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Genio, humor y sapiencia de Umberto Eco

Cómo viajar con un salmón

El piamontés Umberto Eco (1932-2016) fue una pesadilla para quienes estudiábamos en las universidades españolas durante los años 70 del XX. Creías saber algo, tener claro un concepto y llegaba Eco con un libro, con un artículo con un ensayito de nada a derrumbar tus convicciones. Creías haber formulado correctamente una idea y te la reformulaba él en otro libro, otro artículo, otro ensayito de nada. Creo que llegó a lo más alto: a comerte tanto el coco que pensabas, cuando pensabas algo, lo que Eco podría pensar al respecto. Y, para encima de tanta humillación, lo hacía con gracia enorme o rigor estricto, según conviniese. Y, ya como remate, se decide (él: el catedrático, el filólogo, el lingüista, el que puso en el mapa popular a la semiótica, el especialista en estética, el colosal medievalista, el mil veces doctor honoris causa, el…) a divertirse un rato escribiendo una novelita y le sale El nombre de la rosa. Con una mirada que usted –lector querido− eche a la wikipedia, tendrá a mano la cantidad de honores que en vida recibió: entre ellos, claro, el “Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades” de hace ahora veinte años. Y recordará desde su Tratado de semiótica general a su Introducción al estructuralismo; desde su Obra abierta hasta Apocalípticos e integrados; desde El péndulo de Foucault a las historias de la fealdad y de la belleza. Y algunos bajonazos o algunas caídas de tensión, que tanto lo humanizaban pero que yo mismo hubiese firmado con gusto. Era El Pensador de aquellos años, el hombre que todo lo sabía de todo: incluso de la cultura más popular. No inventó mucho Yuval Noah Harari, ya quisiera Žižek poder atarle los zapatos, aunque ellos sean los adorados de hoy en día. Umberto Eco era nuestro dios (y, no lo olvidemos nunca, Juan Cueto Alas su profeta entre nosotros). ¿Un antiguo anticuado, entonces? Léanlo y pásmense.

Luego, como si nada tuviese que hacer y anduviera ocioso, escribía en la última página de la revista “L’espresso” artículos de tantas palabras como el presente sobre cualquier tema cotidiano que se le ocurriese; no sobre cualquier banalidad: sobre una anecdotilla tomada al vuelo para calar profundo mediante ella. Eran una especie de diarios (Diarios mínimos los llamó al juntarlos en libro), cuya segundo tomo acabo de leer con el placer de la vez primera y con título tan diferente (pues contiene inéditos) como sugerente.

Todos los capítulos comienzan con un engañoso interrogativo “Cómo” (“Cómo elegir un trabajo rentable”, “Cómo hacerse popular”…). ¿Por qué engañoso? Porque Eco aprovecha el llamativo gancho del título para soltar sus cargas de profundidad: contra la pelmazada insufrible de tantos textos de crítica artística académica (“Cómo escribir una introducción”); contra el mal ritmo de cierto cine en boga (“Cómo reconocer una película porno”); contra las fiestukis y los jolgorios diarios (ya ocurría lo de hoy en 2015, véase la página 191); contra la falta de lectores (“Cómo organizar una biblioteca pública”); contra las convenciones en la pantalla (“Cómo hacer el indio”)… o cómo tener que vaciar cada noche el minibar de la habitación de hotel para conservar en el mismo un salmón comprado en Estocolmo: la parodia del consumo. No se lo pierdan. Genio, figura, humor a torrentes, ironía, sapiencia, dedo en el ojo, perlitas, pildoritas jugosas para el lector. Eco pleno.

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