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Tras la pista de Lawrence

Jean Rolin despacha en "Crac" una divertida crónica de viajes por Oriente Medio a las fortalezas de los cruzados

Crac - Jean Rolin - Traducción de Manuel Arranz  - Libros del Asteroide - 144 páginas

Crac - Jean Rolin - Traducción de Manuel Arranz - Libros del Asteroide - 144 páginas

Lean Rolin (Boulogne-Billancourt, Francia, 1943) fue reportero durante mucho tiempo y todas sus historias, incluso las novelas que escribió, llevan imprimida esa huella. Con una particularidad: observa el presente y el pasado pero se desmarca de la urgencia de los hechos. Lo suyo no es la noticia, sino los detalles, la peculiaridad y el humor. Sucede con Siria en Crac, la crónica viajera que ahora ve la luz gracias a Libros del Asteroide, pero también ocurrió con el resto de sus obras: con Líbano en el caso de Un chien mort apres lui (2009), o con Palestina en Cristianos (2003), o mismamente en Le Traquet kurde (2018), en la que un ornitólogo aficionado se fija, en el Puy de Dome, en un pequeño pájaro antes nunca visto en Francia y decide seguir su pista por diversos lugares, desde las verdes praderas de Hertfordshire a las montañas del norte de Irak, y el viaje le abre el camino hasta el explorador y escritor Wilfred Thesiger, el espía John Philby y T. E. Lawrence.

Los pasos de Lawrence vuelven a retumbar en Crac. Se da la circunstancia que las infancias del autor de Los siete pilares de la sabiduría y de Rolin transcurrieron, con algo más de medio siglo de distancia, en la villa balneario bre-tona de Dinard, rodeados del mismo encanto pasado de moda, que todavía en cierta medida perdura. Mucho tiempo después, Rolin ha querido seguirle la pista a Lawrence por Oriente Medio para visitar algunas de las fortalezas de los cruzados que este conoció con veintiún años.

Crac o krak se derivan del vocablo sirio karak. Designan una fortaleza. Lawrence descubrió, asombrado, la de Saladino, también llamado Saône por razones que no se explican. Pero la historia aquí es lo de menos. Rolin es bueno y engancha al lector por medio de las múltiples digresiones de su relato, y también con la gracia que emplea para narrar desde los detalles aparentemente absurdos hasta la frase redonda antesala de cualquier sorpresa. Plantea el viaje a partir de cero pero de acuerdo con una ruta elaborada al comienzo de la historia, gracias a un mapa: Beaufort, Trípoli, Tartús, Masyaf y Kerak, en Jordania, son algunas de las etapas del periplo. En Siria hay una guerra civil y el autor de Crac viaja a menudo acompañado. A veces es solo un colega, caso de Orson llamado así por su parecido con Orson Welles, otras un representante de la autoridad, un mukhabarat o lo que es lo mismo un miembro de los servicios de seguridad sirios, de siniestra reputación. En el camino se cruza con distintos personajes: por ejemplo unos soldados rusos, que le acompañan en la visita al castillo de Saladino, parroquianos de una taberna situada encima de un embalse donde comen carpa asada y beben arak.

Pero no habremos ponderado suficiente el estilo de Rolin si no incidimos en el anecdotario por el que nos lleva de aquí a allá, del mismo modo que Riad, el "terrateniente progresista" libanés especialista en fortalezas, lo conduce a él, en su Porsche Cayenne, a Beaufort, haciéndole, al mismo tiempo de guía, mientras atraviesan la misma curva en la que unos años atrás dos blindados saltaron por los aires, o por la elevación sobre la que se desplegaron baterías de guerra, o por la carretera que el propio Riad mandó construir con el fin de poder llegar a un monasterio griego católico, donde viven exclusivamente un obispo en compañía de su ama de llaves. O la visita al museo de Hezbollah, en Mlita, oficialmente Museo de la Resistencia, y la malintencionada apostilla del autor de que se trata de un lugar que se enorgullece de haber contado con Noam Chomsky en su inauguración. O esclarecedoras descripciones como esta: "La estación abandonada que elegimos para hacer pícnic está algo apartada de la carretera, no lejos de la frontera con Arabia Saudita, en una región en la que no todos los dromedarios con los que uno se encuentra están destinados a que los turistas se sienten encima" (pag.131). Al relato se le puede reprochar que se queda corto y que al lector probablemente le gustaría haber conocido algo más sobre los cruzados, las fortalezas y Saladino. Pero, ya digo, se lee muy bien y resulta entretenido.

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