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Wells tendía a aplicar un doble rasero a las mujeres en el amor libre

Wells consideraba absurdo fingir amor para retozar. El deseo, explicaba, es constante y pide satisfacción constante con personas que sólo lo vean como un juego agradable desprovisto de compromisos. El amor, en cambio, es poco frecuente y se revela la mejor base para formar estructuras estables que en Wells son a veces poliamorosas. En cuanto al enamoramiento, léase pasión obsesiva, lo concibe como una fase de locura desencadenada por la ilusión de haber hallado a la compañera perfecta, "la amante-sombra", el alma gemela de vida y cama. Estos planteamientos, tan atrevidos hace un siglo, podrían haber sido sinónimo de liberación femenina si no fuera porque Wells estaba tocado por un paternalismo patriarcal que le llevaba a establecer un doble rasero, sin duda reforzado por su propensión a los ataques de celos.

Amber Reeves, su gran pasión, y Rebecca West, su mayor sujeto de lujuria, entraron dentro de la exaltada categoría de "amantes-sombra" y sobre ellas pivota gran parte de la novela, en triángulo con Jane, a quien pronto convenció para sellar un pacto que separase familia y sexo, y que hasta permitirá a la esposa dar consejos a Wells sobre la idoneidad de tal o cual amante.

Esta actitud valió al matrimonio la etiqueta de depravados. Pero la gran batalla contra la sociedad la propició, entre 1908 y 1910, la relación con la joven Amber, hija de amigos fabianos, que entre otras cosas precipitó la ruptura de Wells con ese grupo socialista al que veía anquilosado y que pretendió reformar sin éxito. La narración de estos dos años, que incluyen largas convivencias de marido, esposa y amante, constituye una fascinante historia de amor. Wells perdió la batalla y, en adelante, hubo de ser más discreto.

La relación con Rebecca West, una década larga a partir de 1912, fue mucho más tormentosa, ya que ella pretendió ocupar el lugar de Jane.

Sin embargo, la poderosa personalidad y la finura de análisis de West permiten a Lodge poner en sus labios el balance vital de un hombre que desde los años 20 vivió un continuo decaer de su influencia. Para West, H. G. Wells fue un cometa, surgido de la oscuridad a finales del siglo XIX, que brilló tres décadas fascinando, asombrando y alarmando al mundo, igual que el astro de su novela pionera sobre el amor libre. Quería transformar y, aunque no lo logró, dejó una semilla y tal vez vuelva. De hecho, un siglo después, y esto no lo dice West, un nuevo cometa cargaría una losa del sexo más liviana que la de Wells.

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