombres a caballo” que recorren los polvorientos caminos de la vieja Grecia en busca de libros para la Gran Biblioteca de Alejandría. La reunión, en un solo lugar, de todos los conocimientos. Y una vertiente del sueño ecuménico que llevó a Alejandro Magno a fatigar el horizonte en su descomunal aprendizaje del mundo. La vocación de universalidad de la cultura helénica. Pero ya antes de Ptolomeo y de Demetrio de Falero –muy probablemente el primer bibliotecario–, el monarca asirio Asurbanipal coleccionaba libros. Hablamos del siglo VII antes de Cristo.

Irene Vallejo traza con mano fecunda estas y otras genealogías librescas, sin aburrir nunca. El poema esculpido en la tumba de Airham, rey de Biblos; la poeta y sacerdotisa Enheduanna, que vivió mil quinientos años antes de Homero; las tablillas de arcilla; los papiros o pergaminos; la oralidad y la escritura, o sea, la revolución que supuso el alfabeto; la lectura silenciosa; la paideía y la humanitas de griegos y romanos; la invención por parte de estos últimos del libro de hojas tal y como hoy lo conocemos; Hipatia y la destrucción de su universidad neoplatónica; la imprenta y los profundos cambios que el invento de Gutenberg introdujo al poner en manos de todos, literalmente, el conocimiento; la “vocación grecolatina” de muchos ilustrados… El infinito en un junco está, en fin, cuajado de tramas y subtramas que componen una apasionante y apasionada narración sobre el libro como esa grata construcción que nos ha hecho ser lo que somos. Afirma la autora: “Europa nació al acoger las letras, los libros, la memoria”.

Una erudición que la escritora jamás ofrece a palo seco. Sus amplias y digeridas nociones, los datos, se adunan con las anécdotas personales que alumbran todo el volumen: el amor por los libros como fuente de libertad. Es un ensayo que ha ido escribiéndose, suponemos, a lo largo de los años y desde que la niña Irene Vallejo, víctima de acoso escolar (lo cuenta en unas líneas), descubrió en Robert Louis Stevenson, Michael Ende, Jack London y Joseph Conrad una placentera dimensión en la que la vida era mucho más fructífera, ancha, intensa. Y más tarde ya, engolosinada por las joyas de la Biblioteca Riccardiana, en el palacio Medici Riccardi: “aquello era la gloriosa transgresión de una pobre chica que hacía malabarismos para pagar el alquiler en Florencia. Nunca olvidaré aquellos minutos de intimidad –casi erótica- con un Petrarca del siglo XIV”.

De ese sostenido amor al papel impreso ha nacido otro libro, uno de los más hermosos y singulares entre los publicados en España en los últimos años. Y hay que felicitarse de que una obra así, escrita con rigor y sensibilidad, con profundo sentido humanista y convincente tensión literaria, lleve más de cuarenta semanas en las listas de los títulos más vendidos y se traduzca a varias lenguas. Resulta difícil no simpatizar con otra convicción de Irene Vallejo: “La invención de los libros ha sido tal vez el mayor triunfo en nuestra tenaz lucha contra la destrucción”.

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